










Cuando un bebé llora no sabe regularse por sí mismo, necesita a un adulto que le preste su calma para sentirse seguro
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Cuando un bebé llora, muchos padres se preguntan cuál es la mejor forma de ayudarle a recuperar la calma. Sin embargo, la respuesta no siempre está en una técnica concreta, sino en el propio estado emocional de quien lo cuida. A veces nos empeñamos en que los niños aprendan a regular sus emociones, cuando en realidad deberíamos también poner el foco en nuestra autorregulación. Entender este proceso puede transformar por completo la manera de vivir la crianza.
👉 Este es un artículo escrito por Cynthia Santacruz, psicoterapeuta experta en trauma y vínculos afectivos.
La parentalidad es un asunto biológico. Para ser madre o padre basta con que la vida encuentre un camino para abrirse paso. Pero criar es otra cosa. Criar implica una compleja alquimia entre nuestra biología, nuestra historia personal y el contexto en el que vivimos. Consiste en sostener emocionalmente a otro ser humano mientras seguimos aprendiendo a sostenernos a nosotros mismos.
La neurobiología interpersonal demuestra que los seres humanos nacemos completos, pero inconclusos. Esto significa que llegamos al mundo con un enorme potencial, pero ese potencial solo podrá desplegarse si se dan determinadas condiciones relacionales. Somos profundamente dependientes durante mucho tiempo y la calidad, la calidez y la coherencia con las que somos atendidos durante los primeros años de vida constituyen el primer mapa desde el que aprenderemos quiénes somos, qué valor tenemos y qué podemos esperar de los demás.
Por eso podríamos decir que la regulación es la gran joya de la corona de la salud mental y uno de los principales objetivos evolutivos entre los 0 y los 3 años.

Pero ¿qué entendemos exactamente por regulación?
Regularse no significa estar siempre tranquilo ni evitar el malestar. Regularse es la capacidad del sistema nervioso para atravesar estados de activación, alarma o estrés y poder regresar después a estados de equilibrio, seguridad y calma.
Un bebé no nace con esa capacidad plenamente desarrollada. La construye a través de la experiencia repetida de ser calmado por otro.
Cuando un bebé llora, se asusta, se sobresalta o se siente incómodo, el modo en que sus cuidadores responden va modelando su mundo interior. Lo complicado es descifrar la necesidad del niño y estar disponible para atenderla, a esto le llamamos sintonía relacional. Y la sintonía tiene poco que ver con ser perfectos. Tiene que ver con percibir adecuadamente lo que está ocurriendo en el niño y responder desde un lugar genuino. El tono de voz, la mirada, la proximidad física, el ritmo, la expresión facial o la manera de sostenerlo son elementos fundamentales.
Pero hay algo todavía más importante: el estado interior real del cuidador.
Y digo real porque todos hemos vivido alguna vez esa experiencia extraña de escuchar palabras aparentemente bonitas dichas desde la impaciencia, el juicio o el desprecio. O, al contrario, mensajes ásperos cuyo objetivo era trasmitir algo agradable.
Los adultos podemos percibir esa incoherencia y pensar: «Hay algo aquí que no me encaja». Pero un bebé todavía no puede hacerlo. No puede pensar, así que lo recibe todo en su cuerpo.
Durante los dos primeros años de vida, antes incluso de desarrollar plenamente el lenguaje, los niños se convierten en auténticos expertos en comunicación no verbal. Aprenden a leer estados internos mucho antes de comprender palabras.
Por eso la tarea del cuidador no consiste en parecer tranquilo, sino en desarrollar la capacidad de estar realmente presente.

