


























¿Sabías que la estación en la que nace tu bebé puede influir en su desarrollo? Un estudio de Harvard con más de 22.000 niños apunta a ventajas concretas en quienes nacen en ciertos meses del año. Te contamos cuáles son y por qué se producen.
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Es probable que hayas escuchado que los niños nacidos a principio de año van con ventaja en el cole o, al contrario, que los que nacieron a mediados lo tienen más fácil. Y aunque a veces suena a mito, lo cierto es que la ciencia está constatando que el mes de nacimiento puede influir en el desarrollo infantil, pero no debido al calendario escolar, sino por algo mucho más profundo.
Un estudio realizado en la Universidad de Harvard dio seguimiento a más de 22.000 bebés hasta que cumplieron los 7 años y descubrió que las estaciones pueden marcar su desarrollo físico y cognitivo, una huella que se mantiene durante los primeros años de vida. Estos investigadores concluyeron que “el patrón evolutivo de los hallazgos a lo largo del tiempo sugiere que la exposición estacional influye en el desarrollo cerebral”.
Los datos sugieren un patrón claro: los niños nacidos en primavera e invierno muestran algunas diferencias en su nivel de desarrollo, en comparación con quienes nacieron en verano y otoño.
Desde los primeros meses, estos bebés muestran un mayor desarrollo motor, lo que significa que pueden:
Esto es importante porque el desarrollo motor no funciona de manera aislada. Cuando un bebé se mueve mejor:
Es decir, más movimiento suele traducirse en más oportunidades de aprendizaje, lo que probablemente estimule el desarrollo en otras áreas.
A los 4 años, los niños nacidos en primavera e invierno comienzan a destacar en tareas como la clasificación de bloques. Eso significa que han desarrollado mayores habilidades para identificar atributos, organizar, clasificar y detectar patrones. En casa, podrá:
Cabe aclarar que estas habilidades se relacionan con el pensamiento visual, que le permite comprender y organizar el entorno sin palabras, por lo que es probable que estos niños tengan una mayor capacidad para:

A los 7 años, los niños nacidos en invierno o primavera también obtenían mejores resultados en las pruebas manipulativas y de rendimiento. O sea, habían desarrollado más la inteligencia práctica. En casa estos niños podrán:
En la vida real, esto se traduce en:
Estos niños tienen ventaja en las tareas tipo “hazlo tú mismo” porque se les dan bien los problemas prácticos.
Sin embargo, cabe aclarar que estas ventajas no son globales ni uniformes. En otras áreas no destacan tanto, lo cual confirma que el desarrollo no se produce de manera homogénea, sino que distintos dominios (motor, cognitivo, perceptual o emocional) pueden evolucionar a ritmos diferentes. Y eso es completamente normal.
La pregunta que probablemente te estás haciendo es: ¿qué tiene que ver el invierno o la primavera con el desarrollo cerebral de un bebé? La respuesta no apunta a una sola causa, sino más bien a una combinación de factores que van cambiando con las estaciones.
Uno de los principales “culpables” es la vitamina D, que depende en gran medida de la exposición a la luz solar. En este punto surge un matiz importante que suele pasar desapercibido: no importa tanto el mes en que nace el bebé, sino en qué momento del embarazo se han producido esas exposiciones.
Por ejemplo, una madre que da a luz en invierno ha vivido gran parte de su embarazo durante los meses más cálidos y con mayor exposición al sol. Eso implica, en general, niveles más altos de vitamina D en etapas críticas del desarrollo fetal. En cambio, en los embarazos que transcurren en invierno, es más probable que haya menos exposición solar durante esos momentos clave.
No es un detalle menor ya que esta vitamina interviene en procesos clave del desarrollo cerebral, incluyendo la regulación genética y la diferenciación celular. De hecho, varios estudios han demostrado que niveles bajos de vitamina D durante la gestación pueden afectar a la estructura cerebral y a ciertos factores neurotróficos.
Pero no es el único responsable. Las estaciones también influyen en la nutrición materna, la exposición a infecciones y el estilo de vida. Por ejemplo, en invierno solemos pasar más tiempo en zonas interiores, llevamos una vida más sedentaria y nos exponemos más a los virus respiratorios. En la gestación, todos esos factores pueden influir indirectamente en el desarrollo del feto.
Incluso aspectos como la temperatura podrían desempeñar cierto papel en dichas diferencias. Algunas hipótesis sugieren que el frío en etapas concretas de la gestación podría influir en el flujo sanguíneo placentario, lo que a su vez impactaría en variables como el peso o el crecimiento fetal.
En realidad, no se trata de una única causa, sino más bien de una especie de “ecosistema prenatal” compuesto por una red de pequeños factores que, combinados, pueden modular la trayectoria del desarrollo infantil.

Aunque estos resultados son interesantes, los propios investigadores dejan claro que se trata de diferencias sutiles que no determinan el futuro del niño. No hay un mes “mejor” para nacer, ni una estación que garantice mayor inteligencia o mejores capacidades.
Lo que sí confirma la ciencia es que el desarrollo infantil es extremadamente sensible al entorno, incluso antes de nacer. Factores que a veces pasamos por alto, como la luz solar, la nutrición o el estilo de vida durante el embarazo, pueden tener efectos pequeños, pero acumulativos.
Y esto, lejos de ser motivo de preocupación, abre una ventana de posibilidad para las madres ya que, aunque no puedas cambiar el mes de nacimiento de tu hijo, puedes cuidar tu salud y tu entorno, estimular su desarrollo y ofrecerle experiencias que compensen cualquier pequeña diferencia inicial.
Al final, el desarrollo no es una línea recta sino un proceso dinámico, moldeado por miles de interacciones diarias. Y a lo largo de ese camino, lo que haces como madre o padre sigue teniendo mucho más peso que la estación en que empezó todo.
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