

























¿Y si estuvieras ayudando demasiado a tu hijo sin darte cuenta? Una psicóloga desvela 5 acciones cotidianas que pueden limitar su autonomía de cara al futuro.
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La crianza es, probablemente, una de las tareas más difíciles a la que nos enfrentamos en la vida. Por una parte, queremos proteger a nuestros hijos pero, por otra, somos conscientes de que debemos prepararlos para el mundo. Y esas dos metas no siempre van de la mano.
De hecho, muchas de las cosas que hacemos a diario y de las decisiones que tomamos nacen del amor y el deseo de evitarles frustraciones. El problema es que, sin darnos cuenta, algunas de esas pequeñas “ayudas” pueden acabar enviando un mensaje peligroso: “no puedes valerte por ti mismo”. Y cuando ese mensaje se repite una y otra vez, los niños tienen menos oportunidades para desarrollar su autonomía.
Autonomía no significa dejar que tu hijo haga todo solo desde pequeño. Consiste en irle dando oportunidades para que pueda tomar decisiones, asumir responsabilidades y aprender de las consecuencias de sus actos (todo acorde a su edad y nivel de madurez psicológica).
Como señalaba Maria Montessori, uno de los mayores regalos que podemos hacer a un niño es ayudarle a hacer las cosas por sí mismo. De hecho, la Teoría de la Autodeterminación señala que la autonomía es uno de los pilares del bienestar psicológico y clave para la motivación intrínseca.
Un estudio longitudinal desarrollado en la Universidad de Virginia constató que los adolescentes que desarrollaban una mayor autonomía y capacidad para tomar decisiones en el marco de unas relaciones familiares de apoyo mostraban una mejor adaptación social y salud emocional en la adultez temprana.
Cuando los niños sienten que pueden influir sobre su entorno y tomar decisiones acordes a su edad, desarrollan más confianza, iniciativa y resiliencia. Sin embargo, en la vida cotidiana tomamos pequeñas decisiones aparentemente inocuas o con la intención de ayudarlos que en realidad pueden limitar su percepción de competencia.

A veces elegimos la ropa de nuestros hijos porque vamos con prisa. O porque queremos evitar combinaciones imposibles que desafíen los mandamientos estéticos. Sin embargo, ese acto aparentemente banal es un entrenamiento para la toma de decisiones.
Cuando un niño elige entre dos camisetas o decide qué chaqueta llevar, en realidad está practicando habilidades complejas como comparar opciones, anticipar consecuencias y responsabilizarse de sus elecciones.
Y sí, a veces se equivocará. Quizá quiera salir sin abrigo y descubra que hace frío, pero siempre que no exista un riesgo real para su salud, esas pequeñas consecuencias son maestras de vida extraordinarias. Los errores propios enseñan más que una reprimenda.
Quizá esta escena te resulte familiar: alguien pregunta al niño “¿Cómo te llamas?” o “¿Qué tal te fue en el colegio?” y, antes de que abra la boca, respondemos en su lugar. Lo hacemos para ayudar, evitar silencios incómodos o porque sabemos que es tímido.
Sin embargo, cuando hablamos sistemáticamente en nombre de nuestros hijos, les privamos de la posibilidad de usar su propia voz y aprender a expresar su opinión. Si siempre intervenimos, el niño puede asumir que otros hablarán por él o que sus respuestas no son necesarias.
Con el tiempo, eso puede reforzar la dependencia y disminuir su sensación de eficacia. A veces, basta con esperar solo unos segundos más y dejar que nuestros hijos encuentren su respuesta. Quizá no sea perfecta, pero al menos será suya.
Después de un día agotador, recoger los juguetes uno mismo puede parecer la opción más rápida. Y, seamos sinceros, a veces lo es. A veces simplemente no nos apetece pedirle mil veces que organice solo para que nuestras palabras choquen contra el muro de la indiferencia más absoluta.
Sin embargo, no debemos olvidar que cada vez que hacemos una tarea que nuestros hijos podrían realizar perfectamente, estamos perdiendo una oportunidad educativa. Las pequeñas responsabilidades domésticas no solo enseñan orden, también van estimulando la autonomía.
Cuando los niños recogen sus juguetes van comprendiendo que son capaces de hacerse cargo de sus cosas y de contribuir al bienestar familiar. A fin de cuentas, la autonomía se construye en pequeños actos repetidos día tras día que van sumando nuevas responsabilidades.

Que levante la mano el padre o la madre que no haya preparado la mochila de su hijo, aunque este podía hacerlo perfectamente. O que no la revise antes de salir de casa, “por si acaso” ha olvidado algo.
El problema es que ese “por si acaso” se convierte en una forma de asumir responsabilidades que corresponden al niño. Preparar la mochila implica planificar, organizar y recordar compromisos, habilidades que se fortalecen precisamente cuando se practican.
Y sí, algunas veces olvidarán un libro o un estuche. Pero esas pequeñas consecuencias suelen ser mucho menos dolorosas que descubrir en la adultez que no son capaces de solucionar sus problemas porque siempre han tenido a alguien que le saque las castañas del fuego. Nuestro objetivo como padres no es evitarles todos los errores, sino ayudarlos a desarrollar los recursos para afrontarlos.
La infancia actual está más planificada que nunca. De las clases los niños pasan a las actividades extraescolares, los deportes y las pantallas, por lo que el tiempo del juego libre se ha comprimido y tienen cada vez menos oportunidades para aburrirse.
Y aunque ese insistente “mamá, estoy aburrido” puede llegar a ser desesperante, no es menos cierto que es en esos momentos en los que el cerebro comienza a buscar alternativas. Cuando le encendemos la televisión, le damos la tablet o le proponemos un juego, impedimos que desarrollen iniciativa propia y aprendan a autorregularse.
A veces, una frase tan simple como “¿Qué se te ocurre hacer?” puede ser todo lo que tu hijo necesita para buscar por sí mismo qué hacer con su tiempo libre.
Ser padres implica asumir que cuanto mejor criamos a nuestros hijos, menos nos necesitan. Eso no significa dejar de cuidar, supervisar o proteger, sobre todo cuando son pequeños, sino ajustar nuestra ayuda al nivel que realmente necesitan, dejando espacio para que practiquen, fallen y vuelvan a intentarlo.
Porque la autonomía no aparece de golpe cuando cumplen 18 años, se va construyendo en cientos de pequeñas oportunidades cotidianas, desde elegir una camiseta hasta responder una pregunta, preparar una mochila o descubrir qué hacer cuando se aburren.
Y quizá una de las tareas más difíciles de la crianza sea precisamente esa: resistir la tentación de hacer por nuestros hijos aquello que ya pueden intentar por sí mismos. Al fin y al cabo, el objetivo no es criar niños que dependan siempre de nosotros, sino personas capaces de desenvolverse en el mundo con confianza y responsabilidad. Eso nos dará la tranquilidad de saber que, aunque tropiecen, tendrán recursos para volver a levantarse.
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