



















Educar con respeto comienza cuando te cuestionas algunas creencias que tenías normalizadas. Desaprender debe formar parte de la crianza
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Cada vez más familias sienten que criar a un hijo hoy implica algo más que aprender nuevas herramientas educativas. También supone mirar hacia atrás y cuestionar muchas frases, costumbres y formas de relacionarnos que durante años se consideraron normales. Nosotras las vivimos con nuestros padres y ellos con los suyos.
Porque gran parte de la crianza respetuosa no consiste solo en saber qué hacer, sino en identificar aquello que quizá ya no queremos repetir. Y ahí aparece una palabra que cada vez usan más madres y padres: desaprender.
Desaprender la obediencia basada en el miedo, desaprender los gritos, desaprender la idea de que expresar emociones es “portarse mal”, desaprender que un niño tiene que aguantarlo todo sin protestar.
No siempre es fácil, especialmente porque muchas de esas dinámicas forman parte de nuestra propia infancia. Pero precisamente por eso muchas familias están intentando cambiar pequeñas cosas del día a día para construir relaciones más sanas con sus hijos.

Durante mucho tiempo se interpretó el llanto infantil como una forma de llamar la atención o conseguir algo. Sin embargo, cada vez más expertos recuerdan que los niños pequeños no tienen la madurez emocional necesaria para manipular como lo haría un adulto.
Cuando un niño llora, grita o tiene una rabieta, normalmente está expresando una necesidad, un límite emocional o un desbordamiento que todavía no sabe gestionar de otra manera.
Por eso muchas familias intentan cambiar el “deja de llorar” por frases como: “Entiendo que estés enfadado”, “Estoy contigo” o “Vamos a calmarnos juntos”.
Muchas personas crecieron escuchando frases como “porque lo digo yo” o “aquí se hace lo que yo mando”. Hoy, en cambio, muchas familias buscan un modelo donde haya límites, pero también explicación, conexión y escucha. La clave de todo ello es hacer un ejercicio de empatía con las necesidades del niño.
Eso no significa dejar que el niño haga siempre lo que quiera. Significa intentar que entienda el porqué de las normas y que la relación no se base en el miedo al castigo. La diferencia parece pequeña, pero cambia mucho la forma en que los hijos viven la autoridad.
“Eso no es para tanto”. “No estés triste”. “No te enfades”.
Todas ellas son frases que muchísimos adultos escucharon de pequeños sin mala intención. El problema es que, poco a poco, enseñan al niño que ciertas emociones molestan o deben esconderse.
Cada vez más padres intentan desprender estas formas de reaccionar ante las emociones. Esto supone validar primero lo que el hijo siente antes de corregir la conducta. Porque una cosa es acompañar una emoción y otra permitir cualquier comportamiento. Un niño puede estar muy enfadado y, al mismo tiempo, necesitar un límite claro.

Muchos adultos crecieron con la idea de que un padre nunca debía reconocer un error delante de sus hijos. Sin embargo, cada vez más familias entienden que pedir perdón también educa y, por tanto, están haciendo este ejercicio de desaprendizaje.
Decir: “Hoy he gritado y no debería haberlo hecho”, “Lo siento” o “Voy a intentar hacerlo mejor” no debilita la autoridad. Al contrario, enseña responsabilidad emocional y reparación. Además, ayuda a los niños a entender que equivocarse es humano y que los conflictos pueden arreglarse.
Hay personas que recuerdan haber obedecido siempre… pero porque tenían miedo. Miedo a la bronca, al castigo, a decepcionar o incluso a expresar cómo se sentían.
Por eso muchas familias están intentando construir relaciones donde el respeto no nazca del temor, sino del vínculo. Un niño puede respetar a un adulto sin sentirse intimidado. Y puede poner palabras a lo que siente sin que eso se interprete como una falta de educación.

“Tu hermano lo hace mejor”. “Mira qué bien se porta ese niño”. “Con tu edad yo ya…”
Las comparaciones han sido muy habituales durante generaciones, muchas veces con intención de motivar un cambio de conducta. Pero numerosos expertos advierten de que suelen generar justo lo contrario: inseguridad, rivalidad y sensación de no ser suficiente.
Cada vez más padres intentan centrarse en el proceso individual de cada hijo, entendiendo que no todos maduran igual, ni aprenden al mismo ritmo, ni necesitan lo mismo.
Una de las ideas que más madres y padres están intentando desaprender es la necesidad de hacerlo todo perfecto.
Porque la crianza real incluye cansancio, errores, días difíciles y momentos de desborde. Y muchas familias viven con una presión enorme por responder siempre con calma, paciencia infinita y disponibilidad emocional absoluta.
La educación respetuosa no consiste en no equivocarse nunca, sino en intentar reparar, revisar lo aprendido y construir poco a poco una relación basada en el respeto mutuo.
Y quizá por eso tantas familias sienten que criar hoy no solo implica enseñar cosas nuevas a los hijos, sino también reconciliarse con partes de su propia infancia que todavía siguen pesando y que no quieren repetir con sus hijos.
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