

















No se trata de imponerlos con un "porque lo digo yo", pero hay ciertos límites que no se deben negociar porque son cuestión de seguridad
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
Creado: Actualizado:
Hay momentos de la crianza en los que muchos padres dudan, sobre todo cuando llega una rabieta, un llanto intenso o esa sensación incómoda de estar frustrando a su hijo. Entonces aparece la pregunta: “¿Estoy siendo demasiado duro?” o “¿Debería ceder para evitar el conflicto?”.
En los últimos años hemos hablado mucho —y con razón— de validar emociones, escuchar a los niños y educar desde el respeto. Pero a veces ese mensaje se malinterpreta, porque la crianza respetuosa no significa que todo se negocie ni que los hijos tengan la última palabra en cada decisión. Sobre todo, en lo que se refiere a estos límites que no se pueden negociar.
Los expertos en desarrollo infantil coinciden en algo importante: los niños necesitan límites claros para sentirse seguros. No solo les ayudan a tener cierta rutina que les ayuda a anticiparse a lo que va a ocurrir en cada momento y, por tanto, a sentirse más confiados, sino que también hay algunos límites que son cuestión de seguridad. Aunque protesten o lloren, estos son ineludibles.
Habrá veces en las que se enfaden, pero eso no significa que estés haciéndolo mal. Todo lo contrario: les quieres y quieres lo mejor para ellos. Estos son algunos de estos límites innegociables.

Hay límites relacionados con la seguridad que los adultos deben sostener aunque el niño se oponga. Ponerse el cinturón en el coche, ir en su silla de retención, dar la mano al cruzar una calle o no correr en un aparcamiento son ejemplos muy cotidianos. Y también muy agotadores cuando el niño entra en plena fase de “no”.
A veces intentamos convencer, negociar o distraer durante minutos eternos. Pero la realidad es que un niño pequeño todavía no tiene la madurez suficiente para valorar el peligro real.
Puede enfadarse porque quiere ir suelto en el coche o puede llorar porque no quiere ponerse el casco de la bici, pero sigue necesitando que el adulto mantenga ese límite. Esta norma no depende de lo que el niño quiera en ese momento, sino de lo que necesita para estar protegido y seguro.
Todos los niños se enfadan; es normal. Lo que no podemos normalizar nunca es hacer daño con nuestros actos.
Pegar, morder, tirar objetos o insultar no debería convertirse en algo aceptable “porque está expresando emociones”. Validar el enfado no significa permitir cualquier conducta.
Aquí el límite tiene que ser claro y firme: “Entiendo que estés enfadado, pero no voy a dejar que pegues”. Esto enseñará a los niños a, poco a poco, ir gestionando situaciones intensas sin perder la calma.
Mantener el límite, sin negociarlo en ningún momento, implica sostener momentos incómodos. Es normal que algunos niños lloren todavía más cuando se les frena, incluso gritarán o se tirarán al suelo. Pero aprenderán que aunque todas las emociones son válidas, no todas las conductas lo son.

Ir al médico, tomar un medicamento necesario o curar una herida son situaciones en las que muchas familias viven auténticas batallas. Y claro que es duro obligar a un niño a hacer algo que no quiere, pero la responsabilidad final sigue siendo del adulto.
Si bien podemos acompañar estos momentos desagradables con juegos, canciones y cariños, el límite debe mantenerse firme. Hay momentos en los que simplemente toca acompañar el enfado sin cambiar la decisión.
Un niño puede no comprender por qué necesita una vacuna o un antibiótico, pero eso no significa que pueda decidir no hacerlo. Lo importante no es evitar que se enfade a toda costa, sino acompañarlo desde la calma: "Sé que no te gusta y entiendo que estés enfadado. Pero necesito cuidarte”.
Muchos conflictos cotidianos aparecen porque los niños quieren controlar cosas para las que todavía no están preparados. Decidir a qué hora irse a la cama, cuándo toca irse del parque o si mañana hay colegio no puede quedar siempre abierto a negociación.
Eso no significa educar desde la autoridad. Los niños pueden participar, opinar y sentirse escuchados. Pero necesitan saber que hay un adulto capaz de liderar determinadas situaciones.
De hecho, muchos especialistas explican que el exceso de decisiones también puede generar inseguridad infantil. Porque cuando todo depende del niño, el niño siente una responsabilidad que no le corresponde.

Hablar con desprecio, romper cosas deliberadamente o faltar continuamente al respeto no debería normalizarse “porque son niños”.
Y esto no significa exigir perfección ni obediencia absoluta. Los niños pierden el control, se equivocan y atraviesan etapas difíciles (igual que nos pasa a nosotros). Pero precisamente por eso necesitan adultos que les enseñen dónde están los límites.
Hay padres que sienten culpa al corregir constantemente determinadas conductas o temen parecer demasiado estrictos. Pero poner límites no es lo contrario del cariño; ni mucho menos está en disputa con la crianza respetuosa. La clave está en cómo se establece el límite, desde la empatía y teniendo en cuenta las necesidades del pequeño.
De hecho, muchas veces es justo lo contrario: una forma de cuidado. Poner límites no significa criar desde el miedo ni imponer por imponer. Significa asumir que hay decisiones que el adulto debe sostener incluso cuando generan frustración en el niño.
Y eso no siempre es cómodo porque supone tolerar lágrimas, protestas y miradas enfadadas. Pero algunos límites claros y empáticos, sostenidos con calma y respeto, ayudan a los niños a entender el mundo y sentirse seguros.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。