



























A veces, nuestro instinto de protección alarma a los niños sin necesidad. Una psicóloga analiza el impacto de las frases de advertencia más comunes y explica qué decir en su lugar.
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Como padres, queremos que nuestros hijos estén bien. No queremos que se lastimen, se hagan daño o sufran. Por eso, muchas veces actuamos más movidos por el instinto de protección que por la razón. Vemos que el niño se sube a un banco y automáticamente le gritamos “¡cuidado!”. Se aleja unos metros en el parque y sentimos una pequeña punzada de ansiedad. Es perfectamente normal ya que el cerebro de los padres está programado para detectar riesgos constantemente.
El problema aparece cuando esa protección genera una atmósfera de miedo. De hecho, debemos recordar que los niños no solo escuchan nuestras palabras, también absorben nuestras emociones. Por eso, a veces sin darnos cuenta acabamos transmitiéndoles la idea de que el mundo es un sitio peligroso, que deben estar siempre alerta o que no serán capaces de lidiar con los riesgos.
La intención suele ser buena. El efecto no siempre lo es.
Los niños necesitan límites seguros, pero también deben poder explorar, tener cierta autonomía y asumir pequeñas dosis de riesgo controlado. Si convertimos cada experiencia en una amenaza potencial, el mensaje que reciben no es que los estamos cuidando, sino que el mundo es peligroso y no puede afrontarlo solo.
Estas son algunas de las frases más comunes con las que inculcamos miedo e inseguridad a nuestros hijos sin querer.
Esta frase sale casi automáticamente de nuestra boca en el supermercado, en la playa, en un parque lleno de gente... Por supuesto, tiene una buena razón de fondo ya que la posibilidad de perder de vista a nuestro hijo activa todas nuestras alarmas.
Sin embargo, cuando esta advertencia se repite constantemente con angustia o dramatismo, el niño puede empezar a interpretar algo distinto porque lo que percibe es que para papá o mamá el mundo es un sitio peligroso.
A la larga, eso limita mucho la exploración natural. Algunos niños empiezan a desarrollar un apego ansioso, se sienten más inseguros y se aferran a sus padres, lo que limita el juego libre o la posibilidad de interactuar con los demás ya que para ellos la distancia es sinónimo de peligro.
Obviamente, no se trata de dejar que un niño pequeño se aleje sin supervisión, pero debemos asegurarnos de transmitir seguridad en vez de alarmismo.
En vez de decirle “¡no te alejes que te puede pasar algo!”, prueba con un:

El mensaje cambia enormemente porque tu hijo entenderá que hay límites, pero no sentirá que el mundo es amenazante. Recuerda que, en la infancia, explorar no es un lujo, es una necesidad psicológica. La autonomía se construye precisamente en esos pequeños momentos en los que el niño se atreve a alejarse un poco y descubre que puede gestionarlo por su cuenta.
Esta es otra de las frases omnipresentes en la crianza. De hecho, a veces la decimos antes de que el niño haya hecho algo mínimamente arriesgado. Basta con verlo correr, trepar o saltar para que nos anticipemos al desastre.
Curiosamente, muchos niños estaban concentrados en lo que estaban haciendo, hasta que escuchan nuestro grito. Entonces dudan, se ponen nerviosos y, efectivamente, acaban cayéndose.
Cuando un niño escucha constantemente mensajes de este tipo, puede empezar a desarrollar una sensación de fragilidad. Interioriza la idea de que no es competente, asume que el peligro está en todas partes y cree que no podrá afrontar ciertos retos por sí mismo.
Obviamente, no se trata de ignorar los riesgos reales sino de aguzar la intuición para diferenciar entre peligro y desafío. Porque, objetivamente, no es lo mismo una situación realmente peligrosa que un niño intentando subir una escalera un poco alta para su edad.

En vez de alertarle: “¡te vas a caer!”, prueba con frases más específicas como:
Con estas frases potencias la conciencia corporal y le enseñas a ser prudente, pero sin transmitirle la sensación de incapacidad. Así tu hijo también aprenderá a confiar en sí mismo cuando llegue el momento de afrontar retos mayores.
Que tire la primera piedra quien no haya dicho esta frase, uno de los grandes clásicos del miedo parental. Obviamente, los niños deben aprender a protegerse y no pueden confiar ciegamente en desconocidos. Ese no es el problema. El problema es cómo se transmite esa idea.
Aunque la intención sea prevenir, en algunos niños puede generar ansiedad social, desconfianza extrema o miedo excesivo hacia otras personas porque el cerebro infantil funciona de manera bastante literal. Si repetimos que “hay gente muy mala” o que “no puedes confiar en nadie”, algunos niños terminan interpretando que cualquier desconocido es peligroso.
Y eso puede dificultar mucho el desarrollo de habilidades sociales básicas (pedir ayuda, relacionarse con otras personas, interactuar con otros niños o sentirse tranquilos fuera del círculo familiar). La prevención no debería basarse en el terror, sino en el sentido común y la precaución.
En vez de decirle que no debe hablar con extraños porque hay gente muy mala que puede hacerle daño, mejor prueba con un:
Con estas frases el foco cambia completamente porque no transmites la sensación de que todo el mundo es peligroso, sino que existen formas de mantenerse seguro. Eso le ayudará a desarrollar un criterio propio y a sentirse más seguro.
Muchos padres creen que, si sus hijos sienten miedo, serán más prudentes. Sin embargo, los estudios psicológicos demuestran que los niños que crecen bombardeados constantemente con mensajes de alarma no suelen ser más seguros ni confiados, a menudo desarrollan más ansiedad.
Curiosamente, la ansiedad infantil no siempre se manifiesta como un temor evidente, muchas veces se presenta como inseguridad, dependencia excesiva, evitación, timidez extrema o necesidad constante de validación adulta.
Los niños necesitan que sus padres los protejan, obviamente, pero también que les transmitan la idea de que aunque existen riesgos, pueden aprender a manejarlos. Eso cambia completamente la dinámica porque criar no consiste en eliminar todos los peligros (una misión imposible), sino en acompañar a nuestros hijos mientras desarrollan las herramientas que necesitan para enfrentarse al mundo con confianza, criterio y autonomía. Y muchas veces, la mejor protección no es asustarlos más, sino ayudarlos a sentirse capaces.
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