


























Quienes dicen que vamos tarde y mal preparados a la guerra de la inteligencia artificial no les falta razón. Solo hay que ver cómo se están financiando las grandes tecnológicas de EEUU y China frente a lo que sucede en Europa. El ejemplo de la salida a bolsa de SpaceX tiene todos los ingredientes para provocar un despertar colectivo ante lo que viene. Que una sola empresa haya recaudado 80.000 millones de dólares con la venta de nuevas acciones y que, además, emita 20.000 millones adicionales en bonos da una idea de que hemos entrado en otra dimensión en el mundo de los negocios y la tecnología.
Mientras usted y yo discutimos si es mucho o es poco, si hay burbuja o no, esa misma empresa ha cerrado la mayor adquisición de una startup independiente de la historia enviando un cheque de 60.000 millones de dólares (en acciones de SpaceX) a los dueños de Cursor. Lo hace después de que en febrero completara la fusión con Xai, valorándola en 250.000 millones también en acciones, aunque técnicamente el comprador y el vendedor de la empresa era el mismo: Elon Musk.
El primer billonario de la historia está marcando el camino a seguir hacia un futuro, lo queramos o no, con protagonismo de la inteligencia artificial. Hasta el nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, ha creado un grupo de trabajo específico solo para saber cómo adaptarse a la nueva realidad. Y esa nueva economía se caracteriza por la igualdad más absoluta en términos de conocimiento, una hiperinflación cognitiva, con abundancia sobre lo que conocemos y, seguramente, escasez en lo desconocido.
Las diferencias quedan en manos de la ejecución, es decir, en lo que seamos capaces de hacer con la IA. ¿Qué se puede hacer con ese superpoder? ¿Cuáles son los límites? Es como si en la Fórmula Uno todos fuesen con el mismo coche y la diferencia estuviese solo en el piloto. La lógica nos dice que deberíamos poner al volante al mejor de todos nosotros, al más rápido pero también al más fiable. Se llama talento humano. Es el factor diferencial más evidente de la carrera de la inteligencia artificial, que se está transformando en una guerra geopolítica con empresas, ejércitos, gobiernos y organizaciones oscuras de todo tipo a la gresca por escribir las reglas del juego.
La compra de Cursor por SpaceX es una inversión a lo bestia en talento, tal como lo ha descrito el propio Musk, pero además nos da más pistas sobre los otros dos vértices del triángulo donde se definirá la batalla: energía y capital. Está claro que para tener el mejor talento hay que pagar mejor que el resto. Además, la máxima capacidad de cómputo y las IAs más potentes exigen máquinas y chips cada vez más potentes cuyo límite lo está marcando la electricidad.
Por eso la inteligencia artificial ahora mismo se mide en megavatios, no en personas o en millones de dólares. Por eso Elon Musk quiere irse al espacio a generar electricidad con la radiación del sol sin los límites terrestres, sin el filtro solar de la atmósfera y sin el control político al que puede verse sometido bajo los cielos. ¿Es el espacio el equivalente a las aguas internacionales o un nuevo mundo con su propia jurisdicción? La verdadera cuestión de fondo es si estaremos en disposición de poder discutirlo, una de las advertencias en las que coinciden tanto Sam Altman como Dario Amodei.
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