


























A quien le digan que existe una empresa en California que lleva años trabajando a puerta cerrada en la posibilidad de fabricar cuerpos humanos clonados y vacíos de cerebro, lo más probable es que piense que se trata de la sinopsis de una película o del argumento de una novela distópica. Pero no lo es. La empresa existe, se llama R3 Bio, tiene su sede en Richmond y no le han faltado inversores dispuestos a respaldarla con dinero real.
El hombre detrás de esta idea es John Schloendorn, fundador de la compañía y responsable de haber acuñado un término que a cualquiera le pone los pelos de punta: clones sin cerebro. Lo que Schloendorn ha ido explicando en reuniones privadas con fondos de inversión y en foros especializados del sector de la longevidad es un plan para generar réplicas biológicas del cuerpo de una persona, diseñadas genéticamente para carecer de estructura cerebral completa y que podrían servir como una reserva perfecta de órganos inmunológicamente compatibles. El paso final sería el trasplante de un cerebro completo a uno de esos cuerpos vacíos, algo que la empresa denomina reemplazo corporal total y que sitúa el proyecto en un territorio donde la ambición científica y la fantasía se confunden con una facilidad preocupante.
Oficialmente, lo que R3 Bio cuenta cuando alguien pregunta es otra cosa bastante diferente. La versión pública habla de una empresa centrada en crear lo que llaman sacos de órganos de primates no sintientes, presentados como alternativa a los modelos animales que la industria farmacéutica utiliza en sus ensayos. Una investigación de MIT Technology Review ha destapado que esa fachada esconde una hoja de ruta bastante más radical, plasmada en una carta interna que data de 2023.
Tres nombres aparecen vinculados a la financiación de R3 Bio y los tres dicen mucho sobre el tipo de apuesta que representa. Tim Draper, el multimillonario estadounidense conocido por haber metido dinero en empresas que parecían una locura antes de convertirse en gigantes tecnológicos, figura como uno de los inversores. Los otros dos son el fondo Immortal Dragons, con base en Singapur, y LongGame Ventures, una firma dedicada a tecnologías de extensión de la vida.
En septiembre del año pasado, durante un encuentro en Boston organizado bajo el nombre Abundance Longevity, Schloendorn subió a un escenario y presentó una sesión con el título Full Body Replacement en la que habló abiertamente de investigación animal y de la idea de usar clones como almacén de repuestos biológicos. Preguntados después por el contenido de aquella charla, los responsables de la compañía respondieron que su equipo se reserva el derecho a mantener conversaciones hipotéticas sobre futuros posibles, una respuesta que sin negar nada lo confirmaba casi todo.
Lo que los datos muestran cuando se mira este asunto con algo de distancia es que R3 Bio no ha clonado hasta ahora nada más grande que un roedor. No hay pruebas de que haya producido ningún saco de órganos funcional y mucho menos un clon humano, y una parte importante de la comunidad científica considera que lo que Schloendorn plantea pertenece más al terreno de la especulación que al de la ciencia con viabilidad real. Las distancias técnicas entre clonar un ratón y clonar un primate son enormes, las que separan a un primate de un ser humano lo son todavía más, y las cuestiones éticas y legales que todo esto levanta hacen que el proyecto resulte inviable en la mayoría de los marcos normativos vigentes.
Que alguien haya puesto millones sobre la mesa para financiar una idea así retrata con bastante precisión el momento que atraviesa la industria de la longevidad, un sector donde las fronteras entre la investigación seria y la ciencia ficción se han difuminado hasta un punto que nadie habría imaginado hace apenas diez años.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。