

























Algunas frases parecen inofensivas, pero en realidad anulan a tus hijos. Una psicóloga explica cuáles son las más comunes, por qué afectan tanto y qué decir en su lugar para que los niños ganen seguridad.
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Hay frases que salen solas, las repetimos porque llevamos escuchándolas toda la vida, porque estamos cansados o simplemente porque queremos solucionar rápidamente una situación incómoda. El problema es que algunas de esas expresiones aparentemente inocuas tienen un efecto secundario: enseñan a los niños a desconfiar de lo que sienten o piensan. Anulan su experiencia interior.
Las investigaciones sobre validación emocional demuestran que los niños cuyos estados afectivos son cuestionados o minimizados constantemente tienen más dificultades para confiar en sí mismos cuando crecen. Les cuesta identificar lo que sienten, poner límites, tomar decisiones o defender su criterio porque aprendieron que siempre hay alguien que sabe mejor que ellos lo que les pasa.
Un estudio realizado en la Universidad de Duke, por ejemplo, constató que “una historia de invalidación emocional infantil (incluyendo la minimización de las emociones negativas) se asociaba a una inhibición emocional crónica en la edad adulta; o sea, a cierta ambivalencia sobre la expresión emocional, supresión del pensamiento y respuestas evitativas al estrés. A su vez, esa inhibición emocional se convertía en un predictor del malestar psicológico, incluyendo síntomas de depresión y ansiedad”.
Obviamente, validar a tu hijo no significa darle siempre la razón y tampoco es necesario convertir cada emoción en una asamblea familiar de tres horas, solo tienes que permitir que defina su mundo interior. Porque una cosa es corregir una conducta y otra muy distinta es invalidar una emoción, una sensación o incluso un deseo.
Estas son algunas de las frases más comunes que, sin mala intención, pueden ir apagando la confianza infantil.
Es probable que lo digas con toda la convicción y lógica del mundo. A fin de cuentas, si tu hijo cenó hace media hora, ¿cómo va a tener hambre otra vez? Pero quizá tenga hambre. O tal vez sienta ansiedad. O esté aburrido. O simplemente su cuerpo funciona diferente hoy.
El problema no es discutir sobre si darle o no otra galleta, sino negar su sensación corporal. Cuando un niño escucha constantemente que sus señales internas no tienen sentido, empieza a desconectarse de ellas. Aprende que el adulto sabe mejor que él cuándo tiene hambre, sueño, frío o cansancio.
Eso puede hacer mucho más daño del que parece porque la relación con el cuerpo se va construyendo desde pequeños. Por tanto, en vez de responder automáticamente invalidando su sensación, prueba con un: “¿Sigues teniendo hambre? ¿Qué notas?”. No tienes que prepararle un buffet, solo no tratar esa sensación como si fuera falsa.

Esta frase, probablemente, es una de las más repetidas en la crianza. Quizá la digas con la mejor de las intenciones para tranquilizar, relativizar o evitar que tu hijo sufra más, pero en realidad el mensaje que transmites es otro: “lo que sientes está mal”.
Porque, es obvio que, si está llorando es porque SÍ es “para tanto”.
Que se rompa el dibujo después de haberse esmerado mucho, que pierda una competición o que discuta con un amigo puede parecernos irrelevantes cuando nuestras preocupaciones son la salud o cómo pagar una hipoteca, pero para el cerebro infantil es un gran problema.
Su emoción es real y si minimizamos constantemente lo que siente, el niño aprenderá a avergonzarse de sus emociones. Como resultado, es probable que empiece a ocultarlas o a reprimirlas para no parecer exagerado. ¡Y luego nos preguntamos por qué muchos adolescentes ya no cuentan nada!
Por consiguiente, en vez de decirle que no es para tanto, prueba con un: “veo que te ha afectado mucho” o “entiendo que estés triste, ¿qué podemos hacer para que te sientas mejor?”. Curiosamente, cuando un niño se siente comprendido, suele calmarse antes.
Las comparaciones familiares tienen un efecto demoledor porque convierten la identidad en una competición permanente. Da igual si el comentario va sobre recoger los juguetes, las calificaciones escolares o aprender a ir en bici. El mensaje que recibe el niño es que no es suficiente tal como es.
Además, aunque solemos decir este tipo de frases con la intención de motivar, en realidad solo suelen generar resentimiento, ya sea hacia el hermano, los padres o incluso hacia sí mismo. Es importante que comprendamos que cada niño tiene ritmos, capacidades y personalidades diferentes, por lo que compararlos solo hará que crezcan sintiendo que siempre llegan tarde.
En vez de comparar a tu hijo, es mejor que te enfoques en su progreso: “antes eso te costaba mucho más” o que simplemente le hagas notar que “cada uno aprende a su ritmo”. Parece insustancial, pero cambia completamente la manera en que el niño se percibe y la actitud que desarrolla hacia sus errores y logros en la vida.
Los adultos tenemos una curiosa obsesión con las relaciones infantiles porque queremos que sean puras, estables y adorables. Pero los niños también se enfadan, decepcionan y rechazan a las personas que quieren de vez en cuando. Y es completamente normal.
Cuando tu hijo dice que odia a su amigo, normalmente no está diciendo que le desea todo el mal del mundo, solo está expresando una frustración momentánea. Corregir inmediatamente esa emoción le enseña que ciertas emociones no están permitidas dentro del cariño.
A la larga, eso puede dar pie a adultos incapaces de gestionar los conflictos porque creen que querer a alguien implica no enfadarse nunca con esa persona, como si una vez que tienes a un buen amigo, fuerais a vivir felices y comer perdices toda la vida.
En lugar de negar lo que siente, puedes ayudarle a entenderlo preguntándole: “¿qué ha pasado para que te sientas así?”. Así tu hijo aprenderá algo mucho más útil: que puede querer a alguien y aun así enfadarse.

