






















Después dos horas tratando de dormir a mi bebé, soy capaz de hacer cualquier absurda locura para que no se despierte (seguro que tú también)
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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¿Alguna vez te has parado a pensar cuál es el momento de la maternidad que más miedo da? Yo lo tengo claro: ese instante en el que, tras estar dos horas tratando de dormir a tu bebé, por fin consigues que cierre los ojos... y lo dejas en la cuna. Ese momento, en el que dejas de respirar, rezando para que no se despierte, da miedo, ¡mucho miedo! ¿Y si se vuelve a despertar y toca volver a empezar?
No sé tú, pero yo he probado toda clase de tácticas absolutamente surrealistas para evitar que se despierte una vez dormida.
Estas son algunas de las tácticas más absurdas que he probado, por si te sirven de inspiración. Te lo advierto: no todas me han funcionado...
Hay un momento en la crianza en el que mantener una conversación en voz alta deja de ser una opción. Cuando se duerme nuestro bebé, tenemos claro que preferimos hablar por WhatsApp antes que arriesgarnos a que se despierte... Seguro que tú también estás de acuerdo.
No sabía que el cuerpo humano podía contener un estornudo de esa manera... hasta que tuve a mi bebé dormida en mis brazos. He llegado a apretarme la nariz, contener la respiración y mirar al vacío mientras se me saltaban las lágrimas solo para evitar ese “achús” mortal.
Porque cualquier padre sabe que hay sonidos peligrosos... y luego está el estornudo.
Esto merece estudio científico. Con tal de no hacer ruido, he llegado a meterme una patata frita en la boca y dejar que se reblandezca lentamente para no hacer “crunch” al masticarla. Porque, aparentemente, el sonido de una patata de bolsa puede despertar a un bebé (incluso a ese que no se despierta ni aunque ladre el perro del vecino).
Humillante, sí. ¿Efectivo? También.

Nunca pensé que escribiría esta frase, pero aquí estamos. Si mi bebé se duerme en la cocina (tenemos una minicuna con ruedas), cualquier ruido se convierte en un deporte de riesgo. Así que una mañana acabé llevándome la cafetera al baño para poder preparar café sin miedo.
Y allí estaba yo, tomando café sentada en el WC, preguntándome en qué momento exacto mi vida había llegado a eso.
Aquí viene uno de los puntos más escatológicos de este artículo. Pero creo que este es uno de los niveles más altos de maternidad silenciosa.
Porque sabes perfectamente que tirar de la cadena puede provocar el desastre. Así que decides convivir temporalmente con esa realidad hasta que el bebé se despierte. Nunca nadie habló de esto en las películas sobre maternidad.
La luz del techo deja de existir después de las ocho de la tarde. Ahora vivo iluminada únicamente por pequeñas luces indirectas o de color rojo. He llegado a leer libros enteros usando la linterna del móvil debajo de la manta para no arriesgarme a despertar a mi bebé. Mi vista probablemente no lo agradece, pero mis noches sí.
Desde que mi bebé nació, conozco a la perfección qué zonas del suelo son seguras y cuáles son traidoras. Por eso, cuando mi bebé se duerme, el pasillo de mi casa se convierte en una gincana.

Hace exactamente el mismo tiempo que nació mi hija que no veo una serie con el volumen encendido. Desde entonces, los subtítulos se han instalado en nuestro día a día para reducir los ruidos que podrían despertar a mi niña una vez que se ha dormido.
El microondas es uno de los grandes enemigos del sueño infantil. Junto con las motos, los paquetes de patatas y tu propia felicidad. Así que muchas mañanas termino tomándome el café completamente frío porque recalentarlo implicaría jugarme una siesta de 20 minutos que me ha costado dos horas conseguir.
Y, honestamente, no merece la pena arriesgarse.
He perdido completamente la sensibilidad en los pies. Da igual que sea invierno o que el suelo parezca hielo. Si las zapatillas de andar por casa pueden hacer ruido al andar, me las quito sin pensarlo.
Y llegamos al clásico. La escena final que todos los padres conocen.
Ese momento en el que consigues dejar al bebé dormido en la cama y comienza la misión de escape. Contienes la respiración, cierras la puerta milímetro a milímetro y caminas lentamente, a veces incluso a gatas... Y cuando por fin sales de la habitación, sientes la misma adrenalina que alguien desactivando una bomba.
Lo peor es que muchas veces, justo cuando crees que lo has conseguido, escuchas un pequeño: “¿Muuuuuuuuaaaaa?”. Y ahí sabes que toca empezar otra vez.

Después de probar tácticas absurdas, cafés fríos y salidas ninja de la habitación, acabé cayendo en uno de los grandes clásicos de la crianza actual: el ruido blanco.
Como, tras probarlo un par de noche, sigo sin tener muy claro si funciona o no, he estado investigando.
Un estudio publicado en Archives of Disease in Childhood observó que el 80% de los bebés se dormían en menos de cinco minutos cuando escuchaban ruido blanco, frente al 25% que se dormían sin él. Es decir: los bebés expuestos al ruido blanco tenían muchas más probabilidades de quedarse dormidos rápidamente.
La explicación más aceptada es que este tipo de sonido continuo ayuda a “enmascarar” otros ruidos del entorno y además recuerda parcialmente a los sonidos constantes que el bebé escuchaba dentro del útero, lo que ayuda a tranquilizarlo.
Eso sí, los expertos recomiendan usarlo con sentido común: con un volumen bajo, lejos de la cuna y evitando mantenerlo toda la noche a un volumen elevado.
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