




















Aprende cómo corregir errores, mejorar la comunicación y reconstruir la confianza según una psicóloga.
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El error es humano y pese a nuestro empeño en evitarlo, en ocasiones, no resulta posible rodearlo, incluso ante nuestros hijos. En efecto, aunque intentemos dar la mejor versión de nosotros mismos, resulta arduo adoptar siempre el comportamiento adecuado. Factores como el cansancio, el estrés, las prisas o nuestras propias emociones pueden hacernos reaccionar de una manera que no se ciñe a lo que querríamos transmitir.
No significa que estemos fallando como padres: solo que contamos con ciertos límites y contradicciones. En este sentido, equivocarse también forma parte del aprendizaje. Por ello, resulta imprescindible aprender de situaciones equivocadas sobre todo cuando afectan directamente a nuestros hijos. Se presenta como una oportunidad para mostrar cómo se reconoce un error, cómo se asume la responsabilidad y cómo se repara el daño. ¿Pero cómo reaccionar bien? Toma nota de estos consejos expertos si te enfrentas a esta situación.
La psicóloga clínica Belén Bonnard detalla, vía Instagram (@belenbonnard), recomienda aplicar el método de las llamadas 4 R. Consiste en aplicar cuatro pautas que ayudarán a reparar el daño de una manera saludable.
La primera es reconocer el error y decir con honestidad “hijo, me equivoqué”. Es fundamental verbalizarlo para evitar confusiones o dar la sensación de que la culpa no es real.
La segunda, según la experta, es asumir la responsabilidad. Por ejemplo, una declaración como: “Me sentí tan enojada hace un momento, que no pude controlarme y te hablé de una forma que no es respetuosa” puede ser clave para transmitir que somos conscientes de nuestro error.
La tercera es reconciliarse. Es un momento clave que consiste en pedir abiertamente perdón. Tras reconocer la culpa, llega el paso de reparar el vínculo desde la cercanía y la humildad, mostrando al niño que entendemos cómo se ha podido sentir y que nos importa.
La cuarta y última planteada por la experta es resolver y buscar soluciones. Se trata de expresar cómo nos sentimos ante la situación y, a partir de ahí, implicar al niño en la búsqueda de alternativas. En todo caso, tal y como recuerda la profesional, equivocarse no es lo más grave. Lo realmente importante es saber pedir perdón. Esa es una habilidad que también se enseña, y la mejor forma de hacerlo es con el ejemplo.
Por muy difícil que resulte el proceso, es fundamental, para una crianza sana y consciente, asumir y rectificar el error. Cuando los padres son capaces de darse cuenta de que se han equivocado, refuerzan el vínculo con sus hijos y les transmiten habilidades emocionales clave.
Ser consciente del error permite repararlo y reconectar. Un niño que ve a sus padres asumir sus fallos entiende que el vínculo no se rompe por un conflicto, sino que puede fortalecerse. También le puede resultar útil para otras relaciones afectivas. En efecto, fomenta el aprendizaje emocional. Le ayuda a entender que es importante tener responsabilidad afectiva y empatía.

Asimismo, evita entrar en dinámicas autoritarias o incoherentes. Si un adulto exige respeto pero no reconoce cuando actúa mal, el mensaje pierde toda credibilidad. Un niño puede sentirse confundido ante estas contradicciones y no entender realmente cuál es el comportamiento adecuado. Si recibe mensajes difusos de sus propios padres, puede desestabilizarlo mental y emocionalmente.
Por lo tanto, no se trata de ser padres perfectos, sino de ser referentes sinceros, valientes y capaces de analizar su propio comportamiento. Es una lección valiosa tanto para unos como para otros.
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