













Muchos bebés necesitan el contacto físico para relajarse y dormirse. No es porque se han malacostumbrado, sino porque se están regulando
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Hay bebés que se duermen agarrando un dedo, otros necesitan apoyar la mano sobre el pecho de su madre y algunos parecen buscar contacto físico incluso mientras siguen profundamente dormidos. Muchas familias conocen bien esa escena: el bebé está tranquilo, relajado y dormido, pero en el momento en que pierde el contacto corporal se mueve, se inquieta o directamente se despierta llorando.
Y entonces aparece una duda muy habitual: “¿Se habrá acostumbrado demasiado a los brazos?”
Sin embargo, cada vez más especialistas en desarrollo infantil y sueño explican que, en la mayoría de los casos, este comportamiento no tiene que ver con un “mal hábito”, sino con necesidades normales del desarrollo temprano. Porque para un bebé, el contacto físico no es solo cariño, también es regulación, seguridad y calma.
Estas son algunas de las razones que la ciencia ha encontrado para explicar por qué muchos bebés necesitan tocar a sus padres incluso dormidos.

Cuando un bebé toca a su madre, a su padre o a su figura de apego, su cuerpo recibe señales constantes de protección. El olor, el calor corporal, la respiración o los pequeños movimientos del adulto ayudan al bebé a interpretar que está en un entorno seguro.
Durante el embarazo ha pasado meses viviendo literalmente pegado al cuerpo de otra persona, escuchando latidos y sintiendo movimiento constante. Por eso, al nacer, muchos bebés siguen necesitando esa cercanía física para relajarse completamente.
Los expertos recuerdan que los bebés pequeños todavía no entienden la separación como lo hacen los adultos. Para ellos, la cercanía física no es un capricho, sino una referencia básica de seguridad y vínculo.
El cerebro infantil es muy inmaduro durante los primeros meses y años de vida. Poco a poco irá desarrollando la capacidad de autorregularse, pero mientras tanto necesita apoyarse en el adulto para gestionar el estrés, la activación y el sueño. Por eso, se habla de corregulación.
Por eso muchos bebés parecen calmarse inmediatamente al estar en brazos o al recuperar el contacto físico durante la noche. El cuerpo del adulto funciona como una especie de “regulador externo” que les ayuda a relajarse.
De hecho, muchos especialistas en desarrollo infantil explican que los bebés no aprenden primero a calmarse solos para después recibir ayuda; ocurre más bien al revés. A través de miles de experiencias de regulación acompañada, el cerebro madura progresivamente.
Una de las razones por las que muchos bebés se despiertan al dejarlos en la cuna tiene que ver, entre otras cosas, con cómo funciona su sueño. Los ciclos de sueño infantiles son más cortos y más superficiales que los de un adulto, y pasan mucho más tiempo en fases de sueño ligero.
Además, entre ciclos realizan pequeñas “comprobaciones” inconscientes del entorno. Si se han dormido en brazos y de repente ya no sienten contacto, calor o movimiento, su cerebro detecta que algo ha cambiado.
Por eso algunos bebés necesitan mantener una mano encima, tocar una camiseta o dormir pegados a su madre o su padre para continuar durmiendo tranquilos.
En los últimos años, diferentes investigaciones sobre apego y neurodesarrollo han mostrado que el contacto físico puede ayudar a disminuir el nivel de alerta en los bebés.
Cuando están cerca de una figura de apego y sienten contacto corporal, su organismo suele relajarse más fácilmente. El ritmo cardíaco puede estabilizarse, disminuye la tensión corporal y les resulta más sencillo mantenerse dormidos.
Por eso muchos bebés parecen descansar mejor en brazos, pero también en el portabebés, apoyados sobre el pecho o simplemente tocando a uno de sus padres mientras duermen.
No todos los bebés necesitan el mismo nivel de contacto, pero para algunos esta cercanía tiene un efecto regulador muy potente, especialmente en etapas de mayor sensibilidad o cansancio.

Hay bebés capaces de dormirse solos desde muy pequeños y otros que necesitan muchísimo más acompañamiento físico. Y eso no significa necesariamente que unos estén mejor acostumbrados que otros.
El temperamento influye mucho. Algunos bebés son más sensibles al ruido, a los cambios o a la separación, y necesitan más contacto para sentirse tranquilos. También hay etapas del desarrollo en las que esta necesidad aumenta, como durante las crisis de sueño, los grandes avances motores o los periodos de mayor ansiedad por separación.
Muchos padres notan que su bebé pasa semanas durmiendo perfectamente y, de repente, vuelve a reclamar brazos o contacto continuo durante la noche. En la mayoría de los casos, forma parte de una fase evolutiva normal y temporal.

Diversas investigaciones han estudiado cómo influye la cercanía física en la regulación emocional y el sueño de los bebés durante los primeros meses de vida.
Uno de los trabajos más conocidos es el desarrollado por investigadores de la Universidad de Notre Dame, especializados en sueño materno-infantil. Sus estudios observaron que la proximidad física entre madre y bebé produce sincronizaciones fisiológicas entre ambos, especialmente en aspectos como la respiración, los despertares y los ciclos de sueño.
Además, otras investigaciones sobre apego y desarrollo temprano han mostrado que el contacto físico frecuente puede ayudar a disminuir los niveles de cortisol —la hormona relacionada con el estrés— y favorecer una mayor regulación emocional en los bebés.
Los expertos recuerdan que la capacidad de autorregularse durante el sueño madura poco a poco con el tiempo. Por eso, cuando un bebé necesita tocar a su madre o a su padre incluso dormido, no está manipulando ni “malacostumbrándose”. Simplemente está utilizando una de las herramientas de regulación más importantes que conoce desde que nació.
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