






















Según un estudio de Trinity College Dublin, los bebés de 2 meses ya pueden organizar lo que ven en categorías como animales, objetos, etc.
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Si tienes un bebé pequeño, seguramente alguna vez te hayas preguntado qué estará pensando cuando se queda mirando fijamente un objeto de casa. ¿Reconoce algo? ¿Le resulta familiar? ¿O simplemente está observando una mancha de colores sin demasiado sentido?
Aunque pueda parecer que durante los primeros meses los bebés solo comen y duermen, la realidad es bastante más sorprendente. Un nuevo estudio realizado por investigadores del Trinity College de Dublín sugiere que, con apenas dos meses de vida, los bebés ya son capaces de distinguir entre animales y objetos.
Sí, has leído bien. Mucho antes de decir sus primeras palabras o de señalar aquello que les llama la atención, su cerebro ya parece estar clasificando parte de la información que recibe del entorno en diferentes categorías.
Los investigadores analizaron la actividad cerebral de bebés de apenas dos meses mientras observaban imágenes de diferentes elementos: animales, partes del cuerpo, árboles, juguetes y objetos cotidianos.
Lo llamativo fue que el cerebro no respondía igual ante todas las imágenes. Determinados patrones de actividad aparecían cuando los bebés veían elementos pertenecientes a una misma categoría, lo que sugiere que ya estaban agrupando mentalmente lo que observaban.

Dicho de una forma sencilla: para el cerebro de un bebé tan pequeño, un perro y un gato tienen algo en común. Del mismo modo, una pelota y una taza comparten características que los diferencian de los seres vivos.
No significa que el bebé sepa qué es un perro ni que pueda distinguir una raza de otra. Tampoco que comprenda conceptos como los entendemos los adultos. Lo que parece estar ocurriendo es algo más básico, pero también más importante: empieza a detectar patrones.
A veces da la sensación de que los bebés pasan largos ratos simplemente observando. Desde fuera puede parecer que no ocurre gran cosa. Sin embargo, mientras miran una lámpara, una mascota o las hojas de un árbol moviéndose con el viento, su cerebro está trabajando a toda velocidad.
Durante los primeros meses de vida se crean millones de conexiones neuronales. Cada experiencia aporta información nueva. Cada cara, cada objeto y cada sonido ayudan a construir una especie de mapa mental del mundo.
Por eso los investigadores consideran tan relevante este hallazgo. Sugiere que el cerebro empieza a organizar la realidad mucho antes de lo que imaginábamos.
Y tiene sentido. Antes de aprender la palabra "perro", un bebé necesita darse cuenta de que ciertos animales comparten características entre sí. Antes de aprender qué es una pelota, tiene que reconocer que algunos objetos se parecen y otros no.

Porque clasificar es una de las bases del aprendizaje.
Los adultos lo hacemos constantemente sin darnos cuenta. Sabemos distinguir una fruta de un juguete, un animal de un vehículo o una persona de un objeto. Nuestro cerebro organiza automáticamente la información para poder entenderla y utilizarla.
Lo sorprendente es comprobar que ese proceso parece empezar muchísimo antes de lo que se creía.
De hecho, algunos investigadores piensan que esta capacidad temprana podría estar relacionada con el desarrollo posterior del lenguaje. Cuanto mejor logra el cerebro organizar la información que recibe, más fácil resulta después asociar palabras a esos conceptos.

Cuando aparece una investigación así es fácil imaginar a bebés realizando procesos mentales muy complejos. Pero conviene poner las cosas en contexto.
El estudio no demuestra que un bebé de dos meses comprenda el mundo como un niño mayor. Tampoco que pueda identificar conscientemente un perro, un árbol o un juguete.
Lo que indica es que su cerebro ya detecta diferencias y similitudes entre distintos tipos de elementos. Es un primer paso, muy temprano, dentro de un proceso de aprendizaje que continuará durante años.
Este tipo de descubrimientos suele dejar la sensación a muchos padres de que los bebés entienden mucho más de lo que parece. No porque comprendan cada palabra que escuchan, sino porque están aprendiendo constantemente a partir de todo lo que ven y oyen.
Por eso los especialistas siguen insistiendo en algo tan sencillo como hablarles, responder a sus balbuceos, pasear con ellos o enseñarles lo que ocurre a su alrededor. No hace falta comprar juguetes especiales ni convertir cada momento en una actividad educativa.
La vida cotidiana ya es una enorme fuente de aprendizaje.
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