

























¿Te cuesta decir “no” a tu hijo o te sientes culpable cuando lo haces? Los niños necesitan estructura, orden y previsibilidad. Y eso solo se logra con límites claros. Esto son los 3 límites que recomienda una psicóloga.
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Con la llegada de la crianza respetuosa, la palabra “disciplina” hace enarcar la ceja a más de un padre, preocupado por la posibilidad de que poner límites pueda dañar a sus hijos, como si cualquier forma de estructura y firmeza dejasen una huella negativa de por sí.
Sin embargo, los psicólogos sabemos muy bien que los niños necesitan límites claros y coherentes mientras crecen. Un entorno sin estructura ni reglas no fomenta la libertad, genera incertidumbre. Y la incertidumbre, en la infancia, suele traducirse en inseguridad y comportamientos disruptivos.
En contraposición, tener pocas reglas, pero claras, contribuye a crear un entorno más seguro y fiable donde el niño puede crecer y explorar teniendo algunos puntos de referencia básicos. Por tanto, la pregunta no es si ponemos límites, sino cuáles son realmente importantes. Te doy algunas pistas.
El límite es claro: “no está permitido lastimar a los demás ni que te lastimes”.
Puede parecer obvio, pero en la práctica no siempre lo aplicamos correctamente (o sería mejor decir a tiempo), ya que a veces, temiendo coartar la expresión y libertad infantil, acabamos interviniendo cuando el niño pega, empuja o se descontrola físicamente.
Por supuesto, no somos adivinos, no siempre podemos prever ni adelantarnos a esos comportamientos, pero los peques deben tener claro que no está permitido hacer daño a los demás ni a sí mismos, y recordárselo con firmeza cuando la situación se está volviendo intensa es la mejor manera para evitar que crucen ese límite.
La clave es intervenir rápido, con calma y sin dar largas explicaciones. Por ejemplo, puedes sujetar sus manos si intenta pegar y decirle con voz firme: “No puedes pegar.” Sin gritos ni sermones, con serenidad.
Después, cuando tu hijo se haya calmado, puedes explicarle por qué no puede pegar a los demás y proponerle comportamientos alternativos para la próxima vez. Por ejemplo: “si estás enfadado, puedes decírmelo, pero no pegar”. El orden, en este caso, importa mucho porque primero va la contención y luego la enseñanza.

El límite general sería: “hay normas que se deben cumplir”.
Las rutinas aportan un elemento esencial a la seguridad emocional infantil: predictibilidad. Los niños no necesitan tener un control absoluto sobre lo que ocurre, pero deben poder anticipar ciertas cosas. Deben saber qué viene después, qué esperas de ellos y qué pueden esperar de los adultos. Esa coherencia le transmite la sensación de que el mundo no es un sitio caótico, sino que existe cierto orden y lógica.
Cuando todo es negociable, cada día se decide desde cero o cambias constantemente de criterio, tu hijo entra en un estado de incertidumbre constante. Y la incertidumbre, a nivel psicológico, activa la necesidad de control. Eso explica muchas luchas diarias. No se deben a que el niño quiera “ganar”, sino a que necesita saber qué va a pasar y, si no lo tiene claro, intenta imponer sus normas.
Tener rutinas bien establecidas no eliminará por arte de magia la resistencia, pero al menos reducirá la necesidad de negociar constantemente. Cuando hay reglas y normas en casa, el foco pasa del “si lo hacemos o no” al “cómo vamos a hacerlo”.
Primero, define una secuencia clara y realista, acorde a la edad de tu hijo. Por ejemplo, si sabes que tu hijo regresa cansado del cole y que por la noche no se concentra, elige el mejor momento de la jornada para hacer los deberes y crea una rutina positiva y agradable. Después, solo tienes que mantener ese orden. Eso no significa aplicarlo con rigidez extrema, pero al menos debes intentar que sea coherente la mayoría de los días.
Por tanto, en vez de preguntarle cada vez que regresa del cole si quiere hacer los deberes, puedes decirle simplemente que es hora de sentarse a estudiar. La diferencia parece sutil, pero es clave porque no negocias lo que tiene que hacer, aunque puedes darle opciones para que elija dentro de ese marco: “¿prefieres empezar por Mates o por Ciencias?”.

El límite sería: “está bien sentirte así, pero no está bien expresarlo de ese modo”.
Muchos padres y madres se confunden en este punto porque han leído y escuchado por activa y por pasiva que las emociones no deben reprimirse. El problema es que muchas veces entienden ese “mandamiento” de manera errónea, asumiendo que hay que permitir cualquier conducta asociada a la emoción.
Como psicóloga, suelo explicar que validar la emoción no implica aceptar cualquier forma de expresión. Las emociones son reacciones internas, muchas veces automáticas, ante lo que ocurre. Y eso es perfectamente legítimo. Lo que no es legítimo es expresarla de cualquier manera ya que el comportamiento es regulable y educable.
De hecho, cuando no pones límites a la conducta, el mensaje implícito que recibe tu hijo es que sus emociones son tan intensas que nadie puede contenerlas. Y eso no tranquiliza, al contrario, generalmente alimenta la desregulación.
Con este límite el niño se siente comprendido y guiado. Entiende que no tiene que esconder lo que siente ni avergonzarse por ello, pero también que existen formas de expresarlo más respetuosas con los demás y consigo mismo. Esa combinación es la base de la autorregulación emocional.
Primero valida la emoción. Puedes decirle: “veo que estás muy enfadado”. Luego marca el límite conductual: “no puedes gritar así”. Y, siempre que sea posible, ofrece alternativas: “puedes explicarme por qué estás enfadado o sentarte conmigo para respirar profundo”.
Es importante que tu tono de voz sea firme, pero calmado. En estos casos, sobre todo cuando el niño aún es pequeño, tu papel como padre o madre consiste en co-regular sus emociones dándole herramientas para que aprenda a tranquilizarse.
En el fondo, estos tres límites comparten una misma lógica: no restringen al niño, sino que lo apoyan y guían. No están diseñados para controlar a la vieja usanza, sino para ayudarlo a construir, poco a poco, el autocontrol. Ser firme no es lo opuesto a ser respetuoso. De hecho, cuando la firmeza es clara, predecible y emocionalmente contenida, se convierte en una de las formas más profundas de amor y cuidado.
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