
















Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos. Por eso, no podemos ignorar estas conductas dañinas que solemos normalizar
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
Creado: Actualizado:
Hay momentos en los que sentimos que nuestros hijos no nos escuchan. Les repetimos una y otra vez que den las gracias, que no griten, que respeten a los demás o que dejen el móvil mientras hablamos con ellos. Sin embargo, basta observarles unos minutos para darse cuenta de una realidad incómoda: muchas veces hacen exactamente lo que nos ven hacer a nosotros.
No es casualidad. Los niños aprenden por imitación desde que son muy pequeños y nosotros, sus padres, somos sus principales referentes. Antes incluso de comprender muchas palabras, ya están observando cómo resolvemos un conflicto, cómo tratamos a otras personas o qué hacemos cuando estamos cansados, enfadados o frustrados. Ese aprendizaje silencioso acaba teniendo mucho más peso que muchos de nuestros consejos.
La buena noticia es que no hace falta ser un padre o una madre perfectos. Basta con prestar atención a esos pequeños gestos cotidianos que, sin querer, pueden convertirse en una lección para ellos.
Tenemos que prestar una atención especial a todas aquellas conductas que hemos normalizado pero de las que no estamos del todo orgullosos. Aunque sabemos que no son las más adecuadas, no podemos evitarlas tan fácilmente. Y no podemos olvidar que nuestros hijos nos están observando y, por tanto, aprendiendo de todos nuestros comportamientos.
A continuación recogemos algunas de estas conductas para ser más conscientes de ellas.

Hay comentarios que salen casi sin pensar. "Tengo que adelgazar", "qué mal me queda esta ropa" o "menuda barriga". Son frases muy habituales entre adultos, pero un niño no las escucha como una simple queja. Poco a poco puede empezar a asociar el aspecto físico con el valor de una persona.
Pedir disculpas cuando corresponde es una muestra de educación. Hacerlo constantemente, incluso cuando no hemos hecho nada malo, transmite otro mensaje. Los niños pueden aprender que expresar una necesidad, hacer una pregunta o dar una opinión es algo por lo que casi hay que disculparse.
No hace falta estar horas con el teléfono. A veces basta con responder un mensaje mientras nuestro hijo nos está contando cómo le ha ido el día. Sin querer, le estamos enseñando que una pantalla puede interrumpir cualquier conversación importante y que el móvil es lo primero.
Todos perdemos la paciencia alguna vez. No solo con ellos, también en un atasco, cuando tenemos un conflicto en una tienda o en un restaurante, etc. El problema aparece cuando los gritos dejan de ser una excepción y se convierten en la forma habitual de resolver los conflictos. Los niños terminan aprendiendo que levantar la voz es la manera normal de expresar el enfado.

Un comentario sobre un vecino, una burla hacia un compañero de trabajo o una crítica a otra familia puede parecer una conversación entre adultos. Pero si hay un niño escuchando, también está aprendiendo cómo hablamos de los demás cuando no están presentes.
A muchos adultos les cuesta reconocer un error delante de sus hijos. Sin embargo, hacerlo tiene un enorme valor educativo. Escuchar un "me he equivocado" o un "lo siento, no debería haberte hablado así" les enseña que nadie es perfecto y que rectificar también forma parte de crecer.
"Ahora no", "voy corriendo", "date prisa". Son frases que forman parte del día a día de muchas familias. El problema es que, cuando se convierten en la banda sonora de casa, los niños pueden crecer creyendo que vivir con prisas es lo normal.
Responder un correo durante la cena, atender una llamada en mitad de un paseo o revisar el ordenador un domingo por la tarde parece algo puntual. Pero, cuando ocurre con frecuencia, los hijos aprenden cuáles son realmente nuestras prioridades. Cuando normalizamos estas conductas, no estamos dando un ejemplo de relación sana con el trabajo.
Entre adultos puede resultar gracioso, pero los niños pequeños no siempre entienden la ironía. Si recurrimos constantemente a ella, es fácil que acaben confundiendo ese tono con una forma habitual de comunicarse o incluso de burlarse de los demás.
Los modales no se enseñan solo diciendo "hay que dar las gracias". También se aprenden viendo cómo hablamos con un camarero, una dependienta, un repartidor o cualquier otra persona. Ahí es donde los niños descubren qué significa, de verdad, respetar a los demás.

Las comidas son mucho más que un momento para alimentarse. También son una oportunidad para conversar, compartir y desconectar. Cuando siempre comemos con prisas, de pie o mirando una pantalla, ese hábito también acaba normalizándose.
Todos hemos dicho alguna vez "mañana jugamos" o "este fin de semana iremos al parque" con la mejor intención. Pero cuando esas promesas se quedan una y otra vez en el aire, los niños aprenden que las palabras pueden no tener demasiado valor.
Ningún padre ni ninguna madre lo hace bien todo, aunque tampoco hace falta. Los niños no necesitan adultos perfectos; necesitan adultos que intenten mejorar, que sepan reconocer sus errores y que les enseñen, con sus propios actos, cómo les gustaría que fuera el mundo.
Porque educar no consiste solo en explicar lo que está bien y lo que está mal. Muchas veces trata, simplemente, de recordar que ellos nos están observando y aprendiendo incluso cuando creemos que no lo hacen.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。