
























Del “portate bien” al “¿cuántas veces te lo tengo que decir?”, seguro que has usado estas frases con tu hijo más de una vez, pero no son tan eficaces como piensas. Una psicóloga explica dónde fallan y qué decir en su lugar.
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Hay algunas frases que se transmiten de generación en generación. Nos las dijeron nuestros padres y, sin pensarlo mucho, las repetimos con nuestros hijos. Salen casi automáticamente, sobre todo en momentos de cansancio, cuando nos sentimos desbordados o simplemente cuando queremos que las cosas funcionen sin tantas complicaciones.
El problema no es la intención (que suele ser buena), sino el efecto real que tienen porque muchas de ellas no enseñan ni guían y, en algunos casos, incluso generan más resistencia o tienen el efecto contrario del que deseábamos.
Educar no va solo de lo que decimos, sino de que el niño puede entenderlo y aplicarlo. Aunque es importante explicar el por qué de las cosas y asegurarnos de que entiende los límites y las normas, los psicólogos no nos cansamos de repetir que los niños pequeños necesitan instrucciones claras y concretas.
No basta con corregir, hay que traducir el mundo adulto a un lenguaje que ellos puedan procesar. Por eso, algunas frases comunes en el día a día en realidad pueden añadir más confusión.
A simple vista, parece una petición lógica. Antes de salir de casa, le pedimos a nuestro hijo que se comporte adecuadamente. El problema es que a menudo ese “portarse bien” es un concepto abstracto, ambiguo y completamente abierto a interpretación.
Para un niño de 5 años, portarse bien puede significar solo no gritar, mientras que para el padre puede implicar no correr, no tocar nada y mantenerse sentado durante una hora, sobre todo teniendo en cuenta que las normas de comportamiento varían mucho según el contexto ya que no es lo mismo un cumpleaños infantil que ir a la oficina de papá o cenar en un restaurante.
El problema es que el niño no tiene acceso al “manual interno” de sus padres y muchas veces tampoco sabe cómo debe comportarse en las diferentes situaciones. Y cuando no sabe exactamente qué se espera de él, es más probable que falle. No por desobediencia, sino por falta de claridad.
La clave radica en traducir ese concepto abstracto en conductas concretas y observables que el niño pueda seguir. Puedes decir: “Cuando entremos, hablaremos bajito y nos quedaremos sentados” o “en casa de los abuelos, no tocamos las cosas sin preguntar”.
Eso le proporciona al niño un “guion” claro y una pauta de acción a seguir. No tiene que adivinar, solo aplicar, algo que reduce enormemente la ambigüedad en situaciones nuevas o en sitios con los que no está familiarizado.

Esta es, probablemente, una de las frases más universales en la crianza. Y también una de las menos efectivas. ¿Por qué? Sencillamente porque es una pregunta retórica, lo que significa que no espera una respuesta real. Y los niños no se llevan muy bien con la retórica, por lo que pueden interpretarla como una crítica, un reproche o incluso como un desafío.
Desde el punto de vista psicológico, esta frase no aporta ninguna información nueva. No recuerda la instrucción original de forma clara ni ofrece una solución, solo expresa nuestra frustración.
El problema es que cuando repetimos esta frase muchas veces, sin cambios, el niño simplemente empieza a desconectarse, no porque no quiera obedecer, sino porque el mensaje pierde fuerza. Y eso solo nos llevará a un callejón sin salida.
En vez de creernos Aristóteles, lo ideal es abandonar el camino de la retórica y retomar la senda de la instrucción, añadiéndole claridad y acción. Por tanto, en vez de plantear una pregunta, simplemente repite la orden con voz más firme. Puedes pedirle: “recoge los juguetes ahora, por favor” o acompañarlo si es necesario: “vamos a recoger juntos”.
En este caso, pasas de quejarte por la repetición a reforzar la acción, por lo que el foco vuelve a lo que hay que hacer, no a lo que no ha funcionado antes.
Esta frase es bastante frecuente, sobre todo en momentos de tensión cuando estamos agotados emocionalmente. Sin embargo, coloca la responsabilidad de la emoción del adulto en el niño.
El mensaje que transmite implícitamente es que el niño es el causante de nuestros sentimientos. Y eso, desde un punto de vista psicológico, es simplemente demasiado peso para un niño. De hecho, esta frase repetida una y otra vez suele generar un sentimiento de culpa. El niño ya no solo siente que ha hecho algo mal, sino que empieza a asumir que es el culpable del malestar de sus padres.
Cuando un niño empieza a sentirse responsable por el estado emocional del adulto, desarrolla un estado de hipervigilancia constante: observa, mide, intenta anticipar reacciones… no para comprender mejor las normas, sino para evitar molestar. A corto plazo puede parecer que “funciona”, pero en realidad esta frase solo alimenta el miedo a provocar una reacción.
El cambio se produce cuando asumimos la emoción como propia y, al mismo tiempo, somos capaces de marcar un límite claro. Podemos decir, por ejemplo: “me estoy enfadando, deja de tirar los juguetes” o “no me gusta que grites, en esta casa se habla más bajo”.
Ese tipo de mensaje cumple dos funciones: por un lado, modela la responsabilidad emocional porque asumimos lo que sentimos, y por otro, arrojamos claridad sobre lo que se debe cambiar. Así tu hijo no se siente culpable por tu emoción y comprende qué debe hacer. Es lo más justo y respetuoso.

Si te fijas, las tres frases tienen algo en común: son vagas, emocionales o poco útiles en el momento. En contraposición, los niños necesitan claridad, coherencia y un adulto que les “traduzca” el mundo en algo que puedan comprender y con lo que sean capaces de lidiar.
Cuando cambiamos estas frases por mensajes más concretos estamos
A fin de cuentas, educar no es repetir lo que nos dijeron, sino ajustar el mensaje para que realmente funcione. Y a veces, ese cambio empieza con algo tan simple (y tan poderoso a la vez) como elegir mejor nuestras palabras.
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