

























Cuando se trata de describir la huella que una exposición persistente a las pantallas provoca, el caudal académico es abundante. Tan agudo es el pitido de la alarma que incluso en países como España, el Gobierno amaga con una prohibición total de acceso a las redes sociales entre los menores de 16 años. Más allá se pronuncian tecnólogos como Enrique Dans, profesor en IE Business School, cuya sugerencia es un veto total a las redes tal y como hoy funcionan.
Un estudio de la Universidad de Oxford alertaba a comienzos del curso pasado de un doble problema. El scroll infinito afecta a la capacidad de concentración, la estructura de marketplaces como Amazon o plataformas de streaming como Netflix potencian la cultura de la inmediatez (todo queda a tiro de un simple clic) y, lo más grave, el consumo excesivo de contenido superficial altera la materia gris del cerebro, fundamental porque es el motor que procesa la información. De dicha infraestructura dependen, en mayor o menor grado, habilidades tan críticas como el razonamiento, la memoria, el control de movimientos, la percepción sensorial y la toma de decisiones.
En su tercera entrega, el documento World Happiness Report advierte que los cambios operados entre los adolescentes por el uso y abuso de las redes sociales puede causar daños a escala generacional. “La repentina aparición de las redes sociales, siempre disponibles gracias a la difusión de los teléfonos inteligentes a principios de la década de 2010, contribuye sustancialmente al fuerte aumento de las enfermedades mentales observado [entre los adolescentes] en muchos países occidentales y en otros lugares durante esa década”, concluye el informe.
Stanford Medicine rescata Dopamine Nation, libro de la psiquiatra Anna Lembke, miembro de dicha institución, para describir con sencillez cómo gira y gira el círculo vicioso tejido por ciertos colosos tecnológicos: el mecanismo se basa en la repetición machacona de unos estímulos, el consiguiente incremento de la dopamina, un abrupto descenso posterior y la búsqueda voraz de elementos que repliquen el estado dopamínico inicial. Es la dictadura del like y los seguidores.
Esta mutación que cabalga a lomos digitales explica también una revisión profunda de los códigos de comunicación, tal y como resalta en este artículo El País. Para la generación Alfa (personas nacidas a partir de 2010), las llamadas de teléfono son una invasión inexcusable, los correos electrónicos un atavismo y los mensajes de WhatsApp un territorio extraño para los puristas de la gramática y la ortografía donde caben todo tipo de atajos y malformaciones. A Lázaro Carreter le habría dado un síncope si hubiese tenido tiempo de estudiar el estado de la cuestión.
Si un fenómeno moldea las mentes del futuro, otro se adapta deprisa a la nueva piel social. Parece obvio que las editoriales giran de las obras puramente literarias a registros más sencillos, muchas veces autobiográficos y a menudo juveniles. En las agencias de representación impera un discurso que descorazonaría al más ortodoxo: lo importante es vender y lo que vende se basa en propuestas simplificadas que además casan bien con los Alfa que llegan. Afirmar que hoy en día nadie publicaría Crimen y Castigo, La Montaña Mágica o Árbol de Humo no es ninguna exageración.
Maryanne Wolf, profesora en UCLA, explica que una novela de primer nivel impone una atención sostenida y una lectura profunda. El problema del chaparrón de notificaciones al que el ciudadano se expone a diario es que afecta a ese músculo y le torpedea cuando quiere interpretar textos complejos y desarrollar un pensamiento crítico. La fragmentación mental derivada del supertablero digital, apunta Wolf, hornea un cerebro distinto al que precisa la literatura de altos vuelos.
No es esa la única alteración, puesto que al cambiar la audiencia se transforma también el escritor, forzado o invitado, como ya se ve en la mesa de novedades de cualquier librería, a preparar estructuras más ágiles y descripciones menos extensas. Por otra parte, el impacto ha de ser inmediato. Olviden de una vez por todas una excursión de 500 páginas para empezar a involucrarse en una novela de 1.000.
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