




















¿Tu hijo te discute todo? Podrías estar activando su “modo rebelde” sin darte cuenta con estos 3 hábitos de comunicación.
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Si alguna vez has tenido que presentar tres argumentos y realizar más de una concesión para que tu hijo se ponga el pijama y se meta en la cama o se coma las verduras, no estás solo. En muchos hogares, las rutinas más simples se han convertido en auténticas mesas de negociaciones. Los niños negocian la hora de acostarse. Negocian el tiempo de pantalla. Negocian qué se cena en casa. Negocian la ducha. Negocian la salida y la vuelta del parque… Y así sucesivamente.
Lo curioso es que, en muchos casos, el problema no es que el niño tenga una conducta desafiante o una personalidad difícil, sino que, sin darnos cuenta, nosotros mismos les transmitimos la idea de que todos los límites son negociables.
Los niños aprenden observando. Si descubren que insistir funciona, insistirán. Si constatan que cuando protestan cambiamos las normas, seguirán protestando. Y si perciben que pueden abrir un debate sobre cada límite, convertirán cada norma en un debate sin dudarlo ni un segundo.
Muchos padres quieren fomentar la autonomía infantil y evitan imponer normas de manera autoritaria. Y eso está muy bien. El problema surge cuando interpretan que respetar significa consultar cada decisión y creen que deben justificar cada límite, permitiendo que todo sea objeto de debate.
En realidad, la crianza positiva no consiste en que el niño participe en todas las decisiones, sino en tratarlo con respeto. Cuando convertimos cada norma en una negociación para no parecer autoritarios, transmitimos involuntariamente la idea de que los límites son provisionales y dependen de quién argumente mejor o insista más. Al final, sin una estructura y normas claras, nuestros hijos solo se sentirán confundidos y “perdidos”.
Debemos recordar que existen normas y límites que no son negociables, ya sea por cuestiones de seguridad, salud o convivencia. Por tanto, es mejor prestar atención a ciertos hábitos de comunicación que abren la puerta a negociarlo todo.

“¿Quieres recoger tus juguetes?”
“¿Te apetece bañarte?”
“¿Puedes apagar la televisión?”
Son frases amables, educadas y respetuosas, pero cuando algo no es opcional, formularlo como una pregunta solo confunde al niño. Si preguntas algo, tu hijo asume (con toda la lógica del mundo) que puede responder con un “no”. Entonces comienza la negociación y crece la frustración en ambas partes.
Solución. No tienes que convertirte en un sargento, tan solo debes diferenciar las elecciones reales de las responsabilidades no negociables. Por ejemplo, en vez de preguntar: “¿Quieres cepillarte los dientes?” simplemente di: “es hora de cepillarse los dientes”.
“Porque lo digo yo, ¡y punto!” era, probablemente, una de las frases que más escucharon los niños de las generaciones anteriores. Los padres actuales no son tan parcos en palabras, explican mucho más, lo cual es positivo porque contribuye a que los niños entiendan el por qué de los límites y las normas.
Sin embargo, existe un punto en el que explicar deja de ser educativo y se convierte en una invitación al debate. Cuando dedicamos diez minutos a explicarle a nuestro hijo por qué no puede comer helado antes de cenar, es probable que interprete que la decisión todavía está abierta. Ergo, seguirá insistiendo.
Solución. Las explicaciones son útiles e importantes. Nadie quiere convertir su casa en un cuartel, pero no siempre tienen que preceder al límite, sobre todo cuando el niño no está en disposición de entender. Hay ocasiones en las basta con un “entiendo que quieras helado, pero no toca hasta después de comer”. En otro momento, cuando esté más calmado, podrás explicarle la razón.
Muchos padres me comentan que tienen que repetir mil veces las instrucciones a sus hijos para lograr que hagan cualquier cosa.
“Ponte los zapatos”.
“¿Te puedes poner los zapatos?”
“Te he dicho que te pongas los zapatos”.
“¿Cuántas veces tengo que repetirlo?”
Sin querer, ese patrón de comunicación transmite el mensaje de que la primera (y la segunda, la tercer y la cuarta…) instrucción no son realmente importantes. Básicamente, el cerebro infantil se acostumbra a la repetición y simplemente descarta las primeras instrucciones.
Si tu hijo sabe que escuchará la misma petición diez veces antes de que ocurra algo, no tiene ningún motivo para actuar en la primera. Puede seguir jugando o mirando la tablet hasta la décima vez que le digas que pare.
Solución. Menos suele ser más. Y eso también se aplica a las palabras. Pídele a tu hijo lo que deseas y aplica el silencio estratégico; o sea, espera unos segundos para asegurarte de que te ha escuchado y darle tiempo a responder. Si no lo hace, acércate, establece contacto visual y elimina las distracciones para que pueda hacer lo que le pides.

Muchos padres temen que establecer límites firmes dañe el vínculo afectivo o que incluso vaya a provocar algún trauma infantil a sus hijos. No es así.
Los niños necesitan sentirse escuchados, comprendidos y respetados, pero también necesitan saber que hay un adulto al mando capaz de tomar decisiones cuando ellos no pueden hacerlo.
Como padres y madres, no somos solo una figura de apego, también debemos convertirnos en un punto de referencia y refugio seguro para nuestros hijos. Y eso pasa por establecer normas y límites en casa.
Paradójicamente, los límites claros disminuyen enormemente los conflictos y el estrés cotidiano porque eliminan la incertidumbre. Cuando un niño sabe qué es negociable y qué no, deja de invertir tanta energía en comprobarlo constantemente.
Y eso no significa criar con rigidez, sino comunicar con claridad. A fin de cuentas, los niños no aprenden dónde están los límites cuando se los explicamos por enésima vez, sino cuando los encuentran siempre en el mismo lugar.
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