



















Las pantallas están haciendo que algunos juegos infantiles estén desapareciendo (y no es una buena noticia). Estos son los juegos que deberíamos recuperar.
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Hace apenas unas décadas, gran parte de la infancia transcurría en la calle, en parques, patios o casas donde los niños pasaban horas inventando juegos con muy poco. Una cuerda, unas tizas o unos cojines podían convertirse en el centro de una aventura que duraba toda la tarde. Hoy, en cambio, el juego infantil ha cambiado muchísimo. Han aparecido nuevas formas de entretenimiento, recursos digitales, aplicaciones educativas y pantallas capaces de captar la atención de los niños de manera constante.
Y aunque muchas de estas herramientas pueden ser útiles y divertidas, también han provocado algo importante: algunos tipos de juego fundamentales para el desarrollo infantil están desapareciendo poco a poco. El problema es que muchos de ellos no solo servían para entretener. Eran actividades con las que los niños aprendían a negociar, imaginar, resolver conflictos, tolerar la frustración o entender sus propias emociones.
Porque, contrario a lo que muchos padres creen, el juego no es un simple pasatiempo en la infancia. Es una necesidad psicológica, emocional y social. Y hay ciertos tipos de juego que, aunque hoy parezcan “anticuados” o menos prácticos, siguen siendo esenciales para que los niños desarrollen habilidades que ninguna pantalla ni actividad dirigida puede sustituir del todo.
¿De qué juegos hablamos?
Cada vez es más habitual que los adultos intervengan continuamente en el juego infantil. Organizamos actividades, proponemos dinámicas, resolvemos conflictos rápidamente y supervisamos cada detalle por seguridad o por costumbre. Sin embargo, el juego libre sin intervención constante de los adultos sigue siendo uno de los más importantes para el desarrollo infantil.
Cuando los niños juegan solos o con otros niños sin que un adulto les supervise todo el tiempo, aprenden a negociar normas, resolver problemas, gestionar discusiones y tomar decisiones por sí mismos. Y esto les ayuda a desarrollar una mayor autonomía, creatividad y tolerancia a la frustración.
Por supuesto, esto no significa dejar a los niños completamente desatendidos, sino permitirles cierto margen para organizar su propio juego sin convertir cada momento en una actividad dirigida. Porque muchas veces, justo cuando los adultos dejamos de intervenir, es cuando aparece el aprendizaje más valioso.

Construir una ciudad con cojines, jugar a las tiendas durante horas o convertir el salón en un hospital improvisado puede parecer un simple juego, pero psicológicamente es muchísimo más que eso. El juego simbólico permite a los niños representar el mundo, entender situaciones sociales y expresar emociones de forma segura. Cuando un niño juega a ser médico, profesor, cocinero o superhéroe, está ensayando roles, practicando el lenguaje y tratando de comprender cómo funciona la realidad que le rodea.
El problema es que este tipo de juego necesita tiempo. Mucho tiempo. Y hoy muchos niños viven entre pantallas, agendas llenas y actividades rápidas que dejan poco espacio para desarrollar historias largas e imaginativas. Sin embargo, estos juegos tienen un enorme valor emocional y cognitivo. No en vano, se considera que el juego simbólico es una de las bases más importantes de la creatividad y del pensamiento abstracto infantil.
Antes era muy habitual que niños pequeños y mayores compartieran parques, patios o tardes enteras de juego. Los mayores enseñaban normas, proponían ideas y ayudaban a resolver conflictos mientras los pequeños observaban, imitaban y aprendían casi sin darse cuenta. Hoy, sin embargo, el ocio infantil está mucho más segmentado por edades. Los niños suelen relacionarse siempre dentro de grupos muy concretos: compañeros de clase, el mismo curso o actividades organizadas para su franja de edad.
Y aunque esta organización tiene ventajas prácticas, también reduce una experiencia social muy enriquecedora para el desarrollo infantil. Cuando los niños juegan con otros de diferentes edades, entran en lo que el psicólogo Lev Vigotsky denominaba “zona de desarrollo próximo”, un espacio de aprendizaje en el que los pequeños pueden avanzar gracias al contacto con niños más maduros y experimentados.
Un intercambio que resulta especialmente valioso porque beneficia a ambas partes. Los más pequeños aprenden observando, imitando conductas y enfrentándose a retos nuevos, pero los mayores desarrollan empatía, paciencia, liderazgo y aprenden a cuidar de los demás. Y todo esto a través de un juego más espontáneo, creativo y flexible que obliga a todos a adaptarse constantemente a distintas habilidades, ritmos y formas de hacer las cosas.

Muchos padres se desesperan cuando sus hijos quieren repetir el mismo juego una y otra vez. La misma persecución, el mismo escondite o la misma broma absurda durante días enteros. Sin embargo, aunque desde fuera pueda parecer algo inútil o incluso agotador, la repetición cumple una función muy importante en el cerebro infantil.
Los niños repiten juegos porque les ayuda a consolidar aprendizajes, ganar seguridad y regular sus emociones. Saber lo que va a ocurrir les da sensación de control y estabilidad en un mundo que todavía están intentando comprender. Además, repetir determinadas dinámicas fortalece habilidades cognitivas, sociales y motoras ya que el cerebro infantil aprende precisamente a través de la práctica constante.
Y aquí existe una diferencia importante entre la mente adulta y la infantil: mientras los adultos solemos buscar novedad y estímulos diferentes, los niños necesitan repetir para entender, dominar y dar sentido a lo que les rodea. Por eso pueden ver la misma película 1000 veces sin cansarse, repetir exactamente el mismo juego durante semanas o pedir el mismo cuento cada noche. Para ellos no es aburrido, es una forma de aprender, anticipar y sentirse seguros.
Hoy la mayoría de los juegos se desarrollan en interiores e, incluso, cuando los niños están al aire libre muchas de las actividades están dirigidas o tienen una finalidad concreta: clases deportivas, excursiones organizadas o juegos estructurados. Por eso, cada vez más está desapareciendo un hábito simple pero muy valioso, salir a jugar fuera.
El contacto con la naturaleza y el movimiento libre tienen enormes beneficios psicológicos. No en vano investigadores de la Universidad Técnica de Cotopaxi relacionaron el juego al aire libre con una mejor regulación emocional, menos estrés, mayor capacidad de atención y mejores habilidades sociales en los niños.
Además, los espacios abiertos favorecen un tipo de juego más creativo y menos rígido. En cualquier momento una piedra puede convertirse en un tesoro, un palo en una espada y un charco en el centro de una misión importantísima. La naturaleza ofrece ideas mucho más estimulantes que muchos juguetes o pantallas. Y sí, probablemente implique ropa manchada, rodillas sucias y algún calcetín misteriosamente mojado. Pero también una infancia más feliz.
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