






















A ti te dijeron estas frases en tu infancia y tú, sin darte cuenta, se las repites a tus hijos. Te damos ideas para que tus palabras sean menos dañinas.
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Hay momentos en la crianza en los que te escuchas hablar… y te das cuenta de algo inquietante: esa frase no es tuya. Es de tu madre, o de tu padre, o de ese adulto que te la repitió mil veces cuando eras pequeño... Y ahí estás tú, décadas después, soltándola casi en automático.
No pasa nada, es completamente normal, porque has crecido con ella. Criar también es heredar formas de hablar, de reaccionar y de entender el mundo. El problema no es repetirlas, sino no nos pararnos a pensar qué hay detrás de ellas, cómo nos dañaron en la infancia y cómo pueden estar influyendo en nuestros hijos.
Hay frases que, aunque suenan inofensivas (o incluso bienintencionadas), tienen más peso emocional del que parece. Pueden causar pequeñas heridas emocionales que van calando en los niños. Ya te pasó a ti en tu infancia, cuando te las dijeron. Y ahora está sucediendo con tus hijos cuando se las repites sin querer.
Vamos a ver 12 de esas frases que muchos escuchamos de pequeños… y que seguimos diciendo sin darnos cuenta de lo dañinas que pueden ser.

Esta es una de las frases más clásicas que todos hemos oído cuando éramos niños y que ahora, sin darnos cuenta, repetimos a nuestros hijos. Ponte en situación. Tu hija se cae en el parque o te cuenta algo que le ha sucedido en la escuela y le dices: "no llores, no es para tanto" o "No pasa nada", "No exageres". El problema es que, para tu pequeña, sí es para tanto. De hecho, lo es todo.
Con esta frase no calmamos, invalidamos la emoción que está sintiendo, ya sea tristeza, enfado, frustración...
Alternativas respetuosas: “Veo que te ha dolido mucho. Estoy contigo.”, "Te entiendo...", "Puedo ver que te sientes muy triste...", "Gracias por contármelo".
Traducción real: “No tengo ganas de explicarlo ahora”. A veces la usamos para cortar la conversación, pero deja al niño con la sensación de que sus preguntas y opiniones no importan.
Alternativa respetuosa: Intentar adaptar la explicación a su edad, aunque sea sencilla.
La frase final de cualquier discusión… y el inicio de muchas frustraciones. ¿Alguna vez te lo dijeron tus padres? Es posible que tú también la hayas utilizado en alguna ocasión con tu hijo o hija. Y es cierto, funciona a corto plazo. Pero, a largo plazo, enseña obediencia ciega, no comprensión.
Alternativa respetuosa: explicar el motivo, aunque sea breve, “No puedes hacer esto porque es peligroso”.
Aquí metemos un combo delicado: conducta + identidad. El niño no entiende “has hecho algo que no está bien”, sino “soy malo”.
Alternativa respetuosa: “Eso que has hecho no está bien, ¿qué crees que podemos hacer para arreglarlo?”.
Comparar: ese deporte nacional. Tú lo sufriste en tu infancia y ahora, que eres mamá o papá, también se te escapa con tus hijos. Puede parecer motivador, pero suele generar inseguridad o rivalidad entre los niños.
Alternativa respetuosa: Centrarse en su propio proceso, “Lo estás intentando, eso es importante”.
Sí, a veces es verdad. Pero decirlo justo después de una caída no enseña; solo añade culpa a lo sucedido.
Alternativa respetuosa: primero acompañar, “¿Te has hecho daño?”, luego, reflexionar juntos sobre lo ocurrido.

Otra etiqueta que se cuela sin querer. La tenemos tan normalizada, de tanto oírla cuando éramos pequeños, que ahora la utilizamos, sin pensar, con nuestros hijos.
Alternativas respetuosas: “Se ha caído el vaso, vamos a limpiarlo juntos”, "¿qué podemos hacer para que no se te vuelva a olvidar el libro de los deberes en el colegio?".
El chantaje de toda la vida. Puede parecer eficaz, pero convierte la comida en una negociación constante. Además, tal y como explican los expertos, la comida nunca debería convertirse en premio o castigo.
Alternativa respetuosa: Ofrecer sin presión y nunca obligar a comer.
Otra joya del repertorio de frases dañinas para la infancia. Queremos tranquilizar, pero el mensaje real es: “Lo que sientes no es importante”.
Alternativa respetuosa: “Entiendo que te ha molestado. ¿Quieres que te ayude?”
A veces se usa para empujar o motivar a dejar ciertos hábitos atrás, pero también puede causar mucha vergüenza e inseguridad. Nunca podemos olvidar que cada niño tiene su ritmo y que crecer no es una carrera.
Alternativa respetuosa: “¿Quieres intentarlo? Te acompaño si lo necesitas.”
El miedo no desaparece porque lo neguemos. De hecho, esta frase puede hacer que el niño se sienta incomprendido y deje de compartir cómo se siente.
Alternativa respetuosa: “Es normal tener miedo. Estoy contigo”, "Entiendo que te sientas así, cuando era pequeña me daba miedo la oscuridad".
Sí, incluso esta. Decir “muy bien” constantemente puede hacer que el niño dependa de la aprobación externa en lugar de conectar con su propio esfuerzo.
Alternativa: Ser más específico y describir el proceso para lograr algo: “Has recogido todos los juguetes tú solo, te ha costado esfuerzo.”
Por supuesto que no. Lo estás haciendo como puedes, como sabes y, en gran parte, como aprendiste. Y eso ya es mucho.
Todos repetimos cosas sin darnos cuenta. Todos hemos dicho alguna de estas frases (probablemente varias hoy mismo). La clave no es hacerlo perfecto, sino empezar a ser conscientes.
Porque en esa pequeña pausa —justo antes de soltar el automático— es donde ocurre el cambio. Criar no va de borrar todo lo que vivimos, sino de elegir qué queremos mantener… y qué preferimos transformar.
Y oye, si alguna vez se te escapa un “porque lo digo yo”... tampoco es el final del mundo.
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