






























Que una startup valga más de 500.000 millones de dólares cuando apenas lleva un mes constituida puede parecer una locura. Que esté sopesando salir a bolsa con una valoración de más de 1 billón tampoco. Pero la historia de OpenAi es de locos.
Apenas 8 años de vida del proyecto, 3 desde que lanzó su primer producto comercial y 1 mes constituida como empresa con 20.000 millones de dólares en ingresos anuales estimados, según la propia empresa. Todavía pierde dinero por el vertiginoso gasto que realiza para crecer bajo la máxima que domina la nueva revolución de la inteligencia artificial (IA): el primero se lo lleva todo.
Se cumplen, este domingo 30 de noviembre, tres años desde salió de la sombra e hizo la presentación en sociedad de ChatGPT, una herramienta sencilla, gratuita y accesible a cualquiera para el manejo de la IA. Decenas de millones de usuarios se registraron en días, hoy todo el mundo con acceso a internet sabe de su existencia o está utilizando alguno de sus competidores como Gemini, Claude, Deepseek, Qwen, Hunyuan...
Para contextualizar la magnitud del evento, algunos compararon su impacto en la humanidad con el nacimiento de Internet, el descubrimiento de la electricidad, la invención de la imprenta, el nacimiento de la agricultura o el uso del fuego. La gran diferencia es que sus usos potenciales no han tardado siglos, décadas o años en desplegarse, sino que en cuestión meses se pusieron en marcha.
La realidad es que ChatGPT es solo era punta del iceberg de una revolución silenciosa que llevaba años gestándose, en la esfera académica y ambientes de alta innovación en Silicon Valley y otros hubs de la élite tecnológica, con exclusivas aplicaciones puntuales entre multinacionales y gobiernos. De sus cimientos y raíces en el 'deep learning o machine learning' (aprendizaje automático computacional) comenzó a brotar la actual IA generativa y autonóma.
En ese caldo de cultivo se fundó hace ocho años OpenAi con la misión de desarrollar y gobernar en un futuro el alumbramiento de la IA de propósito general y generativa. Se fundó en diciembre 2015 como una fundación sin ánimo de lucro en un anuncio que apenas trascendió más allá de la prensa especializada.
Además del equipo fundador, entre los respaldos se encontraba la plana mayor de la llamada 'Paypal mafia', el grupo de millonarios tecnológicos surgido de la pionera de pagos digitales hace dos décadas, omnipresentes en Silicon Valley. Entre otros, Elon Musk (Tesla, SpaceX), Peter Thiel (Facebook, Palantir), Reid Hoffman (Linkedin) o empresas como Infosys y Amazon Web Services que aportaron la partida inicial de 1.000 millones de dólares.
En 2018, Musk abandonó el proyecto alegando un conflicto de interés porque Tesla también estaba trabajando en inteligencia artificial. La relación con Sam Altman y el resto de cofundadores parecía rota, pero se hizo real a partir de 2019, cuando se creó una sociedad en su sombra llamada OpenAI LP que sí perseguía existir sin necesidad de donaciones, es decir, siendo rentable y logrando beneficios.
Más allá de las diferentes visiones sobre cómo debería gestionarse la evolución de la IA o qué límites y regulaciones debían establecerse, la semilla del desencuentro es el dinero. Musk ha demandado a Altman acusándole de robo de secretos comerciales y llegó a calificar la conversión de fundación 'non profit' en empresa como un robo, además de tachar al responsable de Openai como "estafador".
La guerra por el poder y el control de OpenAi ha involucrado a las empresas más poderosas y al Gobierno de EEUU. Con Microsoft como mecenas inicial de ChatGPT a través de capacidad computacional, la startup de Altman fue incorporando inversores con el mismo modelo: pagos en especie, intercambio de conocimiento...
Pero la necesidad de atraer nuevo capital ha sido incesante en estos tres años. Según los registros de la SEC, Openai ha registrado hasta siete fondos de capital riesgo de propósito especial (SPV) donde ha ido agrupando a empleados, para atraer talento, como a sus socios.
El anuncio del proyecto Stargate en la Casa Blanca junto al presidente del Gobierno, Donald Trump, flanqueado por Oracle (Larry Ellison) y Softbank (Masayoshi Son) marcó un punto de inflexión para la compañía. Los acuerdos multimillonarios con Microsoft, Nvidia y la propia Softbank han convertido a OpenAi en la empresa no cotizada más valiosa del planeta, con cerca de medio billón de dólares.