A veces tenemos la tendencia a traducir cualquier emoción incómoda en algo práctico y manejable. Como resultado, asumimos que si nuestros hijos están irritables es porque tienen sueño, si están tristes significa que están cansados y si se enfadan es que necesitan comer.
Y sí, a veces es así. El cansancio influye muchísimo en el estado emocional infantil, pero buscar automáticamente una explicación física para todas las emociones impide que el niño aprenda a identificar lo que siente realmente.
Es como poner siempre la misma etiqueta a emociones completamente distintas. Con el tiempo, muchos niños terminan desconectados de su universo afectivo porque nunca aprendieron a comprender y expresar con palabras lo que les pasaba. No desarrollaron lo que en Psicología se conoce como granularidad emocional, la capacidad para detectar los matices afectivos.
En vez de interpretar su experiencia, lo ideal es que le hagas espacio. Puedes preguntarle: “¿qué crees que te pasa?” o “te noto raro hoy. ¿Quieres hablar?”. A veces dirá que “no”. Y no pasa nada. Lo importante es que comprenda que merece la pena explorar sus emociones, en vez de convertirlas en meras necesidades fisiológicas.
Los padres solemos tener problemas para aceptar que nuestros hijos cambian. No queremos que crezcan, pero tampoco queremos reconocer que van desarrollando nuevos intereses, de manera que lo que adoraban hace seis meses puede aburrirles hoy. Eso no significa que sean inconstantes, vagos o desagradecidos, sino que están construyendo su identidad y explorando diferentes actividades para descubrir lo que realmente les apasiona.
El problema aparece cuando insistimos tanto en algo que el niño siente que ya no puede cambiar de opinión porque nos decepcionaría. Entonces deja de preguntarse qué quiere y empieza a enfocarse en lo que los demás esperan de él.
Por ese motivo, en vez de presionarlo para que haga algo, puedes preguntarle: “¿ya no lo disfrutas igual?” o “¿qué ha cambiado?”. Así puedes indagar en el motivo del cambio y ayudarlo a decidir qué quiere hacer a partir de ese momento.
Esta es una de las frases más omnipresentes en la educación infantil. Si la has dicho, es probable que tu objetivo haya sido calmar y quitarle hierro a la situación, pero en realidad solo desautoriza la percepción de tu hijo sobre lo que acaba de vivir.
Como resultado, empezará a desconfiar de su interpretación de la realidad. Si los adultos le dicen que “no ha pasado nada”, aprenderá a dudar de sí mismo, incluso en situaciones relativamente sencillas. A la larga, eso conduce a adultos que buscan validación externa constantemente y que no confían en su propio criterio, por lo que siempre se preguntan si estarán exagerando.
En su lugar, puedes intentar comprender lo que está sintiendo. Pregúntale: “¿ha pasado algo que te ha afectado?”. O puedes pedirle que te explique cómo lo ha vivido. Así también lo ayudas a darle sentido a la experiencia.
Ningún padre valida bien todo el tiempo (ni siquiera nosotros, los psicólogos). Todos hemos dicho frases automáticas, hemos minimizado emociones alguna vez y hemos querido resolver rápido un llanto en medio del supermercado.
No es necesario ser perfectos, pero debemos recordar que nuestros hijos construyen su voz interior a partir de cómo les hablamos. Si constantemente cuestionamos lo que sienten, acabarán cuestionándose a sí mismos y siempre buscarán a un tercero que los valide.
En cambio, cuando un niño se siente libre para expresar lo que siente, piensa o necesita sin que alguien lo corrija inmediatamente, aprende a confiar en sí mismo. Y esa confianza probablemente sea una de las herencias psicológicas más valiosas que le podemos transmitir.
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