























Algunas etiquetas parecen inocentes, pero pueden cambiar la forma en que vemos y tratamos a nuestro bebé. Nunca etiquetes a tu hijo.
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Hay palabras que pronunciamos casi sin pensar cuando surgen en una conversación familiar, en una noche especialmente difícil o mientras intentamos explicar el comportamiento de nuestro bebé a otra persona. A veces parecen inocentes, incluso cariñosas, porque nunca las decimos con mala intención. Sin embargo, no somos conscientes de que algunas etiquetas pueden acabar condicionando la forma en la que vemos a nuestros hijos, la manera en que nos relacionamos con ellos y, por tanto, pueden llegar a influir en nuestro vínculo.
Por supuesto, llamar una vez "llorón" o "caprichoso" a un bebé no va a determinar su futuro. El desarrollo infantil es mucho más complejo que eso. Pero los psicólogos llevan décadas estudiando cómo las expectativas de los adultos influyen en la forma en que interpretan y responden al comportamiento de los niños.
Uno de los trabajos más conocidos en este ámbito es Pygmalion in the Classroom (1968), de los investigadores Robert Rosenthal y Lenore Jacobson. Su estudio mostró que las expectativas de los profesores tenían de sus alumnos podían influir en el rendimiento. Por ejemplo, si un maestro cree que su clase es muy rebelde, puede actuar con más desconfianza y acabar favoreciendo precisamente esas conductas. El resultado puede ser que, efectivamente, esos alumnos tengan un comportamiento conflictivo.
Aunque la investigación se realizó en el contexto escolar y no con bebés, abrió la puerta a una idea fundamental: la forma en que percibimos a una persona puede afectar a cómo nos comportamos con ella.
Aplicado a la crianza, esto significa que las etiquetas no solo describen, sino que también pueden moldear nuestra mirada. Cuando repetimos una y otra vez que un bebé es de una determinada manera, corremos el riesgo de interpretar todo lo que hace a través de ese filtro.
Además, en el caso de los niños algo más mayores que ya entienden el significado de las palabras que les decimos, pueden llegar a creerse esa etiqueta que les hemos colgado y acabar comportándose de acuerdo con ella.

A continuación, recogemos algunas de las etiquetas que conviene desterrar a la hora de hablar de nuestro bebé o dirigirnos a él.
Es una de las palabras más utilizadas y, al mismo tiempo, una de las más cuestionadas por los expertos en desarrollo infantil.
Cuando un bebé llora porque necesita contacto, alimento, consuelo o compañía, no está elaborando estrategias para controlar a los adultos. Los bebés carecen del desarrollo cognitivo necesario para planificar conductas manipuladoras, tal y como las entendemos los adultos.
Sin embargo, cuando interpretamos su comportamiento desde esa etiqueta, es más fácil responder con distancia o pensar que determinadas necesidades no son legítimas. Los bebés no manipulan: se comunican de la única forma que conocen.
A veces un bebé quiere brazos constantemente o solo parece calmarse cuando está cerca de su madre o de su padre. Desde fuera, algunas personas interpretan estas conductas como un capricho.
Pero para un bebé pequeño, la cercanía física no es un lujo ni una exigencia excesiva. Es una necesidad biológica relacionada con la seguridad y la regulación emocional.
Llamarlo caprichoso puede hacernos olvidar que la dependencia es una parte normal y esperable del desarrollo durante los primeros meses y años de vida.
Todos los bebés lloran. Algunos más que otros, algunos atraviesan etapas especialmente intensas, otros tienen un temperamento más sensible. Sin embargo, cuando utilizamos la etiqueta "llorón", corremos el riesgo de centrar nuestra atención en el síntoma y no en la causa.
El llanto es una herramienta de comunicación. Puede expresar hambre, cansancio, incomodidad, miedo, necesidad de contacto o sobreestimulación. Reducir todas esas posibilidades a una etiqueta simplifica una realidad mucho más compleja.
Además, la palabra suele llevar implícita una valoración negativa que no ayuda a comprender lo que está ocurriendo.

Pocas etiquetas son tan injustas para un bebé como esta. Un bebé que tira objetos al suelo, que se despierta varias veces por la noche o que protesta cuando algo no le gusta no está comportándose mal. Está explorando el mundo, expresando emociones o actuando de acuerdo con su etapa de desarrollo.
Los conceptos de bondad y maldad pertenecen al ámbito moral. Los bebés, especialmente durante los primeros años, todavía están aprendiendo a comprender las normas, los límites y las consecuencias de sus acciones.
Por eso muchos especialistas recomiendan describir conductas concretas en lugar de definir a los niños por ellas.
Algunos bebés parecen necesitar más contacto físico, más atención o más acompañamiento que otros. En ocasiones, esto lleva a que se les describa como "muy demandantes".
El problema es que esta etiqueta suele reflejar más el nivel de esfuerzo que experimenta el adulto que una característica negativa del bebé. Todos los bebés tienen necesidades. Algunos las expresan con más intensidad o frecuencia, pero eso no significa que estén pidiendo más de lo que necesitan.
Cuando hablamos de un bebé demandante, conviene preguntarnos si estamos describiendo realmente a nuestro hijo o cómo nos sentimos nosotros ante la situación.

Aunque se escucha menos durante los primeros meses, también aparece cuando un bebé tarda más de lo esperado en gatear, caminar o alcanzar determinados hitos del desarrollo.
La realidad es que cada niño sigue su propio ritmo dentro de unos márgenes amplios de normalidad.
Comparar constantemente o atribuir una supuesta falta de esfuerzo a un bebé puede generar expectativas poco realistas. El desarrollo infantil no funciona como una competición y los tiempos de aprendizaje pueden variar considerablemente de un niño a otro.
Las palabras tienen poder. No porque un comentario aislado vaya a definir la personalidad de un niño, sino porque las etiquetas repetidas pueden influir en la forma en que interpretamos su comportamiento o, incluso en niños mayores, la manera en la que se ven a sí mismos y acaban comportándose.
El estudio de Rosenthal y Jacobson puso de manifiesto que las expectativas de los adultos importan. Cuando creemos que una persona es de una determinada manera, tendemos a fijarnos más en las conductas que confirman esa idea y a pasar por alto las que la contradicen.
Por eso, más que preguntarnos cómo es nuestro bebé, quizá resulte más útil preguntarnos qué necesita en cada momento.
Cambiar las palabras no resuelve todos los desafíos de la crianza, pero puede ayudarnos a mirar a nuestros hijos con más comprensión y menos prejuicios.
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