El pasado viernes, un análisis de Financial Times estimaba en 100.000 millones de dólares en préstamos el volumen de compromisos para construir centros de datos que implican a Softbank, Oracle, Coreweave, Vantage y fondos de capital riesgo. La apuesta por lo que pueda llegar a ser ChatGPT y Sora no tiene precedentes en la historia empresarial reciente, salvo si se mira a sus competidores.
Anthropic, dueño de Claude, ha logrado alcanzar una valoración cercana a los 200.000 millones de dólares en su última ronda de financiación. Firmas como Iconiq Capital, Fidelity, Lightspeed, Blackrock y algunos fondos soberanos respaldan la financiación.
A la par, en torno a los 200.000 millones de dólares, se ha situado Xai, la startup de Elon Musk que desarrolla Grok y ha integrado X (antigua Twitter) como motor de entrenamiento. Su creación en tiempo récord se produjo tras su salida de Openai.
Lejos de ellas se encuentra la francesa Mistral, la única representación europea en la carrera de la IA, con una valoración de hasta 15.000 millones en su última ronda, que incorpora al magnate Xavier Niel, ASML, Nvidia o A16z.
Sin embargo, las cifras de estos unicornios se quedan empequeñecidas con respecto a los verdaderos gigantes de Wall Street que más se han beneficiado -y más han invertido- de la ola de la IA.
A la cabeza se encuentra Nvidia, el productor de GPUs que usan como motor de los centros de datos enfocados a la IA. Desde que se presentó ante el mundo ChatGPT, la cotización de Nvidia se ha disparado más del 1.000%, pasando de valer en bolsa unos 400.000 millones de dólares, a más de 4,5 billones, incluso llegando a los 5 billones.
De repente, el negocio de tarjetas gráficas para gaming y la industria cripto de Nvidia pasó a catapultarse porque esas GPU eran el sistema de chips ideal para las nuevas herramientas de IA. Con una cuota de mercado del 85% en este momento y unos márgenes superiores al 70% en sus productos, la tecnológica de Jensen Huang ha pasado de facturar 26.000 millones de dólares al cierre de 2022, a 160.000 millones en 2025 y proyectar 300.000 millones para el año que viene.
Otros fabricantes de chips como AMD o Broadcom, sobre todo, también se han subido a la revolución multiplicando sus cotizaciones porque los inversores esperan que participen en la venta de picos y palas de la nueva fiebre del oro. La taiwanesa TSMC ha llegado a valer también 1 billón en bolsa, la primera empresa no estadounidense que lo logra con la excepción de la petrolera estatal saudí Aramco.
Los buscadores del nuevo tesoro, los hiperescaladores, también han recibido el premio de Wall Street. Alphabet, matriz de Google, que ha llegado a un récord de 4 billones de dólares de tamaño en bolsa, después de enfocarse en la nueva era tecnológica. Su apuesta es tal que ha tenido que recurrir a la deuda para financiar nuevas infraestructuras o la producción de chips propios.
Las novedades de su IA Gemini y el potencial de su alcance entre los clientes de la compañía ha sido determinante para que incluso Warren Buffett, reacio a invertir en tecnología, se ha convertido en accionista. La matriz de Google ha asegurado que más de 650 millones de usuarios están usando su IA, bien de forma directa o en sus otros productos con alcance global como Youtube o Gmail.
Meta, dueño de Facebook, Whatsapp e Instagram, ha abandonado su apuesta por el metaverso para no quedarse atrás en la IA con una previsión de inversiones de 500.000 millones de dólares hasta 2030, según reveló Mark Zuckerberg en una cena con Trump en la Casa Blanca junto a una docena de directivos de las grandes tecnológicas.
Microsoft, pionero en la alianza con OpenAi y el lanzamiento de su Copilot gracias a este aprendizaje, también ha comprometido inversiones millonarias en una etapa que beneficia a una de sus actividades estrella: la capacidad de computación y nube con Azure. Eso sí, algunos advierten de consecuencias negativas para otras áreas de la compañía como Office o Windows. Lo que queda claro es que el 30 de noviembre de 2022, ChatGPT inició un cambio de era.
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