






























A veces, no sabemos si estamos haciendo lo suficiente para estimular a nuestros peques. Entre tanta información sobre crianza, es fácil perderse. Pero hay algo básico que no falla: el juego compartido. Harvard lo confirma y propone 5 juegos para potenciar el desarrollo de tu hijo.
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Si tienes un niño pequeño, es probable que te preguntes qué puedes hacer para estimular su desarrollo. Sin embargo, entre listas interminables de juguetes educativos, actividades Montessori, mil vídeos de estimulación temprana y consejos que se contradicen entre sí, es fácil acabar con la sensación de estar haciendo poco o, peor aún, de no saber si lo que haces sirve realmente para algo.
La buena noticia es que no necesitas complicarte demasiado. Los expertos del Centro para el Desarrollo del Niño de Harvard insisten en que el cerebro infantil se desarrolla jugando. No con actividades planificadas al milímetro, ni con estímulos sofisticados, sino con interacciones cotidianas, repetidas y, sobre todo, compartidas contigo.
Los niños pequeños aprenden mucho por imitación, sobre todo en la relación con sus padres. Por eso, juegos en los que puedan imitarte, usar la imaginación, manipular objetos o moverse son ideales durante el primer año.
A esta edad, tu hijo es básicamente un pequeño imitador profesional. Observa atentamente todo lo que haces, lo registra y, si es posible, lo prueba. Lo interesante es que cuando los niños imitan, no están simplemente copiando una acción, comienzan a entender que pueden aprender de los demás, por lo que es el inicio del aprendizaje social.
La idea de este juego es sencilla ya que se trata de aprovechar esa tendencia a la imitación. Apila bloques y luego derríbalos. Haz una fila de coches. Coloca animales dentro de un corral improvisado. Incluso puedes proponerle gestos como dar palmas, golpear suavemente la mesa o hacer un sonido concreto. Luego, haz una pausa y dale espacio. No hace falta dirigirlo, si te observa y lo intenta, el juego ya está funcionando.
Cuando te imite, celébralo. Dile: “¡Has hecho lo mismo!”. Este juego aparentemente tan simple también estimula habilidades como la atención (porque tiene que fijarse en lo que haces), la memoria (retiene la acción durante unos segundos) y el autocontrol (espera su turno para hacerlo). Todo eso, en el primer año de vida, es oro para su cerebro.

Para un niño de un año, el suelo es prácticamente el centro del universo. En el suelo gatea, se levanta, cae y vuelve a intentarlo. Tira un juguete y se mueve para recuperarlo. Todo ese caos es en realidad exploración.
En vez de dirigir el juego desde “arriba”, ponte a su nivel. El simple hecho de estar a su altura cambia completamente la interacción, haciéndola más cercana. Por tanto, siéntate, arrodíllate o túmbate a su lado y crea pequeños “obstáculos” con cojines, mantas o juguetes blandos.
No tienes que diseñar un circuito a superar, sino más bien un escenario de exploración en el que tu hijo pueda subir, rodear, empujar o incluso dejarse caer. De hecho, no se trata de que lo haga “bien”, sino de que pruebe, ajuste y vuelva a intentarlo.
¿Y qué está pasando realmente aquí? Mucho más de lo que parece. Cada movimiento entrena su coordinación y equilibrio (lo que luego facilitará que camine con más seguridad), pero también su capacidad de resolver pequeños problemas ya que, a su manera, tu hijo debe descifrar cómo llega hasta ahí y valorar diferentes opciones.
Este juego también desarrolla la seguridad emocional. Cuando estás cerca, sin invadir, pero disponible, tu hijo se atreve más. Explora más y se frustra menos cuando algo no sale a la primera porque sabe que tiene una “base segura” donde volver. Por eso, este tipo de juego no solo desarrolla su cuerpo, también construye los pilares de la confianza, la autonomía y el apego seguro.
Si tienes un niño pequeño, es probable que ya sepas que meter cosas en una caja, sacarlas y tirarlas al suelo es una de sus actividades favoritas. Y no, no es destrucción gratuita, sino experimentación.
Tu hijo llena, vacía y vuelve a llenar. Una y otra vez. Lo que para nosotros resulta repetitivo, para él es una forma de entender cómo funciona el mundo. Está comprobando algo tan básico pero fundamental: “si hago esto, pasa esto”. Así descubre la relación causa-efecto, pero también conceptos como dentro/fuera, lleno/vacío o cerca/lejos.
¿Y por qué tanta repetición? Porque el cerebro infantil aprende así. Aunque solemos creer que necesita variedad, en realidad necesita más repeticiones para consolidar lo aprendido. Cada vez que lo hace, no es “lo mismo”, está afinando el movimiento, anticipando mejor el resultado y sintiéndose más seguro.
¿Cómo puedes potenciar este juego sin volverte loco con el desorden? Muy sencillo: redirígelo. Puedes ofrecerle:
También puedes ir narrando lo que va haciendo, exagerar la sorpresa cuando lo guarda todo o turnaos para llenar y vaciar.
El juego simbólico comienza a desarrollarse a partir de los 12 o 15 meses, pero no como una historia elaborada, sino como pequeños gestos de “hacer como si”. Un gesto tan simple como fingir que un vaso es un teléfono, que una cuchara es un avión o que un bloque de lego es una taza de té supone un salto enorme para el cerebro infantil porque tu hijo comienza a entender que un objeto puede representar otra cosa.
Al principio te imitará. Luego empezará a entender la dinámica. Y poco a poco, sin darte cuenta, estará desarrollando una de las habilidades más complejas del ser humano: representar algo que no está presente.
Puedes fingir llamadas con cualquier objeto y pasarle el “teléfono”. También podrías incluir un muñeco en vuestro juego y darle de comer o pedirle que duerma a un peluche y que luego lo despierte. Usa sonidos y gestos exagerados (sorber, bostezar, “ring ring”) para añadirle una dosis de diversión al juego.

El clásico juego del escondite no solo es divertido, a una edad temprana se convierte en una manera de irle haciendo entender que las personas siguen existiendo, aunque no la vean. Puede parecer obvio para un adulto, pero para un niño de un año es un gran descubrimiento.
Por eso este juego engancha tanto. Cuando desapareces detrás de una puerta, un sofá o una manta, durante unos segundos ocurre algo interesante: no estás, pero sigues estando. Y cuando reapareces, no solo hay sorpresa, también hay aprendizaje.
Obviamente, a esta edad el juego no puede ser muy complejo, por lo que no te escondas tan bien que no logre encontrarte. También puedes animar a tu pequeño a esconderse y fingir que lo buscas preguntando: “¿Dónde está mi pequeño? ¿Estará aquí?”.
Cuanto más teatral, mejor. El niño no necesita lógica, sino emoción. De hecho, este juego también es importante porque le enseña que las ausencias no son definitivas, por lo que es ideal para abordar la ansiedad de separación, que se intensifica precisamente entre los 18 meses y 2 años y medio.
Ninguno de estos juegos requiere materiales especiales, ni técnicas sofisticadas y ni siquiera un tiempo extra que no puedas encajar en tu rutina del día a día. Lo que realmente hace que estos juegos sean tan eficaces para el desarrollo infantil es algo mucho más simple: tu presencia. Mírale, respóndele, repite todas las veces que haga falta, respeta su ritmo y celebra el resultado. A esa edad, su cerebro no necesita grandes estímulos, solo relación.
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