






















Hay un comentario que Melinda French Gates ha repetido en varias entrevistas y que resume bastante bien lo que significó para ella romper con la vida que había llevado durante casi tres décadas: cuando entraba a una reunión con su exmarido, todo el mundo se dirigía primero a él. Daba igual que ella hubiera preparado el tema, que conociera los datos mejor que nadie en la sala o que llevara años codirigiendo la mayor fundación benéfica privada del planeta. El interlocutor miraba al hombre que tenía al lado. Eso, que podría parecer una anécdota menor, se añade a uno de los motivos (entre otros varios) del por qué en 2021 Melinda decidió divorciarse tras 27 años de matrimonio y por qué desde entonces ha dedicado cada vez más recursos y más energía a construir algo que lleve solo su nombre.
Melinda nació en 1964 en Dallas, en el seno de una familia donde su padre era ingeniero aeroespacial y su madre se ocupaba del hogar. Sacó una doble licenciatura en informática y economía en la Universidad de Duke y después un MBA en la misma institución, y nada más graduarse, en 1987, la contrataron en una empresa de software que estaba a punto de convertirse en la más importante del sector a escala global. De las diez personas que entraron con ella aquel año, Melinda era la única mujer y la más joven del grupo. Allí se dedicó al desarrollo de productos multimedia, llegó a dirigir la división de productos de información y en una cena corporativa conoció al fundador de la compañía, con quien se casó en 1994.
Dos años después dejó su puesto ya que, sus tres hijos habían nacido en un plazo muy corto y Melinda quiso estar presente, pero eso no significó que se retirara de la vida profesional. En el año 1999, ella y su entonces marido pusieron en marcha una fundación dedicada a financiar bibliotecas públicas que fue creciendo hasta abarcar programas de salud global, vacunación y acceso a la educación en decenas de países, con un volumen de donaciones acumuladas que superó los 100.000 millones de dólares a lo largo de más de dos décadas.
El problema, según ha contado la propia Melinda en más de una ocasión, es que el reconocimiento público nunca se repartió de forma equitativa. Ella participaba en la toma de decisiones al mismo nivel que su exmarido, pero la percepción exterior era otra. Las portadas, las invitaciones a foros internacionales y el crédito por los logros de la fundación recaían de manera desproporcionada en él, algo que con los años fue generando una frustración que Melinda tardó en verbalizar pero que acabó siendo uno de los motores de su independencia.
En 2015, todavía casada, fundó Pivotal Ventures, una organización centrada en invertir en proyectos que amplíen las oportunidades de las mujeres en Estados Unidos. Aquel movimiento pasó relativamente inadvertido en su momento, pero visto con perspectiva fue el primer paso de una separación que iba mucho más allá de lo matrimonial. Cuando en 2024 abandonó la fundación que llevaba el nombre de ambos, Melinda anunció que destinaría 12.500 millones de dólares de su patrimonio personal a causas vinculadas con la equidad de género, la salud femenina y el acceso a oportunidades para mujeres y niñas en situación de vulnerabilidad, una cifra que muy pocas personas en el mundo estarían en disposición de comprometer.
A sus 61 años, lo que Melinda French Gates parece haber conseguido es justamente aquello que buscaba desde hacía tiempo: que cuando entra en una reunión, la gente sepa que está ahí por lo que ella ha hecho, no por quién fue su marido.
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