





















Durante el verano, tu bebé recibe estímulos que pueden ser muy beneficiosos para el desarrollo de los más pequeños.
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Con los bebés, dar un paseo es una aventura. Lo que para nosotros forma parte del paisaje de siempre, para ellos es completamente nuevo. La hierba, la arena, el agua, una hoja movida por el viento o el sonido de las olas son experiencias que están viviendo por primera vez. Y muchas veces basta con observarles unos segundos para darse cuenta de ello. ¡Todo es un descubrimiento!
Se quedan mirando algo que a nosotros nos parece insignificante. Alargan la mano, fruncen el ceño, sonríen, vuelven a tocarlo... Y otra vez. Así es como aprenden durante los primeros meses de vida; explorando con los sentidos.
De hecho, una revisión científica publicada en 2024 concluye que los entornos naturales ofrecen oportunidades especialmente valiosas para el aprendizaje temprano. Elementos tan sencillos como la hierba, el agua, la arena o las hojas permiten a los bebés descubrir nuevas texturas, sonidos, temperaturas y movimientos mientras exploran el mundo que les rodea.
Y el verano está lleno de esos pequeños descubrimientos.

Estos son algunos de los microdescubrimientos más fascinantes que los bebés van a vivir este verano.
Puede parecer algo sin importancia, pero muchos bebés se sorprenden la primera vez que sienten una ráfaga de aire mientras pasean o están sentados en el parque.
A veces abren mucho los ojos (o los cierran mucho si el viento les molesta). Otras giran la cabeza intentando averiguar qué acaba de pasar. Es una sensación nueva que no pueden ver, pero sí sentir.
La mayoría de las superficies que conocen durante sus primeros meses son lisas y previsibles: el suelo de casa, una manta, el colchón o su ropa. Sin embargo, la hierba es otra historia.
Pincha un poco, hace cosquillas, se mueve y tiene una textura difícil de comparar con cualquier otra cosa. Por eso muchos bebés la observan durante varios minutos antes de decidirse a tocarla. Luego, pueden disfrutar de su textura, pero también si está fría o templada, si está mojada o seca, etc.

No importa si es en una pequeña piscina, en la playa o durante un juego al aire libre. Hay algo en el agua que fascina a los bebés.
Cuando intentan agarrarla desaparece. Cuando golpean la superficie aparecen salpicaduras. Cuando mueven las manos, todo cambia. Tiene diferentes temperaturas... Y ellos quieren comprobarlo una y otra vez. El agua es una maravillosa experiencia sensorial del verano.
La primera reacción, ya sea de arena del parque o de la playa, suele ser de sorpresa.
La arena se escurre, se pega a la piel mojada y cambia constantemente de forma. Algunos bebés intentan cogerla con fuerza; otros se limitan a observar cómo cae lentamente entre sus dedos. Y a algunos no les convence en absoluto.
Durante varios minutos pueden quedarse completamente absortos en algo tan simple como un poco de arena.
O una hormiga. O un pájaro. O cualquier pequeño ser vivo que aparezca de repente delante de ellos.
Los movimientos imprevisibles captan enseguida su atención. Y no es raro verles seguirlos con la mirada hasta que desaparecen.

Hay bebés que, según la edad que tengan, pueden intentar tocar las sombras. Otros las observan como si fueran un objeto más.
Las sombras aparecen y desaparecen, cambian de tamaño y se mueven sin que ellos entiendan todavía por qué. Precisamente por eso a los bebés les resultan tan interesantes y estimulantes.
El canto de los pájaros, las hojas agitadas por el viento, las olas rompiendo en la orilla o incluso el zumbido de algunos insectos forman parte de una banda sonora completamente nueva. También escuchan otros sonidos menos agradables como los coches, los golpes de una máquina construyendo una obra, etc. En cualquier caso, todo forma parte de su descubrimiento del mundo.
Cuando pasamos más tiempo al aire libre, los bebés tienen la oportunidad de descubrir una enorme variedad de sonidos que enriquecen su experiencia del entorno.
Cuando pensamos en el desarrollo de un bebé solemos fijarnos en los grandes hitos: cuándo empieza a gatear, cuándo se sienta solo o cuándo da sus primeros pasos.
Sin embargo, gran parte de su aprendizaje ocurre mucho antes y de una manera mucho más silenciosa.
Sucede cuando siente la hierba bajo los pies por primera vez o cuando observa una golondrina volar mientras pasea en el carrito. Son momentos pequeños, casi invisibles para los adultos. Pero forman parte de esa inmensa tarea que ocupa a los bebés durante sus primeros años: entender cómo funciona el mundo.
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