
























Aunque tu bebé no tenga recuerdos de su verano, las experiencias que vive pueden influir en su desarrollo cerebral, emocional y sensorial
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Si este es el primer verano de tu bebé, es probable que ya estés viviendo una de esas etapas que pasan rápido y despacio al mismo tiempo. Rápido porque cada semana cambia algo; despacio porque los días parecen más largos entre siestas, tomas y paseos.
Quizá dentro de unos días lo lleves por primera vez a la playa, a una piscina o simplemente a un parque donde descubra que la hierba hace cosquillas en los pies. Son momentos que solemos fotografiar porque intuimos que son importantes. Y sí, lo son.
La realidad es que tu hijo no recordará nada de este verano cuando sea mayor. No recordará el primer día que vio el mar ni aquella tarde en la que se quedó embobado mirando cómo se movían las hojas de un árbol. Sin embargo, eso no significa que todas esas experiencias vayan a desaparecer sin dejar huella. De hecho, ocurre justo lo contrario.

Durante mucho tiempo se pensó que los bebés apenas podían recordar cosas, pero hoy sabemos que no es así.
Una investigación publicada en Memory explicó que los niños empiezan a formar recuerdos desde edades muy tempranas. El problema no es que no se acuerden, sino que muchos de esos recuerdos se pierden con el paso de los años.
Es lo que los científicos conocen como amnesia infantil: esa incapacidad que tenemos los adultos para recuperar la mayoría de los recuerdos de nuestros primeros años de vida.
Por eso casi nadie puede contar qué hizo durante su primer verano. No porque no ocurriera nada importante, sino porque el cerebro todavía estaba en pleno proceso de maduración.

Si tu bebé no va a recordar la primera vez que tocó la arena o escuchó el sonido de las olas, podría parecer que da igual ofrecerle esas experiencias. Sin embargo, el desarrollo infantil no funciona así.
Los primeros años son una etapa de enorme actividad cerebral. Cada día se crean conexiones nuevas a partir de todo lo que el bebé ve, escucha, toca y siente.No necesita guardar un recuerdo consciente para aprender algo.
Cuando explora una textura nueva, cuando observa un movimiento que le llama la atención o cuando escucha una voz familiar que le tranquiliza, su cerebro está recogiendo información y utilizándola para entender mejor el mundo.
Gran parte de lo que aprendemos al principio de la vida ocurre precisamente sin que exista un recuerdo que podamos recuperar después.
Los adultos solemos dar mucha importancia a los recuerdos porque son la forma que tenemos de conservar nuestra historia. Pero los bebés se enfrentan al día a día de una forma diferente.
Lo importante no es que mañana recuerden una tarde concreta bajo una sombrilla o un paseo al atardecer. Lo importante es lo que ocurre mientras viven esos momentos.
Porque en ese rato en brazos de mamá o papá están experimentando seguridad. También en ese paseo están descubriendo sonidos nuevos. Mientras observan a otras personas o exploran el entorno están aprendiendo mucho más de lo que imaginamos.

No hace falta organizar actividades especiales ni llenar la agenda de planes. Muchas de las experiencias que más aportan a un bebé son también las más sencillas.
Puede que dentro de veinte años no recuerde nada de todo esto, ni siquiera una imagen borrosa. Pero mientras sucede, su cerebro está trabajando sin descanso. Las pequeñas experiencias pueden convertirse en las más enriquecedoras para los pequeños de la casa.
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