























Ni estimulación ni novedad, Harvard pone el foco en una dinámica que hemos descuidado últimamente pero que es clave para el desarrollo infantil. Una psicóloga te da las claves para recuperarla en el hogar.
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Muchos padres vivimos con la sensación constante de que no estamos haciendo lo suficiente por nuestros hijos. Si no los apuntamos a actividades extraescolares, nos sentimos culpables. Si pasan demasiado tiempo aburridos, nos preocupamos. Si no les ofrecemos bastantes estímulos, juguetes educativos, experiencias nuevas o planes enriquecedores, asumimos que les estamos fallando.
Nos preocupamos por ofrecerles variedad. Queremos estimular su creatividad, que aprendan idiomas, deporte, música, habilidades sociales y pensamiento crítico antes de cumplir los diez años. Sin embargo, mientras dedicamos toda nuestra energía en añadir más cosas al “menú” infantil, solemos pasar por alto un ingrediente igual de importante: la estabilidad.
No suena tan épico ni aparecerá con letras de neón en los anuncios, pero investigadores del Centro para el Desarrollo Infantil de la Universidad Harvard confirman que la estabilidad es una pieza esencial para un desarrollo saludable. No es un detalle opcional o secundario, sino uno los pilares sobre los que se construyen las conexiones neuronales y el bienestar emocional.
Los niños aprenden observando patrones. Aprenden que cuando lloran, suelen aparecer sus padres para calmarlos, que después de la noche llega el día y que en el hogar se siguen ciertas rutinas. Esa previsibilidad ayuda al cerebro a construir una imagen del mundo, reforzando determinadas conexiones que son la base para la sensación de seguridad.
Sin embargo, cuando interrumpimos los patrones constantemente, ya sea por horarios caóticos, reacciones impredecibles, un exceso de estímulos novedosos o cambios constantes en el entorno, el niño comienza a interpretar el mundo como un sitio inseguro o incierto.
Su nivel de estrés aumenta y su cerebro debe destinar una cantidad de energía considerable a mantenerse alerta, por lo que el aprendizaje se resentirá. De hecho, los expertos de Harvard advierten que “aunque esos cambios constantes se produzcan en la infancia, las dificultades para gestionar las emociones pueden persistir en la edad adulta”.
En contraposición, cuando el entorno transmite estabilidad y existe cierta previsibilidad, el cerebro infantil puede “relajarse” y dedicar más recursos a aprender, explorar y desarrollar las habilidades necesarias. Por eso, “durante la primera infancia, las interacciones estables y receptivas con los padres son esenciales para un desarrollo saludable”, según los especialistas de Harvard.

Hoy por hoy, vivimos en un mundo acelerado en el que cambiamos de planes sobre la marcha y tenemos agendas tan llenas que parecen un juego de Tetris. Lunes inglés. Martes fútbol. Miércoles música. Jueves robótica. Viernes natación.
Y aunque esas actividades contribuyen al desarrollo infantil, también existe el riesgo de convertir la infancia en una sucesión interminable de estímulos donde hay tanta novedad, que el cerebro no logra procesarlo todo.
Por supuesto, la novedad es importante para desarrollar la creatividad y la imaginación, pero en ocasiones se nos va la mano. Por eso, a veces la clave no radica en añadir más, sino en despejar la agenda para dejar espacio a una rutina más pausada que aporte la dosis necesaria de estabilidad y previsibilidad. ¿Por dónde empezar?
No es necesario que toda la jornada esté programada al milímetro, pero es importante que tu hijo pueda anticipar ciertas rutinas básicas. Me refiero a los hábitos de sueño, las comidas y ciertos momentos familiares funcionan como “anclas” psicológicas.
Los niños necesitan esos puntos de referencia ya que los ayudan a orientarse en un mundo que todavía están descubriendo. Cuando tu hijo sabe más o menos qué va a pasar, se siente más tranquilo, lo que favorece la regulación emocional, fomenta el aprendizaje y refuerza la capacidad para afrontar los desafíos cotidianos.
Tampoco hace falta convertir la casa en un cuartel militar, si un día se cena más tarde o cambia la rutina porque surge un plan especial, no pasa nada. Lo importante es que exista una estructura general reconocible. Piensa en esas rutinas como en los muros de una casa, quizá no sean lo más llamativo, pero sostienen todo lo demás.
Los rituales familiares tienen un gran poder porque no solo aportan estabilidad, también contribuyen a crear recuerdos duraderos. Leer un cuento antes de dormir, preparar juntos el desayuno los domingos, los viernes de pizza, una despedida especial antes de salir de casa o dar un pequeño paseo después del colegio no parecen grandes cosas, pero generan continuidad emocional.
Básicamente, los rituales cotidianos transmiten a los niños la idea de que hay cosas que permanecen. Aunque el mundo cambie o las cosas se tuerzan, hay espacios seguros a los que puede volver. De hecho, son particularmente útiles en las etapas más complicadas, cuando hay estrés, momentos de cambio o etapas de incertidumbre.
Y no los necesitan solo los niños. El filósofo Byung-Chul Han advertía en su libro “La desaparición de los rituales” que deberíamos recuperar esos ritos de paso porque “llenan el alma” y “generan una fuerte referencia”. Los rituales nos aportan continuidad y, en el caso de los niños, actúan como pequeñas islas de estabilidad en una vida que todavía está llena de novedades y desafíos. Por tanto, tienen una función eminentemente protectora y unificadora.

La estabilidad no significa únicamente mantener una rutina, también se expresa a través de la relación. De hecho, está íntimamente ligada a la coherencia educativa. No se trata de ser perfectos o de no perder nunca la paciencia. Ningún padre o madre responde siempre de manera impecable.
La clave está en intentar ser consistente en nuestras respuestas, normas y consecuencias. Por ejemplo, si hoy una conducta tiene consecuencias, pero mañana la dejamos pasar, el niño recibe un mensaje contradictorio que no sabe cómo interpretar.
Si las normas cambian constantemente o los límites se aplican de manera impredecible, la sensación de inseguridad aumentará. Esa inconsistencia es habitual cuando estamos agotados o si no hemos pactado las normas, de manera que un padre puede castigar una conducta que el otro permite cinco minutos después. O pasamos de ignorar un comportamiento durante días a reaccionar intensamente cuando ya no podemos más.
Por el bien de nuestros hijos, conviene intentar que las reglas básicas sean siempre las mismas. De hecho, es mejor tener pocas normas, pero que sean claras y consistentes.
Asimismo, es importante responder emocionalmente con cierta previsibilidad ya que los niños necesitan saber que pueden acudir a sus padres en busca de ayuda. Cuando tu hijo percibe que eres accesible emocionalmente y sabe que responderás desde la calma, se sentirá más seguro. Y esa seguridad actuará como una base psicológica desde la que podrá explorar el mundo, afrontar retos, gestionar mejor sus emociones y recuperar el equilibrio cuando algo vaya mal.
A fin de cuentas, cuando los niños crecen en un entorno relativamente estable, coherente y emocionalmente seguro, aprenden que no tienen que vivir constantemente en un estado de alerta, sino que pueden explorar, equivocarse, probar cosas nuevas y volver a un sitio seguro cuando lo necesiten. No debemos construir una infancia perfecta, sino tan solo asegurarnos de proporcionarles la estabilidad que necesitan.
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