




















Tras convertirte en padre o madre, no debes caer en estos errores tan comunes que hemos normalizado pero que dañan la relación de pareja
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Todos los padres coincidirán en que la llegada de un hijo cambia muchas cosas. Cambia los horarios, el descanso, la forma de organizarse e incluso la manera de relacionarse con la persona con la que compartimos la crianza. Todos estos cambios son completamente normales. Lo que ocurre es que, a veces, bajo esa etiqueta de "normal" terminamos aceptando situaciones que poco a poco desgastan la relación de pareja.
Y este malestar en la pareja no se produce porque haya menos amor. De hecho, muchas veces sucede justo lo contrario ya que el nacimiento de un hijo suele reforzar el proyecto familiar. Sin embargo, la rutina, el cansancio y la sensación de no llegar a todo hacen que la pareja quede relegada a un segundo plano casi sin darse cuenta.
Es tan común este fenómeno que, incluso, se ha estudiado en diferentes trabajos académicos. Una revisión publicada en la revista Frontiers in Psychology, que analizó decenas de investigaciones sobre la transición a la maternidad y la paternidad, encontró que la satisfacción en la relación suele disminuir durante los primeros años después del nacimiento de un hijo. Los investigadores apuntan a factores muy reconocibles para cualquier familia: menos tiempo juntos, más responsabilidades y un aumento del estrés cotidiano.

La buena noticia es que muchas de las dinámicas de pareja que generan distancia pueden identificarse antes de que se conviertan en costumbre. Porque una cosa es que algo sea frecuente y otra muy distinta que debamos resignarnos a normalizarlo.
Hay días en los que parece que todas las conversaciones giran alrededor de los niños. Quién lleva al pequeño al pediatra, quién compra pañales, quién recoge a la mayor de la actividad extraescolar...
Es lógico. La organización familiar ocupa mucho espacio cuando hay hijos. El problema aparece cuando la pareja deja de hablar de cualquier otra cosa.
Poco a poco, las conversaciones sobre emociones, preocupaciones, proyectos o simplemente cosas que nos interesan desaparecen. Y cuando eso ocurre, es fácil empezar a sentirse más compañero de gestión que pareja.
Los padres recientes saben bien lo que es el cansancio. Lo preocupante es cuando ese agotamiento se instala durante años y se convierte en algo que nadie cuestiona.
Dormir poco, no tener tiempo para uno mismo y vivir con la sensación constante de ir apagando fuegos termina afectando al estado de ánimo, a la paciencia y también a la relación.
No siempre es posible cambiar las circunstancias, pero sí buscar formas de repartir mejor las cargas o pedir ayuda cuando se necesita.
A veces no es una cuestión de quién hace más tareas, sino de quién piensa constantemente en ellas. Recordar vacunas, cumpleaños, reuniones escolares, ropa que ya no sirve o citas pendientes también es trabajo.
Cuando toda esa planificación recae siempre sobre la misma persona, el desgaste suele aparecer tarde o temprano.

Muchas parejas caen en la misma trampa: primero los niños, después el trabajo, luego la casa y, si queda algún hueco, la relación. El problema es que ese hueco rara vez aparece por sí solo.
No hace falta organizar escapadas románticas cada mes, aunque estaría bien. A menudo basta con una conversación tranquila al final del día o con reservar un rato para estar juntos sin interrupciones.
Las diferencias son inevitables, igual que los desacuerdos y los conflictos. Lo que no debería convertirse en costumbre son los reproches, las descalificaciones o las correcciones constantes delante de los niños.
Los hijos observan mucho más de lo que parece y la forma en que los adultos resuelven sus conflictos también forma parte de lo que aprenden sobre las relaciones.
No suele ocurrir de un día para otro. Simplemente llegan las prisas, el cansancio y las obligaciones. Y los abrazos espontáneos, las muestras de afecto o los pequeños gestos de complicidad empiezan a desaparecer.
El cariño no soluciona todos los problemas, pero ayuda a que la conexión emocional siga presente incluso en las etapas más exigentes.

No hay parejas que nunca discutan, pero tampoco deberíamos asumir que vivir en una tensión constante forma parte inevitable de la crianza.
Cuando las conversaciones se convierten siempre en reproches o cuando cualquier desacuerdo termina en conflicto, conviene preguntarse qué está ocurriendo realmente detrás de esas discusiones.
"Cuando duerma mejor", "cuando empiece el colegio", "cuando sea más independiente." Muchas parejas pasan años esperando a que la siguiente etapa resuelva los problemas de la anterior.
Sin embargo, las dificultades importantes rara vez desaparecen por sí solas. Lo que suele funcionar es hablarlas, afrontarlas y buscar soluciones antes de que se conviertan en heridas difíciles de cerrar. Los niños aprenden mucho de ello.
Tener hijos pone a prueba incluso las relaciones más sólidas. Eso no significa que haya algo que esté fallando.
La crianza es exigente. Hay días buenos, días regulares y días en los que apenas queda energía para nada más.
Precisamente por eso conviene prestar atención a esas pequeñas conductas que, sin hacer mucho ruido, van erosionando la relación con el paso del tiempo. Porque cuidar de los hijos es una prioridad, pero cuidar del vínculo que sostiene a la familia también debería serlo.
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