






















Los nacidos en los 60 y 70 sabían entretenerse solos porque el juego libre era su principal forma de ocio. Y esta habilidad se está perdiendo
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
Creado: Actualizado:
Hubo un tiempo en el que aburrirse formaba parte de la infancia. No era algo que hubiera que evitar ni corregir, sino que simplemente ocurría por el tipo de ocio que estaba disponible para las clases medias. Los niños pasaban horas sin actividades organizadas, sin pantallas y sin adultos pendientes de entretenerlos constantemente. Cuando aparecía el aburrimiento, tenían que buscar una solución por sí mismos.
Para quienes nacieron entre 1960 y 1970, aquella experiencia fue habitual. Salían a la calle, improvisaban juegos, construían refugios con cualquier material que encontraban o pasaban la tarde imaginando historias. Lo que entonces parecía una consecuencia natural de la vida cotidiana podría haber contribuido al desarrollo de una habilidad cada vez menos frecuente: la capacidad de entretenerse solos.
La psicología lleva años estudiando el valor de esos momentos aparentemente vacíos. Y las conclusiones apuntan a que el aburrimiento, lejos de ser un enemigo, puede desempeñar un papel importante en el desarrollo de la creatividad, la autonomía y la capacidad para desenvolverse sin depender de estímulos constantes.

Durante gran parte del siglo XX, la infancia disponía de algo que hoy escasea: tiempo libre sin una finalidad concreta. Fuera del horario escolar, muchos niños organizaban sus propias actividades. No existían aplicaciones, plataformas de vídeo ni un flujo permanente de contenidos diseñado para captar su atención. Sus padres tampoco les apuntaban a actividades extraescolares eternas que les mantenían ocupados por las tardes.
Aquella realidad, en la que había más tiempo ocioso, obligaba a tomar decisiones continuamente. Había que pensar qué hacer, con quién jugar o cómo ocupar una tarde larga de verano. Aunque en ocasiones resultara incómodo, el aburrimiento actuaba como un detonante que empujaba a buscar alternativas.
Pero, aunque parezca lo contrario, los expertos señalan que estos periodos de inactividad no son necesariamente negativos. Al contrario, pueden convertirse en oportunidades para desarrollar recursos internos de una forma muy creativa. Cuando no existe una fuente inmediata de entretenimiento, el cerebro comienza a explorar posibilidades, imaginar escenarios y generar nuevas ideas.
Por eso, muchos psicólogos consideran que el aburrimiento forma parte de un proceso natural de aprendizaje y adaptación que acompaña al desarrollo infantil.

Saber entretenerse sin depender constantemente de estímulos externos es una capacidad compleja. Hoy en día, cuando no tenemos nada que hacer, adultos y niños cogemos el móvil y caemos en un bucle casi infinito de hacer scroll que pone en pausa nuestra creatividad. Pero antes, un pequeño necesitaba desarrollar habilidades relacionadas con la imaginación, la iniciativa, la curiosidad y cierta tolerancia a la frustración. También requiere aprender a gestionar momentos en los que no ocurre nada especialmente emocionante.
Las personas que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 tuvieron numerosas oportunidades para practicar esta habilidad. En ausencia de entretenimiento inmediato, debían crear sus propios juegos, inventar reglas, transformar objetos cotidianos en juguetes o encontrar formas de ocupar el tiempo.
Lejos de ser una simple anécdota generacional, esta experiencia puede tener consecuencias relevantes en el desarrollo personal. La capacidad para estar a solas con los propios pensamientos, buscar soluciones de manera autónoma o iniciar actividades sin depender de instrucciones externas está relacionada con competencias que siguen siendo valiosas en la vida adulta.
No se trata de idealizar el pasado ni de afirmar que cualquier tiempo anterior fue mejor. Sin embargo, muchos especialistas coinciden en que el juego espontáneo y la autonomía infantil ofrecían un entrenamiento que hoy aparece con menos frecuencia.
En los últimos años, diversos investigadores han intentado comprender mejor el papel que desempeña el aburrimiento en el comportamiento humano. Una revisión científica publicada en Frontiers in Sociology plantea que esta emoción puede actuar como una señal que impulsa a las personas a explorar, aprender y buscar nuevas experiencias.
Según los autores, el aburrimiento no debe interpretarse únicamente como una sensación desagradable. También puede funcionar como un mecanismo que favorece la adaptación al entorno. Cuando una actividad deja de resultar estimulante, es necesario buscar alternativas que aporten novedad, significado o desafío.
Esta perspectiva ayuda a entender por qué tantos niños en décadas pasadas transformaban el aburrimiento en creatividad. Ante la falta de opciones inmediatas, se veían obligados a generar ideas propias. En cierto modo, aprendían a convertirse en la fuente de su propio entretenimiento.
Los investigadores destacan además que esta capacidad puede contribuir al desarrollo de habilidades relacionadas con la exploración, la resolución de problemas y la iniciativa personal. Aspectos que continúan siendo importantes durante la adolescencia y la vida adulta.

Uno de los grandes beneficiados de esos momentos de aparente inactividad era el juego imaginativo. Un palo podía convertirse en una espada, una caja en una nave espacial y un descampado en el escenario de una aventura inolvidable.
La imaginación florece especialmente cuando no existe una estructura rígida que dirija cada minuto del tiempo libre. En esos espacios abiertos, los niños crean personajes, inventan historias y desarrollan mundos propios. No siguen un guion establecido, sino que lo construyen.
Este tipo de juego favorece habilidades cognitivas y emocionales esenciales, ya que permite experimentar distintos roles, ensayar soluciones a problemas hipotéticos y desarrollar el pensamiento divergente.
Precisamente por eso, algunos expertos observan con preocupación la reducción progresiva de los tiempos muertos en la infancia. Cuando cada momento está ocupado por actividades dirigidas o por entretenimiento digital inmediato, disminuyen las oportunidades para que la imaginación tome la iniciativa.
La capacidad de entretenerse solo no pertenece únicamente al pasado, aunque las personas que nacieron entre 1960 y 1970 tuvieron la posibilidad de ejercitarla. Sigue siendo una habilidad valiosa en cualquier etapa de la vida. Las personas que saben gestionar momentos de aburrimiento suelen depender menos de estímulos externos para sentirse ocupadas y encuentran con mayor facilidad actividades que les resultan satisfactorias.
En una época marcada por las notificaciones constantes y el acceso instantáneo al entretenimiento, aprender a convivir con pequeños momentos de vacío puede resultar más importante de lo que parece. No porque haya que renunciar a la tecnología, sino porque el desarrollo infantil también necesita espacios para la exploración espontánea.
Quizá por eso la psicología sigue prestando atención a aquellas infancias de los años sesenta y setenta. No porque fueran perfectas, sino porque ofrecían algo que hoy en día parece tan escaso como la oportunidad de descubrir que, cuando no había nada que hacer, siempre era posible inventar algo.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。