

























Antes, todo el mundo estaba convencido de que estas frases sobre los bebés eran ciertas, pero ahora las sociedades científicas las han desmentido
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Durante años, muchas familias han criado a sus hijos siguiendo consejos que parecían incuestionables. Frases repetidas por abuelos, vecinos o incluso antiguos manuales de crianza que se transmitían de generación en generación. El problema es que hoy sabemos que muchas de esas recomendaciones no solo eran incorrectas, y la ciencia las ha desmentido, sino que algunas podían poner en riesgo la salud del bebé.
La pediatría, la neurociencia y los organismos internacionales llevan décadas investigando el desarrollo infantil, y gracias a ello han desmontado muchos mitos que antes se daban por ciertos. Estas son algunas de las frases sobre bebés que más se repetían, pero que ahora sabemos que no son ciertas.
Durante décadas se creyó que dormir boca abajo evitaba que el bebé se atragantara si regurgitaba. Hoy se recomienda justo lo contrario: los organismos internacionales recomiendan claramente que los bebés duerman boca arriba desde el nacimiento.
La razón es muy importante: dormir boca arriba reduce significativamente el riesgo de síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL). Son muchos los organismos que lo recomiendan, desde el sistema de salud estadounidense hasta la asociación de pediatría. La Academia Americana de Pediatría (AAP) insiste en que esta es la posición más segura para dormir, incluso en bebés con reflujo.

La ciencia actual dice exactamente lo contrario. Los bebés necesitan contacto físico constante para regular su estrés, sentirse seguros y desarrollar vínculos afectivos sanos.
Llorar es su forma de comunicar sus necesidades, no una manipulación. Por lo tanto, responder a ellas no crea dependencia emocional; de hecho, diversos estudios muestran que un apego seguro favorece la autonomía futura.
Los expertos insisten en la importancia del contacto, el cuidado sensible y la respuesta afectiva durante los primeros meses de vida. ¡Por mucho que la abuela diga que se acostumbra a tus brazos!
Este es otro comentario muy repetido que cada vez genera más rechazo entre pediatras y expertos en desarrollo infantil. Los bebés pequeños no tienen la madurez cerebral necesaria para autorregularse solos.
Cuando un bebé llora y nadie responde, su organismo libera hormonas del estrés. En cambio, cuando el adulto acude, el bebé aprende algo fundamental: que el mundo es seguro y sus necesidades importan.

Este consejo sigue escuchándose muchísimo, especialmente en verano. Pero la Asociación Española de Pediatría, entre otras, es clara: los bebés menores de seis meses alimentados exclusivamente con leche materna no necesitan agua, ni siquiera en climas calurosos.
La leche materna ya contiene toda el agua que el bebé necesita. Dar agua antes de tiempo puede hacer que tome menos leche y aumentar el riesgo de desnutrición o infecciones.
Pocas frases han envejecido peor. Hoy los pediatras desaconsejan claramente los andadores infantiles. Los expertos explican que no ayudan a caminar antes y, además, aumentan el riesgo de accidentes y lesiones graves. Algunos estudios incluso sugieren que pueden interferir en el desarrollo motor natural.
Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) recomiendan que los bebés practiquen caminar agarrándose a muebles seguros o de la mano de un adulto, pero no utilizando andadores.

Hoy sabemos que el llanto es una señal tardía de hambre. Antes de llegar a ese punto, los bebés suelen mostrar señales mucho más sutiles, como girar la cabeza buscando, llevarse las manos a la boca, abrir la boca o inquietarse. Es en este momento, antes de desesperarse, cuando se podrá realizar la toma con más calma.
Por eso, organismos como la AEP recomiendan la lactancia “a demanda”, es decir, ofrecer alimento cuando el bebé muestra señales tempranas y no esperar a que llore desconsoladamente.
Durante años se recomendó retrasar alimentos como el huevo, el pescado o el cacahuete por miedo a las alergias. Hoy, los organismos internacionales explican que retrasarlos innecesariamente no previene alergias y, en algunos casos, incluso podría aumentar el riesgo.
Actualmente, las sociedades científicas de pediatría recomiendan introducir los alimentos potencialmente alergénicos de forma progresiva a partir de los 6 meses, cuando empieza la alimentación complementaria, siempre adaptándolo a cada bebé y siguiendo las indicaciones del pediatra si existen antecedentes familiares o factores de riesgo.
Además, los expertos recuerdan que introducir variedad de alimentos durante el primer año ayuda al desarrollo nutricional y sensorial del bebé.
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