La investigadora Patricia Crittenden afirmaba que uno de los grandes objetivos del organismo infantil es volver predecible a su cuidador para disminuir la sensación de amenaza. Cuando el adulto es coherente, el mundo se vuelve comprensible, amable y predecible. Cuando es impredecible, el sistema nervioso del niño permanece en alerta.
Y el tiempo, la intensidad y la frecuencia con que se producen esos estados de estrés dejarán una huella en su manera de sentirse a sí mismo, relacionarse con los demás y afrontar la adversidad.
Es importante recordar que para un adulto experiencias como tener hambre durante un rato, quedarse solo unos minutos, escuchar un ruido fuerte o atravesar una emoción intensa suelen ser situaciones incómodas pero manejables. Sin embargo, para un bebé, cuyo sistema nervioso aún se encuentra en pleno desarrollo, estas mismas experiencias pueden resultar profundamente estresantes e incluso abrumadoras.
Todavía no dispone de los recursos necesarios para comprender lo que le ocurre, nombrarlo, regularse por sí mismo o actuar para transformar ese estado interno. Durante los primeros años de vida necesita de la presencia y la regulación de otro ser humano para recuperar el equilibrio y sentirse seguro.
Llegados a este punto surge una pregunta inevitable: ¿Qué impide a tantos padres y madres responder con calma y coherencia a las necesidades de sus hijos?
Este es, probablemente, el gran desafío emocional de la crianza.
Los hijos tienen una extraordinaria capacidad para despertar, a través de su rabia, su miedo, su frustración o su desconsuelo, nuestra propia memoria emocional. Cuando nadie nos acompañó adecuadamente en la regulación de esos estados durante la infancia, es fácil que hoy nos sintamos desbordados cuando aparecen en nuestros hijos.
Su angustia activa nuestra angustia. Su desasosiego despierta nuestro desasosiego. Y, en ocasiones, podemos llegar a sentirnos tan asustados, impotentes o sobrepasados como ellos.
Por eso muchas madres y padres llenos de amor experimentan enormes dificultades para calmar a sus bebés. No porque no quieran, sino porque nadie puede ofrecer de manera estable aquello que nunca recibió.
Quizá por eso tantos padres describen la crianza como un camino de transformación personal. Los hijos tienen la capacidad de colocarnos frente a aprendizajes pendientes, heridas antiguas y aspectos de nosotros mismos que llevábamos años evitando mirar.

Hay una mala noticia y una buena noticia.
La mala noticia es que vivimos en un contexto social y cultural que nos apresura, nos exige y nos evalúa constantemente. Y todo ello está profundamente reñido con las necesidades reales de la crianza: tiempo, calma, presencia, aceptación y apoyo.
La buena noticia es que nunca habíamos tenido tanto conocimiento sobre el desarrollo infantil, el apego y el funcionamiento del sistema nervioso. Hoy sabemos que criar no consiste en hacerlo perfecto, sino en hacerlo consciente.
La regulación es una condición indispensable para la salud física y mental. Resulta difícil construir infancias saludables si quienes cuidan viven permanentemente agotados, sobrecargados o solos.
Por eso cuidar a las madres, a los padres y a las familias no es un lujo ni una cuestión secundaria. Es una necesidad social.
Durante décadas muchas mujeres han sostenido simultáneamente la crianza, el trabajo, el cuidado del hogar y la gestión emocional de toda la familia. Demasiadas veces intentando llegar a todo mientras conviven con una dolorosa sensación de insuficiencia.
Quizá el primer movimiento que necesitamos como sociedad sea reconocer algo sencillo y revolucionario: no existe una tarea más importante, más compleja ni más trascendente que criar a un ser humano. Invertir en la crianza es probablemente una de las mejores estrategias de prevención que tenemos frente a muchos de los problemas que después intentamos resolver en la adolescencia y en la vida adulta.
Mientras avanzamos hacia ese cambio colectivo, hay tres pequeños movimientos que pueden marcar una gran diferencia en el mundo interior de nuestros hijos.
1. Interésate por ti
La salud emocional de los hijos comienza con la salud emocional del sistema familiar. Pregúntate cómo estás. Descansa cuando puedas. Pide ayuda. Rodéate de personas que te sostengan.
2. Acepta que te vas a equivocar
La regulación no se construye porque lo hagamos siempre bien. Se construye porque somos capaces de darnos cuenta cuando nos equivocamos y reparar.
Perder la paciencia alguna vez no daña a un niño. Lo que realmente fortalece el vínculo es volver, reconocer, reparar y reconectar.
Los niños no necesitan cuidadores perfectos. Necesitan cuidadores reales. Que se caen y se levantan, que cuando se confunden se disculpan. Los hijos necesitan adultos reales, no adultos perfectos.
3. Recuerda que la calma se contagia
Cuando un bebé está desbordado, nuestro primer trabajo no es cambiar lo que siente ni intentar que se le pase cuanto antes, sino acompañarlo mientras lo siente.
Antes de intentar calmar a tu hijo, pregúntate: ¿cómo está mi propio sistema nervioso? Respira. Baja el ritmo. Busca apoyo si lo necesitas.
Porque los bebés no aprenden la calma escuchándola. La aprenden habitándola junto a alguien que puede prestársela. Porque, al final, acompañar a un hijo de vuelta a la calma siempre empieza por encontrar el camino de regreso a la nuestra propia.
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