









¿Por qué decimos “mamá te quiere” en lugar de “yo te quiero” cuando hablamos con un bebé? ¿Y cómo influye esto en el lenguaje infantil?
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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“Ahora mamá te cambia el pañal”, “papá viene enseguida”, “mamá te quiere mucho”. Si tienes un bebé en casa, es muy probable que hayas pronunciado alguna de estas frases sin darte cuenta. Y si no lo has hecho tú, seguramente las has escuchado en boca de otros padres, abuelos o cuidadores.
Lo curioso es que casi nadie se para a pensar por qué ocurre. ¿Por qué dejamos de decir “yo” y empezamos a hablar de nosotros mismos en tercera persona? ¿Es una manía? ¿Una forma de hablar heredada? ¿O tiene alguna utilidad para el desarrollo del bebé?
Hablar en tercera persona con los bebés es una práctica muy extendida en diferentes familias y culturas. De hecho, suele surgir de forma espontánea. Sin planearlo, muchos adultos empiezan a decir “mamá está aquí” o “papá te quiere” cuando se dirigen a sus hijos pequeños. También, en ocasiones, utilizamos esta tercera persona para dirigirnos al propio niño: en lugar de "tú recoges los juguetes muy bien" decimos "Pablo recoge los juguetes muy bien".
Y no es el único cambio que hacemos. También solemos hablar más despacio, exagerar la entonación, repetir palabras y utilizar frases sencillas. Todo ello forma parte de una forma de comunicación adaptada a los bebés que busca captar su atención y facilitar la interacción.
Pero ¿por qué precisamente recurrimos a palabras como “mamá” o “papá” en lugar de utilizar el pronombre “yo”?

Para un adulto, distinguir entre “yo”, “tú” o “mamá” resulta automático. Sin embargo, para un bebé que está empezando a descubrir el lenguaje no ocurre lo mismo.
Piensa en esto: cuando una madre dice “yo”, se refiere a sí misma. Pero cuando el padre utiliza exactamente la misma palabra, “yo” ya significa otra persona distinta. El referente cambia continuamente según quién esté hablando. En cambio, palabras como “mamá” o “papá” siempre apuntan a las mismas personas. Son etiquetas mucho más estables dentro del entorno del bebé.
Precisamente esta cuestión fue analizada por un trabajo publicado en la revista Language Learning and Development que estudió cómo los padres utilizan los pronombres personales y las referencias como “mamá” o “papá” al hablar con sus hijos pequeños.

Su conclusión es especialmente interesante: los niños parecen estar preparados para aprender el sistema de pronombres personales y una exposición mixta —es decir, escuchar tanto “yo” y “tú” como “mamá” y “papá”— puede favorecer ese aprendizaje.
Esto significa que el uso de la tercera persona no sería una técnica mágica ni una estrategia imprescindible para enseñar a hablar, sino una parte natural del entorno lingüístico que muchos niños experimentan desde sus primeros meses de vida.
Entonces, ¿por qué lo hacemos? Una posible explicación es que los adultos adaptamos intuitivamente nuestro lenguaje cuando hablamos con un bebé. Al utilizar palabras constantes como “mamá” o “papá”, ofrecemos referencias fáciles de reconocer mientras el pequeño todavía está construyendo su comprensión del lenguaje.
Eso no quiere decir que decir “yo” sea incorrecto. De hecho, los estudios disponibles no indican que una forma sea superior a la otra. Al contrario, la evidencia sugiere que escuchar ambas expresiones ayuda al niño a entender cómo funciona realmente el lenguaje cotidiano. Por eso es completamente normal alternar frases como “mamá te coge en brazos” con otras como “yo te ayudo” sin que ello suponga ningún problema.

Si algo destaca la investigación sobre desarrollo infantil es que el factor decisivo no es utilizar siempre una fórmula concreta, sino hablar mucho con el bebé.
Describir lo que ocurre, responder a sus balbuceos, cantar, leer cuentos, mantener contacto visual y conversar durante las rutinas diarias son hábitos que enriquecen enormemente su aprendizaje del lenguaje.
Lo más curioso de todo es que, como estamos tan acostumbrados a hablar en tercera persona a nuestros bebés, muchos padres ni siquiera se dan cuenta de que lo hacen. No hay por qué preocuparse porque no hay pruebas de que esta costumbre perjudique el desarrollo del lenguaje ni de que sea necesario evitarla. Tampoco existe evidencia de que deba utilizarse de forma deliberada para estimular el habla.
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