






















¿Quieres que tu hijo aprenda a lidiar con las críticas? Un estudio de Stanford revela por qué algunos niños encajan mejor las críticas que otros… y todo comienza muy temprano.
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A nadie le gusta que lo critiquen. Ni a los niños. Ni a los adolescentes. Ni a nosotros, los adultos. Sin embargo, lo cierto es que no podemos escapar de las críticas. Un profesor escribirá un apunte negativo en un examen. Un entrenador señalará un fallo. Un amigo dirá algo que no queremos escuchar…
Cuando un niño no sabe encajar las críticas, reacciona de tres maneras: se pone a la defensiva, se bloquea o se hunde emocionalmente. Y ninguna de ellas lo ayuda a crecer. Por eso, una de las habilidades psicológicas más importantes que podemos enseñar a nuestros hijos es a afrontar las críticas sin derrumbarse.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford se propuso comprender por qué algunos niños lidian mejor con las críticas que otros. Para ello, reclutaron a 96 niños de aproximadamente cinco años y medio, junto con sus padres.
Observaron las interacciones familiares en el laboratorio y analizaron dos aspectos particularmente importantes:
Después llegó la parte interesante.
Los niños realizaron una tarea de dibujo y posteriormente recibieron comentarios críticos de un adulto. Mientras tanto, los investigadores registraban sus respuestas fisiológicas para conocer el nivel de regulación emocional y la capacidad del organismo para afrontar situaciones estresantes. Por tanto, no solo observaron cómo reaccionaban los niños por fuera, sino también cómo respondía su cuerpo por dentro cuando alguien señalaba errores en sus dibujos.
Los resultados fueron reveladores: los niños que habían desarrollado mejores experiencias de corregulación positiva con sus padres mostraban respuestas fisiológicas más adaptativas cuando recibían críticas. En vez de quedarse paralizados o sentirse desbordados, se implicaban más en la situación y la afrontaban de manera más saludable.

La capacidad para gestionar las críticas se construye desde muy temprano, a través de cientos de pequeñas experiencias cotidianas en las que los niños aprenden a gestionar las emociones incómodas con la ayuda de sus padres.
¿Qué significa eso en la práctica?
Muchos padres intentan proteger a sus hijos de las críticas, pero en realidad lo más importante es enseñarles a lidiar con las emociones negativas que estas generan, como la vergüenza, decepción, enfado, frustración o inseguridad.
Básicamente, si un niño nunca aprende a convivir con esas emociones, tampoco aprenderá a gestionar las críticas. La clave no radica en eliminar el malestar, sino en acompañarlo. Eso implica que la capacidad para encajar críticas no se construye cuando alguien corrige a tu hijo, sino que empieza mucho antes: cuando pierde un juego, se equivoca haciendo los deberes o no consigue hacer algo.
La corregulación positiva no se limita a ser cariñosos o validar las emociones infantiles, los investigadores constataron que es necesario mostrar:

Básicamente, no se trata solo de ser amables o estar disponibles, sino de convertirnos en una especie de regulador emocional externo cuando aparecen las dificultades. Imagina, por ejemplo, que tu hijo está construyendo una torre y se le derrumba.
Una corregulación positiva no sería decir: “no pasa nada”. Pero tampoco sería decirle que no llore por eso y mucho menos reconstruir la torre en su lugar. Sería algo más parecido a “veo que te has enfadado/entristecido porque se cayó. Respira un momento. ¿Qué crees que puedes hacer ahora?”.
En práctica, lo que haces es:
Así tu hijo aprende algo importante: algunas emociones (como las que generan las críticas) pueden ser desagradables, pero son manejables. Como resultado, cuando alguien les señale un error, su cerebro no lo interpretará automáticamente como una amenaza porque sabrá atravesar frustraciones, decepciones, errores y dificultades sin perder el equilibrio.
Si tuviera que resumir el mensaje del estudio para los padres en una sola frase, sería esta: los niños aprenden a encajar las críticas no porque les expliquemos que deben aceptarlas, sino porque les enseñamos a gestionar las emociones desagradables que estas generan.
Y esa enseñanza se produce mucho antes de que alguien critique su dibujo, su examen o su comportamiento. Ocurre cada vez que los ayudamos a afrontar la frustración, la rabia o la decepción sin minimizarla, dramatizarla y, sobre todo, sin resolverla por ellos.
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