




















Tu hijo merece tener amistades sanas y positivas, pero para ello necesita aprender a identificar cómo son los buenos amigos.
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Hay amistades infantiles que dejan huella para toda la vida. Y otras que, aunque parezcan “cosas de niños”, pueden afectar muchísimo a la autoestima, la seguridad y la forma en la que un niño aprende a relacionarse con los demás.
Por eso, no basta con enseñar a los niños a hacer amigos. También necesitan aprender a reconocer cuándo una amistad les hace sentir bien… y cuándo no.
La maestra y mamá Judit Leyva ha compartido en redes (@educaparasentir) una reflexión que ha conseguido muchos 'me gusta' porque pone palabras sencillas a algo que muchos niños todavía no saben identificar: qué los buenos amigos.
Y quizá lo más interesante es que no habla de amistades “perfectas”, sino de relaciones donde los niños se sienten seguros, respetados y queridos.

Muchas veces pensamos que los niños detectan automáticamente cuándo alguien no les trata bien. Pero no siempre ocurre.
Hay niños que normalizan que se rían de ellos; otros creen que deben aguantar ciertas cosas “para tener amigos”; y algunos incluso terminan sintiéndose culpables cuando otro niño les excluye o les hace daño.
Por eso es tan importante hablar de amistad en casa de forma natural, igual que hablamos de emociones, límites o autoestima.
Según explica Judit Leyva, hay varias señales muy claras que pueden ayudar a los niños a identificar a los buenos amigos.
Los niños pequeños todavía están aprendiendo a gestionar conflictos, enfados y celos. Pero una cosa es discutir y otra muy distinta ridiculizar, humillar o hablar constantemente mal de alguien a sus espaldas.
Cuando un niño siente que otros se burlan de él o cuentan cosas suyas para hacer daño, suele aparecer inseguridad y miedo al rechazo.
Por eso conviene enseñarles algo sencillo: un amigo puede enfadarse contigo… pero no disfruta haciéndote daño.
Querer jugar a veces con otros niños es completamente normal. El problema aparece cuando un niño utiliza la exclusión para controlar, castigar o hacer sentir mal a otro. Frases como “tú no juegas”, “si no haces esto no eres mi amigo” o “nadie quiere estar contigo” pueden afectar muchísimo más de lo que parece.
Ayudarles a identificar estas dinámicas les permite entender que sentirse apartado continuamente no es una amistad sana.
Las bromas constantes sobre el cuerpo, la ropa, la forma de hablar o cualquier característica personal terminan dañando la autoestima. Un amigo de verdad no necesita humillar para divertirse.

La empatía también se aprende desde pequeños.
Un niño que consuela, acompaña, pregunta qué ocurre o intenta ayudar cuando otro está triste está desarrollando habilidades emocionales fundamentales. Todo ello le convierte en un buen amigo.
Y es importante que nuestros hijos aprendan a valorar ese tipo de gestos mucho más que la popularidad o el número de amigos.
Esta señal parece pequeña, pero dice mucho de una persona. Los buenos amigos no compiten constantemente ni intentan hacer sentir menos al otro cuando logra algo importante.
Celebrar los éxitos ajenos —aunque sean pequeños— es una de las bases de las relaciones sanas desde la infancia.
A veces los niños sienten mucha presión por encajar. Y eso puede llevarles a aceptar situaciones incómodas solo para no quedarse solos. Por eso conviene repetirles algo fundamental: un amigo no obliga, no amenaza ni hace sentir culpable por decir “no”.
Aprender esto desde pequeños puede ayudarles muchísimo también en la adolescencia.

Hay niños que terminan normalizando amistades que les generan ansiedad, nervios o tristeza porque creen que “es lo que toca”.
Una buena pregunta para hacerle a tu hijo de vez en cuando es: “¿Cómo te sientes cuando estás con ese amigo?”. La respuesta suele decir mucho más de lo que parece.
El respeto a los límites empieza en la infancia.
Si un niño dice que no quiere jugar a algo, no quiere cosquillas, no quiere compartir algo concreto o simplemente necesita espacio, sus amigos deben aprender a respetarlo. Y nuestros hijos también necesitan saber que tienen derecho a poner límites sin perder el cariño de los demás.
Todas las amistades tienen conflictos. La diferencia está en cómo se gestionan. Los buenos amigos intentan hablar, arreglar las cosas y encontrar soluciones juntos. No utilizan el silencio, las amenazas o el rechazo para castigar.
Hablar de amistad en casa cambia más de lo que parece
Los niños aprenden muchísimo de las conversaciones cotidianas: cuando les escuchamos después del colegio, cuando validamos lo que sienten o cuando les enseñamos que una amistad sana debe hacerles sentir seguros, respetados y queridos.
No se trata de elegirles los amigos, sino de darles herramientas para reconocer quién les hace bien… y quién no.
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