
























¿Tu hijo llora al quedarse en el cole o se resiste a entrar a clase? Prueba estos 5 gestos sencillos que transmiten calma y serenidad, avalados por una psicóloga.
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Hay mañanas que se repiten como un déjà vu emocional: mochilas listas, prisas y, al llegar a la puerta del cole, ese nudo en el estómago cuando tu hijo se aferra a ti, llora y no quiere soltarte. Tú intentas sonreír, pero por dentro también estás viviendo esa despedida como un drama shakesperiano.
Esta escena, tan común en las escuelas infantiles y colegios, se debe en gran medida a la ansiedad de separación porque los niños todavía no se sienten lo suficientemente seguros quedándose solos, por lo que cuando se separan de su figura de apego principal activa su sistema de alerta.
La ansiedad de separación suele disminuir alrededor de los 2 o 3 años, pero en situaciones de cambio, como la vuelta al cole, suele volver a activarse porque el niño se siente inseguro. Por eso, esos minutos antes de entrar en clase no son un simple tránsito logístico, sino un momento clave y lo que hagas puede marcar la diferencia.

La despedida matutina es un ritual de seguridad. No tiene que ser perfecto, tan solo predecible y cálido. Esas pequeñas acciones contribuyen a regular el sistema nervioso infantil enviándole un mensaje de calma y serenidad.
Antes de despedirte de tu hijo, agáchate y colócate a su altura para que puedas mirarlo a los ojos. Parece un gesto muy simple, pero tiene un impacto enorme porque sentirse “visto” es fundamental para desarrollar la seguridad emocional, según la teoría del apego.
Cuando te inclinas y buscas el contacto visual, tu hijo percibe una atención plena. No hay prisas ni distancias, sino conexión. Así también disminuyes la sensación de poder y autoridad que suele generar la postura erguida del adulto, sobre todo en momentos de vulnerabilidad.
No tienes que hacer un discurso largo, a veces basta con mirarle y decir: “sé que cuesta, pero estarás bien. Luego vuelvo”. No tienes que convencerle, sino validar lo que siente y transmitirle seguridad.
Recuerdo que cuando era pequeña y no quería entrar al colegio, mi madre me dejaba un “beso guardado” para que me acompañara hasta que regresara a recogerme. Aquel gesto simbólico me calmaba y hoy muchos psicólogos infantiles lo recomiendan como una forma para ayudar a los niños a lidiar con la separación porque representa la presencia de la figura de apego en su ausencia.
Puedes darle un beso en la palma de la mano o “metérselo” en el bolsillo del abrigo. Para nosotros es un simple juego, pero para los niños es una herramienta de gestión emocional muy eficaz porque cuando se sientan ansiosos, temerosos o inseguros, pueden mirar su mano y reconectar con nosotros mentalmente. En cierto modo, es una forma de decirle: “una parte de mí se queda contigo”.
Los abrazos son una de las formas más poderosas de transmitir emociones sin palabras. Por eso, antes de dejar a tu hijo en el colegio, abrázalo durante unos segundos. La ciencia ha confirmado que un abrazo libera oxitocina, la llamada hormona del apego, y reduce los niveles de cortisol, asociados al estrés.
No obstante, es importante dosificar porque si das un abrazo rápido, tu hijo puede percibirlo como frío y sentirse desorientado o incluso abandonado. En cambio, si es excesivamente largo podrías transmitirle inseguridad y reforzar la idea de que tiene motivos para preocuparse.
Los psicólogos solemos recomendar despedidas afectuosas pero breves. Es un equilibrio delicado en el que validas su emoción sin amplificar la ansiedad. Por tanto, da un abrazo consciente, pero sin alargar demasiado el momento del adiós.

Introducir un pequeño ritual divertido puede cambiar por completo el tono de la despedida. Puede ser un choque de pulgares, rozar las narices, hacer una secuencia inventada (mano, beso y guiño) o lo que se os ocurra.
A nivel neuropsicológico, este tipo de despedida “secreta” activa el modo conexión y juego en el cerebro, que es incompatible con el estado de alarma. Es decir, desplaza la ansiedad y el miedo sustituyéndolas por emociones más positivas.
Además, implica crear un código único entre vosotros. Es una forma de decirle: “tenemos algo especial que sigue existiendo aunque no estemos juntos”. Esa continuidad emocional es clave en el apego seguro.
El último momento, ese en el que tu hijo cruza el umbral de la puerta, también comunica mucho. Tu actitud hacia el docente influye directamente en cómo tu hijo percibe ese entorno, sobre todo cuando es pequeño y eres su punto de referencia.
Si saludas con cercanía, sonríes y muestras confianza, estás enviando un mensaje extraverbal implícito: “es un lugar seguro y esa persona es de fiar”. Para tu hijo, que todavía busca en ti ese tipo de lectura del entorno, son pistas fundamentales que le ayudan a sentirse más seguro.
A fin de cuentas, cuando lo dejas en la escuela infantil o en el colegio no solo se separa de ti físicamente, también necesita sentirse seguro a nivel emocional. Con tu actitud, le estás ayudando a confiar en su maestro, que durante unas horas será la persona que le cuide y le dé tranquilidad. Eso facilita la adaptación.
Por último, cabe aclarar que estos pequeños gestos no eliminarán instantáneamente los llantos o la resistencia, pero irán cambiando la experiencia, de manera que pases de una despedida improvisada y cargada de tensión a un ritual más predecible que transmite confianza y serenidad. Con el paso de los días, ese momento irá siendo cada vez más llevadero.
En cualquier caso, recuerda que la idea no es evitar que tu hijo sienta ansiedad, sino enseñarle que puede seguir adelante independientemente de ello. Ese aprendizaje, que empieza justo en la puerta del cole, le acompañará mucho más allá de esas primeras separaciones.
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