















Oficialmente ya era el hombre más rico del mundo, medalla que redobla ahora su peso con la salida a bolsa de SpaceX. Interesa averiguar, no obstante, cuáles son los límites del dinero.
Con la salida a bolsa de SpaceX, Elon Musk se supera a sí mismo. Su fortuna es ya tan inmensa que cuesta extrapolar un efecto psíquico sobre el efecto psíquico que convierte a un humano normal y corriente en un sonado cuando supera la barrera de los miles de millones de euros de patrimonio. Es un elemento en común entre ricachones y políticos de primera magnitud. Existe un efecto burbuja donde el superlíder filtra lo que escucha a través de sus nombramientos y sus estrechas cohortes, como si se hubiese convertido en un ingeniero óptico dispuesto a diseñar el objetivo más distorsionado del mercado, y todo lo que alcanza a oír proveniente del mundo exterior no es más que un rumor en sordina, como el cauce de ese arroyo que estaba ahí durante la infancia pero sólo ha dejado en la vejez un surco árido y sucio.
El factor que diferencia a Musk y otros de su mismo estilo del resto de mortales es su pedigrí tecnológico. En los tiempos que corren, las ideas sólo bastan como movilizador cuando toca votar, pero se trata de una dinámica con demasiados sedimentos como para resultar atractiva a un observador neutral, si es que lo neutral existe. Unos votarán una cosa, otros otra y los de en medio vivirán sometidos a la eterna sospecha de no ser suficientemente progresistas o conservadores con independencia de lo que hagan quienes dicen representarles (y suelen hacer siempre lo mismo: trampear, manipular, comerciar). La tecnología es otra cosa. Hoy es lo más parecido a Dios sobre la faz de la Tierra. Potencialmente, el discurso nuclear asociado a ella es imbatible porque una narrativa tech es una narrativa científica y viene acompañada de pegatinas tan serias como la estadística, los grandes modelos de lenguaje, la prevención y cura de enfermedades antes ingobernables, o el transporte hiperveloz tanto turístico como logístico. Así que si Musk es un tecnólogo pionero y un billonario sin parangón, parece razonable concluir que su figura emerge como una suerte de Papa de esta nueva religión basada en algoritmos, rupturas de paradigma e inversiones desproporcionadas.
Por otra parte, Musk no cae demasiado bien a nadie. Cuando era el mejor amigo de Donald Trump, durante sus intervenciones en la campaña electoral del republicano, se producían en sus interacciones con los fanáticos ciertos silencios incómodos, como si el colectivo entendiese rápidamente que se hallaba ante un hombre desubicado, capaz de reírse en soledad de sus propias bromas, y luego, bien saciado de esos baños de masas, llegó para colmo el disgusto del saludo nazi, que el tecno-magnate reinterpretó como un hola salido de lo más profundo de su corazón.
Cuando se escarba en la superficie laboral de empresas como SpaceX, la red social X (antes Twitter), Tesla o Neuralink, sale a relucir una personalidad dictatorial, incapaz de considerar al profesional más que carne de vacuno al servicio de un bien supremo. Las amenazas, los despidos improcedentes, los cambios en la directiva y las andanadas de estilo cruzado de Musk son frecuentes, como habitual es su grandilocuencia cuando habla de colonizar Marte con un millón de personas para 2050. Es probable que, en su fuero interno, de noche, mientras respira el aire tonificado de su cámara hiperbárica, con o sin pijama, con o sin acompañante, Elon pondere también cuán lejos queda la inmortalidad, pues los millones que acumula sirven para bautizar bibliotecas, tal vez exoplanetas, pero nunca hasta hoy han
permitido doblegar la insoportable levedad del ser. Esta es, quizás, la última gran meta. Este es, también, el muro infranqueable hasta que alguien demuestre que existe la velocidad de escape de la longevidad (LEV en sus siglas en inglés).
Según dicha teoría, la humanidad alcanzará un punto de inflexión cuando los avances combinados en medicina regenerativa, biotecnología e IA prolonguen la esperanza de vida de más rápido de lo que avanza el tiempo. Si un año vivido es en cierto modo, biológicamente, un año menos de vida, pero el zafarrancho científico procura 14 meses de ampliación del periodo de prueba por 12 meses consumidos, Musk y todos los que pudiesen permitírselo serían miembros del club LEV y atosigarían a futuras generaciones con aventuras todavía más asombrosas que las ciudades marcianas, los centros de datos que orbitan alrededor de la Tierra o las interfaces cerebro-computador.
Pero volvamos al inicio. Musk tiene más dinero que nadie, un ego tan grande como el de Trump, compañías que valen un potosí, cohetes y coches autónomos, imágenes líricas de un Planeta Rojo libre de radiaciones, temperaturas extremas y problemas de distancia y coste, pequeños brotes de odio religioso (los judíos, conviene recordarlo, no son una raza), arranques de celos contra su ex amigo Sam Altman (judío, de hecho) y un carácter difícilmente domeñable que le incita a desahogarse en su red social de cabecera. Lo que nunca despertará el sudafricano es algo tan barato y sencillo como la simpatía.
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