





















Ni empatía ni paciencia, hay una habilidad clave para el desarrollo emocional de los niños que la inmensa mayoría de los padres descuida - y estas son 3 técnicas psicológicas para potenciarla.
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Convertirnos en padres o madres viene con una especie de lista invisible: queremos que nuestros hijos sean felices, que estudien, que se esfuercen, que se porten bien, que puedan aprovechar las oportunidades… Y con esa intención, llenamos su agenda de actividades, los ayudamos con los deberes e intentamos guiarlos lo mejor posible. Queremos hacerlo bien.
Pero en medio de todo eso, hay un aspecto que suele quedar relegado a un segundo plano: el emocional. Les damos técnicas de estudio, pero no les enseñamos cómo lidiar con la ansiedad antes de un examen. Les pedimos que se porten bien, pero no siempre les mostramos cómo gestionar la frustración cuando algo no sale como esperan.
Incluso los padres más conscientes de la importancia de la inteligencia emocional suelen pasar por alto una habilidad clave: la capacidad de sostener las emociones.

Muchos de los “problemas de conducta” que los psicólogos vemos a diario en realidad no son más que la punta del iceberg. Detrás de una rabieta o de una actitud desafiante a menudo hay un niño incómodo con lo que siente o que no sabe cómo expresar lo que le pasa.
El problema es que nosotros, los adultos, tampoco hemos aprendido a sostener las emociones. Nos precipitamos y buscamos una solución rápida. Queremos calmar, arreglar o cerrar la situación cuanto antes. Cuando nuestro hijo llora, le decimos: “ya está, no pasa nada”. Si se enfada, le pedimos que se calme y si se siente abrumado, intentamos distraerlo para que la emoción desaparezca cuanto antes.
Obviamente, lo hacemos con la mejor intención del mundo. A nadie le gusta ver a su hijo llorando o frustrado. Sin embargo, ese impulso por disolver inmediatamente la emoción tiene efectos secundarios que a menudo pasamos por alto porque transmite implícitamente la idea de que ese estado afectivo no es un sitio seguro donde quedarse. Como resultado, no es extraño que aparezca:
Paradójicamente, cuanto más intentamos suprimir o acortar las emociones, más intensas se vuelven. Las emociones que no se procesan tienden a acumularse, por lo que pequeños desencadenantes pueden provocar reacciones desproporcionadas, simplemente porque el niño no ha aprendido a transitar gradualmente por su universo afectivo.

Sostener una emoción no significa recrearse en ella ni dejar que tu hijo se descontrole, sino acompañarlo sin prisa. Estar presente sin intentar eliminar rápidamente lo que está sintiendo. Transmitir, con las palabras y la actitud, que esa emoción (aunque intensa) es manejable y no es peligrosa.
A veces, simplemente debemos resistir la tentación de llenar el silencio o buscar una solución. En vez de intervenir rápido, podemos probar algo diferente validando su emoción, pero sin pedirle que la supere inmediatamente, estando a su lado mientras intenta comprender qué le ocurre.
Eso también significa que debemos bajar el ritmo porque la regulación emocional no ocurre en cuestión de segundos, necesita tiempo. Cuando intervenimos demasiado rápido, interrumpimos ese proceso natural, por lo que el acompañamiento afectivo implica aprender a tolerar cierto nivel de incomodidad. ¿Cómo se hace eso en la práctica?
Cuando tu hijo se active emocionalmente, el primer paso no es hablar, sino quedarse. Acércate, relaja tu postura, baja la voz y evita reaccionar en automático. Puedes decirle: “estoy a tu lado”.
La clave está en no precipitar soluciones ni explicaciones. Esa pausa le dará al sistema nervioso infantil el tiempo necesario para empezar a regularse. Tu presencia actúa como un “ancla”, sin invadir.
En vez del clásico “no pasa nada”, hay que ayudar al niño a expresar verbalmente lo que siente, sin invalidar ni intentar cambiar la emoción. Por ejemplo: “parece que estás muy frustrado porque no te salió como querías”, o “veo que eso te ha enfadado mucho”.
Un estudio realizado en la Universidad de California constató que nombrar la emoción reduce la actividad de la amígdala y, por ende, la intensidad emocional. De hecho, contribuye a organizar y dar sentido a la experiencia interna, además de transmitirle al niño la idea de que las emociones se pueden observar, no son solo algo que los empuja a reaccionar.
En los momentos más intensos, pedirle a tu hijo que “respire” solo no suele funcionar. Pero hacerlo contigo sí. Puedes guiarlo de forma sencilla: “vamos a hacer tres respiraciones juntos”, marcando un ritmo lento con tu propia respiración.
No es tanto una técnica de relajación como una herramienta de sincronización emocional. El niño se regula a través de ti. Con el tiempo, irá internalizando esa herramienta y podrá usarla autónomamente cuando se sienta enfadado o estresado.
De hecho, estas técnicas tienen algo en común: no buscan eliminar la emoción, sino enseñar al niño a atravesarla sin sentir el impulso de reaccionar de inmediato. Le transmite la idea de que no tiene que huir de lo que siente, sino que es algo que puede gestionar.
Porque, al final, educar no es solo preparar para los exámenes o para el futuro profesional, sino para la vida. Y en esa vida habrá frustración, miedo, tristeza, incertidumbre... No podemos evitar que nuestros hijos sientan todo eso, pero podemos darles las herramientas para que lo atraviesen mejor.
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