





























¿Qué le dices a tu hijo cuando necesitas tranquilizarlo o animarlo? Si usas una de estas 5 frases, es probable que estés debilitando su resiliencia sin darte cuenta. Una psicóloga explica qué decir en su lugar.
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Todos los padres y las madres queremos que nuestros hijos sean felices. Y precisamente por eso, cuando los vemos sufrir, llorar o preocuparse, nuestro primer impulso suele ser calmarlos cuanto antes. Los abrazamos, consolamos y, a veces, les decimos frases que escuchamos de nuestros propios padres.
Sin embargo, algunas de esas frases que se han transmitido de generación en generación, aunque nacen del cariño y tienen la mejor de las intenciones, pueden tener efectos inesperados. Sin querer, pueden transmitir la idea de que ciertas emociones son incorrectas, exageradas o que deben desaparecer cuanto antes. Y eso puede obstaculizar bastante el desarrollo de la resiliencia.
La resiliencia no consiste en ser fuertes todo el tiempo, sino en aprender a atravesar las dificultades, regular las emociones y recuperarse después de los tropiezos. Y para desarrollarla, los niños necesitan conectar con su mundo emocional. Solo cuando entienden qué les ocurre, pueden elegir las estrategias adecuadas para afrontar los problemas.
De hecho, las investigaciones muestran que identificar y regular las emociones favorece una mejor adaptación ante la adversidad. Un estudio realizado recientemente con 77 niños constató que contar con estrategias de regulación emocional a una edad tan temprana como los 5 y 6 años predice la resiliencia.

Tu hijo se cae, discute con un amigo o pierde un juego y cuando llora, casi como un acto reflejo, lo tranquilizas diciéndole “Ya pasó, no pasa nada”. Pero es que SÍ ha pasado.
Aunque para nosotros ese incidente no tenga mayor importancia, si tu hijo llora o se enfada, es porque para él, es relevante. Su cerebro todavía está aprendiendo a identificar y regular las emociones, por lo que aquello que para un adulto es insignificante puede tener un impacto enorme para él.
Cuando minimizamos su experiencia, el niño aprende que ciertas emociones no merecen atención o son inapropiadas. Sin embargo, la resiliencia no nace de ignorar lo que sentimos, sino de reconocerlo y descubrir cómo podemos manejarlo.
¿Qué puedes decir en su lugar?
“Veo que estás triste. Cuéntame qué ha pasado” o “Vamos a pensar qué podemos hacer”.
Validar no significa exagerar el problema, pero tampoco ignorarlo. Primero hay que reconocer la emoción para después gestionarla.
Quizá tu hijo llora porque perdió un juguete o se enfada porque un amigo no quiso jugar con él. Desde la mirada adulta, puede parecer una reacción desproporcionada, pero debemos recordar que los niños no tienen nuestra experiencia ni nuestras herramientas emocionales.
Cuando le decimos que está exagerando, nuestro objetivo es relativizar la experiencia para que ponga las cosas en perspectiva, pero en realidad lo que hacemos es desautorizar su universo emocional. Así el niño solo aprenderá a desconfiar de sus emociones o a ocultarlas para evitar críticas.
Con el tiempo, esto puede dificultar el desarrollo de la inteligencia emocional. Y es difícil ser resiliente si uno no comprende lo que le ocurre.
¿Qué puedes decir en su lugar?
“Veo que esto es importante para ti. ¿Qué es lo que más te ha afectado?”
Con esta simple pregunta ayudas a tu hijo a expresar verbalmente sus emociones y favoreces la autorregulación.
Suena motivador. Suena a frase que imprimimos en la taza del desayuno. Y, de hecho, solemos decirlo para transmitir confianza, pero también transmite la idea de que ser fuerte significa poder con todo sin ayuda. Y eso no es cierto. Nadie puede con todo sin ayuda.
La verdadera resiliencia no consiste en soportar lo que venga estoicamente. De hecho, las investigaciones han demostrado que las personas resilientes se caracterizan por pedir apoyo cuando lo necesitan, buscar recursos y aceptar sus límites.
Si un niño interioriza que debe poder con todo, es probable que acabe interpretando la vulnerabilidad como un fracaso o que sienta vergüenza cuando necesite ayuda.
¿Qué puedes decir en su lugar?
“Confío en que podrás manejar esto, pero si necesitas ayuda, estaré aquí”.
Ese mensaje transmite confianza en sus capacidades sin exigir autosuficiencia.

Muchos padres recurren a esta frase cuando sus hijos tienen miedo a la oscuridad, a dormir solos o a empezar una actividad nueva. Sin embargo, vincular el crecimiento con la ausencia de miedo puede conducir a una conclusión equivocada: sentir miedo es infantil o una señal de debilidad.
La realidad es que todos sentimos miedo en algún momento. El miedo es una emoción adaptativa que nos ayuda a detectar riesgos, detenernos para evaluar alternativas y prepararnos para actuar.
Ser resilientes NO es no tener miedo, sino aprender a seguir adelante a pesar de él porque somos capaces de gestionarlo.
¿Qué puedes decir en su lugar?
“Es normal sentir miedo a veces. Lo importante es no dejarte vencer por él”.
De esta forma, tu hijo entenderá que las emociones no son enemigas, sino señales que puede aprender a gestionar si les presta suficiente atención.
Los niños son extremadamente receptivos y, aunque no comprendan del todo ciertas situaciones, pueden intuir que algo va mal. Cuando preguntan por problemas familiares, cambios importantes o noticias preocupantes, a menudo intentamos protegerlos apartándolos de la conversación.
Es comprensible. Queremos preservar su inocencia. Pero excluir sistemáticamente sus inquietudes puede tener un efecto inesperado: el niño siente que sus preocupaciones no son válidas. Además, cuando no recibe explicaciones, es posible que llene los vacíos con su imaginación, y esta a menudo es más alarmante que la realidad.
La resiliencia se construye ayudando a los pequeños a comprender el mundo poco a poco, con explicaciones adaptadas a su edad, no excluyéndolos de lo que ocurre.
¿Qué puedes decir en su lugar?
“Es una pregunta importante. Voy a explicártelo de forma que puedas entenderlo”.
No tienes que contar todo ni dar demasiados detalles, tan solo ofrecer información veraz y adecuada a su nivel de desarrollo.
Lo cierto es que, por muy padres o madres que seamos, nadie nos ha enseñado a sostener las emociones. Nos cuesta lidiar con el sufrimiento ajeno (más aún cuando es el de nuestros hijos), por lo que intentamos eliminarlo lo antes posible. Pero apoyar emocionalmente la mayoría de las veces solo consiste en acompañar.
Porque, al final, la resiliencia no se construye enseñando a los niños a acallar lo antes posible las emociones desagradables, sino mostrándoles precisamente que pueden sentirlas y aun así salir adelante. Y esa es, quizá, una de las lecciones más valiosas que podemos regalarles para toda la vida.
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