

























La ciencia explica por qué dan ganas de comer, morder o estrujar a los bebés y qué ocurre realmente en el cerebro cuando los vemos.
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Los mofletes de los bebés provocan una reacción casi imposible de controlar... Los ves bostezar, dormiditos, mirándote con esos ojos enormes… y de repente aparece el impulso: “me lo comería”, “qué ganas de morderle esas piernitas gordas” o “es tan adorable que necesito estrujarlo”.
Aunque suene extraño, esta sensación tan intensa tiene explicación científica. No solo es normal, sino que además tiene relación directa con cómo funciona el cerebro humano cuando siente esa ternura extrema que nos provocan los bebés.
Un estudio publicado en la revista científica Psychological Science por investigadores de la Yale University analizó precisamente por qué algunas personas sienten ganas de apretar, morder o “agredir” cariñosamente a los bebés más adorables. Y descubrió que esta reacción tiene mucho más sentido del que parece, principalmente por estas tres razones.

La principal explicación científica tiene que ver con algo llamado “agresión tierna” (cute aggression).
Según la investigación dirigida por la psicóloga Oriana Aragón, el cerebro humano a veces responde a emociones positivas extremadamente intensas utilizando expresiones que parecen negativas o agresivas.
Por eso algunas personas aprietan los puños cuando ven algo adorable, otras lloran de felicidad y otras sienten ganas de “morder” jugando a un bebé.
La explicación es curiosa: el cerebro intenta equilibrar una emoción demasiado intensa para que no nos desborde. Es decir, sientes tanta ternura, amor y necesidad de protección que tu sistema emocional busca una forma de compensarlo.
En otras palabras: no quieres hacer daño, sino que tienes una sobredosis de amor.
Los bebés generan esta reacción con muchísima más intensidad porque tienen características físicas diseñadas biológicamente para activar nuestros sistemas de cuidado. Cabeza grande, ojos enormes, mejillas redondas, nariz pequeña, movimientos torpes... ¡imposible no derretirse!
Todo eso forma parte de lo que los científicos llaman “baby schema” o “esquema del bebé”, un conjunto de rasgos que el cerebro interpreta automáticamente como señales de vulnerabilidad y necesidad de protección.
Por eso muchas veces las ganas de estrujar aparecen justo mirando los mofletes, las manos diminutas o los pies del bebé.
En el estudio, los participantes sentían muchas más ganas de apretar o morder cariñosamente a los bebés que consideraban “más adorables”. Es decir, cuanto más tierno parecía el bebé, más intensa era la reacción emocional. Estarás de acuerdo en que esto también pasa con los gatitos...

Una de las conclusiones más importantes del estudio es que esta sensación no tiene relación con querer hacer daño real. De hecho, ocurre justo lo contrario.
Las personas que experimentaban más “agresión tierna” también mostraban niveles más altos de emociones positivas, apego y necesidad de cuidado hacia el bebé.
Es decir: las ganas de “comerse a besos” a un bebé aparecen precisamente porque el vínculo emocional es muy fuerte..

¡Pues claro! Muchísimo más normal de lo que parece.
La mayoría de las personas reconocen perfectamente que esas expresiones son cariñosas y simbólicas. No existe intención real de hacer daño, sino una respuesta emocional intensa y automática provocada por la ternura.
Eso sí, los expertos recuerdan que esta reacción no debe confundirse con pensamientos intrusivos angustiosos relacionados con hacer daño real al bebé, algo completamente distinto y que suele generar miedo o ansiedad intensa en quien los sufre. La cute aggression, en cambio, aparece acompañada de emociones positivas, ternura y deseo de protección.
Así que si alguna vez has mirado a tu hijo pensando “te comería esos mofletes”, puedes estar tranquilo: probablemente tu cerebro solo está reaccionando exactamente como la evolución esperaba que hiciera.
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