


















La reciente advertencia de Naciones Unidas sobre la alta probabilidad de que el calentamiento global supere temporalmente los 1,5 °C en alguno de los próximos cinco años debería hacernos reflexionar más allá de las cifras. Porque cuando hablamos de décimas de grado, de récords de temperatura o de escenarios climáticos, corremos el riesgo de reducir un problema sistémico a cuestión puramente técnica. Y no lo es.
Lo que está en juego no es únicamente el clima. Lo que está en juego es la relación que mantenemos con el entorno del que dependemos para vivir.
Durante décadas hemos actuado como si fuéramos los dueños del ecosistema, como si los recursos naturales estuvieran ahí para servirnos de manera ilimitada y como si los impactos de nuestras decisiones pudieran quedarse confinados en un ámbito exclusivamente ambiental. Sin embargo, la realidad es mucho más sencilla y mucho más contundente: no somos el ecosistema. Formamos parte y dependemos de él.
La realidad es más simple y más demoledora de lo que admitimos: no somos dueños del ecosistema, dependemos de él para respirar, comer, producir, pero fundamentalmente vivir. Es de sentido común, y aun así lo olvidamos.
Y quizá el primer paso para afrontar este desafío sea asumir esa evidencia.
Incluso desde una perspectiva puramente pragmática, incluso desde el egoísmo humano, deberíamos entender que cuidar del ecosistema es cuidarnos a nosotros mismos. Cuando degradamos los sistemas naturales que sostienen la vida, no estamos dañando algo externo o ajeno. Estamos comprometiendo nuestra propia salud, nuestra economía, nuestra seguridad alimentaria y nuestra calidad de vida.
Por eso, cuando escuchamos que el planeta podría superar el umbral de los 1,5 °C, no deberíamos pensar únicamente en veranos más calurosos o en fenómenos meteorológicos extremos. Deberíamos pensar también en las consecuencias que este incremento de temperatura puede tener sobre la biodiversidad.
La pérdida de biodiversidad constituye uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo y, sin embargo, sigue ocupando un espacio secundario en muchas conversaciones públicas. La desaparición o alteración de especies animales y vegetales no es solo una cuestión de conservación de la naturaleza. Tiene implicaciones directas sobre nuestra supervivencia.
Si perdemos biodiversidad, ponemos en riesgo la estabilidad de los sistemas alimentarios. Alteramos los procesos naturales que garantizan la fertilidad de los suelos, la polinización de los cultivos o la disponibilidad de agua. Reducimos la capacidad de los ecosistemas para absorber carbono y para adaptarse a los cambios ambientales. Y comprometemos el acceso a materias primas esenciales para sectores estratégicos de la economía.
El estrés que el aumento de las temperaturas provoca sobre la fauna y la flora termina repercutiendo inevitablemente en las personas. Aunque a menudo no seamos conscientes de ello, nuestra prosperidad depende de complejas redes ecológicas que sostienen actividades tan básicas como producir alimentos, generar recursos o mantener unas condiciones ambientales compatibles con la vida.
Sin embargo, existe un ámbito donde los efectos del calentamiento global ya son especialmente visibles y donde sus consecuencias sociales son cada vez más evidentes: las ciudades.
Actualmente, alrededor del 75 % de la población europea vive en entornos urbanos. Son espacios donde se concentra la actividad económica, la innovación y las oportunidades. Pero también son lugares especialmente vulnerables a las consecuencias del aumento de las temperaturas.
Las conocidas como islas de calor urbanas están provocando que muchas ciudades registren temperaturas significativamente superiores a las de las zonas rurales cercanas. El asfalto, el hormigón, la escasez de espacios verdes y determinados modelos de movilidad y planificación urbana contribuyen a intensificar este fenómeno.
Las consecuencias van mucho más allá de la incomodidad de pasar calor durante unos días al año.
Estamos hablando de un deterioro de la calidad de vida. De un aumento de los problemas de salud asociados a las altas temperaturas. De un incremento de las enfermedades cardiovasculares y respiratorias. De una mayor presión sobre los sistemas sanitarios. De un impacto creciente sobre la salud mental de las personas.
Porque el calor extremo también genera estrés. Reduce la calidad del descanso. Afecta a la productividad. Incrementa la vulnerabilidad de determinados colectivos y agrava desigualdades sociales ya existentes.
A ello se suman importantes costes económicos y ambientales derivados del aumento de la demanda energética para refrigeración, de la pérdida de productividad laboral y de los daños asociados a fenómenos extremos cada vez más frecuentes.
Por eso resulta insuficiente abordar este debate exclusivamente desde la perspectiva del calentamiento global. Debemos ampliar el foco y comprender que existen múltiples factores ambientales interrelacionados que influyen directamente en nuestra calidad de vida.
La calidad del aire es uno de ellos.
Las emisiones contaminantes que contribuyen al cambio climático son, en muchos casos, las mismas que deterioran la salud de millones de personas cada día. Respirar un aire contaminado incrementa el riesgo de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y neurológicas. Supone un enorme coste sanitario y social. Y afecta especialmente a quienes viven en grandes áreas urbanas.
La lucha contra el cambio climático, la protección de la biodiversidad, la mejora de la calidad del aire y la construcción de ciudades más habitables no son objetivos independientes. Forman parte de una misma estrategia de resiliencia y bienestar.
Necesitamos dejar atrás la idea de que la sostenibilidad es una cuestión sectorial o un asunto reservado a expertos ambientales. Es una cuestión económica, social y de salud pública. Y, sobre todo, es una cuestión de supervivencia.
La advertencia de Naciones Unidas no debe interpretarse únicamente como una señal de alarma climática. Debe servirnos para replantear nuestra relación con el entorno. Para entender que dependemos de sistemas naturales que tienen límites. Para asumir que nuestras decisiones individuales, empresariales y colectivas tienen consecuencias.
Todavía estamos a tiempo de actuar. Pero actuar exige comprender que no habitamos un escenario ajeno llamado naturaleza. Formamos parte de él y, sobre todo, dependemos de él.
Y cuanto antes asumamos que nuestro bienestar depende de la salud del ecosistema, antes entenderemos que protegerlo no es un gesto altruista. Es, sencillamente, una necesidad.
Nadie sierra la rama en la que se sienta. La pregunta es: ¿por qué nosotros seguimos haciéndolo?
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。