



















Un equipo de investigadores ha documentado por primera vez cómo las focas monje del Mediterráneo utilizan pequeñas cuevas ocultas bajo el mar como refugio frente a la presión humana en las costas griegas.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Las aguas cristalinas del mar Jónico, al oeste de Grecia, parecen un paraíso intacto. En torno al pequeño islote de Formícula, los turistas navegan cada verano entre cuevas marinas, playas rocosas y praderas submarinas de posidonia. Pero bajo esa imagen idílica se esconde una historia mucho más inquietante: una de las especies más amenazadas del planeta está cambiando su comportamiento para escapar de los humanos.
Un estudio publicado recientemente en la revista Oryx ha revelado un hallazgo tan sorprendente como preocupante. Las focas monje del Mediterráneo, consideradas los pinnípedos más raros del mundo, han comenzado a refugiarse en pequeñas cámaras ocultas bajo el agua, conocidas como cuevas burbuja. Allí descansan, duermen e incluso pasan largas horas flotando en silencio, lejos del ruido de las embarcaciones y de la presencia constante de visitantes.
El descubrimiento no solo aporta nueva información sobre el comportamiento de estos animales, sino que también refleja hasta qué punto la presión humana está modificando la vida de una especie que durante siglos ocupó libremente las playas del Mediterráneo.
La foca monje del Mediterráneo (Monachus monachus) fue en otro tiempo habitual en muchas costas del sur de Europa, el norte de África y Oriente Próximo. Las crónicas antiguas describían colonias descansando al sol en playas abiertas. Sin embargo, siglos de persecución, pesca intensiva, destrucción del litoral y turismo masivo empujaron a la especie hacia lugares cada vez más inaccesibles.
Hoy apenas sobreviven unos pocos cientos de ejemplares repartidos entre Grecia, Turquía y algunas zonas del Atlántico oriental. Y, aunque las poblaciones muestran una lenta recuperación, los científicos consideran que siguen siendo extremadamente vulnerables.
Hasta ahora, los investigadores sabían que las focas monje utilizaban cuevas marinas apartadas para descansar y criar a sus crías. Estas cuevas suelen tener una entrada protegida, una piscina interior y una pequeña playa donde los animales pueden salir del agua. Pero el nuevo estudio demuestra que algunas focas están optando por algo todavía más extremo: esconderse en cavidades completamente ocultas bajo la superficie.
Tal y como indica el estudio, el hallazgo se produjo casi por accidente. En 2019, investigadores del Tethys Research Institute y de la Octopus Foundation instalaron un sistema autónomo de cámaras en una gran cueva marina de Formícula para monitorizar la presencia de focas monje. Mientras exploraban la zona, descubrieron un estrecho corredor submarino que conducía hacia una pequeña cavidad oculta.
Aquella cámara natural tenía apenas unos metros de extensión y solo podía alcanzarse atravesando túneles sumergidos. En la parte superior existía una bolsa de aire que permitía respirar a los animales. Era una auténtica cueva burbuja: invisible desde el exterior y prácticamente imposible de detectar para cualquier visitante.
Intrigados por el hallazgo, los investigadores instalaron una cámara submarina resistente al agua para comprobar si las focas utilizaban aquel espacio. Lo que encontraron superó todas las expectativas.

Durante 141 días de observación repartidos entre 2020 y 2021, las cámaras registraron la presencia de focas en la cueva principal únicamente en 30 días. En cambio, la pequeña cueva burbuja fue utilizada en 119 jornadas, una diferencia enorme que evidenciaba una clara preferencia por el escondite submarino.
Las imágenes mostraban a los animales descansando tranquilamente en el interior de la cavidad. A veces flotaban inmóviles en la superficie; otras dormían apoyadas en el fondo rocoso. En ocasiones aparecían varios individuos juntos compartiendo el reducido espacio.
Los científicos también documentaron un comportamiento muy llamativo. Las focas permanecían suspendidas verticalmente dentro del agua, casi inmóviles, como si estuvieran flotando en estado de somnolencia. Algunas incluso aparecían boca abajo con los orificios nasales sumergidos, aguantando la respiración mientras descansaban.
Las focas monje del Mediterráneo han empezado a esconderse en pequeñas cuevas submarinas invisibles para los turistas, un comportamiento nunca documentado con tanto detalle.
A simple vista, las cuevas burbuja parecen lugares poco adecuados para estos animales. Son oscuras, húmedas y no poseen plataformas secas donde las focas puedan descansar fuera del agua. Desde un punto de vista biológico, las playas abiertas siguen siendo el entorno ideal para termorregularse, secar el pelaje o criar a las crías.
Precisamente por eso el descubrimiento resulta tan revelador.
Tal y como ha adelantado el equipo científico, las focas probablemente están recurriendo a estos escondites porque ofrecen algo todavía más importante: tranquilidad. Durante el verano, la presión turística sobre muchas cuevas marinas del Mediterráneo se ha disparado. Embarcaciones recreativas, kayaks y bañistas acceden constantemente a lugares donde las focas intentan descansar o reproducirse.
En Formícula, los investigadores habían observado previamente cómo algunos turistas se acercaban demasiado a los animales e incluso penetraban en las cuevas utilizadas por las focas. En situaciones extremas, esta perturbación puede provocar que las madres se separen de sus crías o abandonen refugios considerados seguros.
Las cuevas burbuja solucionan parcialmente ese problema. Sus accesos sumergidos actúan como barreras naturales frente a los humanos. Además, al ser prácticamente invisibles desde el exterior, pasan desapercibidas incluso en zonas muy visitadas.
El hallazgo sugiere que las focas monje están adaptando activamente su comportamiento para sobrevivir en un Mediterráneo cada vez más saturado de actividad humana.

Hasta ahora, muchos estudios sobre hábitats adecuados para la foca monje descartaban las cuevas sin playas interiores, considerándolas poco útiles para la especie. Sin embargo, esta investigación plantea que esos espacios podrían desempeñar un papel mucho más importante del que se pensaba.
Las cuevas burbuja no sirven para criar cachorros ni para largas estancias fuera del agua, pero sí pueden funcionar como refugios temporales y zonas de descanso relativamente seguras. En otras palabras: son pequeños escondites estratégicos dentro de un litoral cada vez más hostil.
Los autores del estudio consideran que este tipo de cavidades deberían incorporarse a los programas de protección y evaluación de hábitats. De hecho, el trabajo coincide con nuevas medidas impulsadas por Grecia para limitar la presión humana en torno a Formícula.
A finales de 2024, el gobierno griego aprobó una zona de acceso restringido alrededor del islote, prohibiendo parcialmente la entrada de embarcaciones y visitantes en áreas sensibles para las focas. Los investigadores creen que este tipo de iniciativas pueden resultar fundamentales para la recuperación de la especie.
Y existe un dato esperanzador. En los últimos años se han observado nuevamente algunas focas monje descansando en playas abiertas del Mediterráneo, algo que parecía casi imposible hace apenas unas décadas. Para muchos conservacionistas, ese comportamiento podría ser una señal de que, allí donde disminuye la presión humana, los animales comienzan lentamente a recuperar antiguos hábitos perdidos.

Las cámaras submarinas captaron a las focas durmiendo flotando boca abajo o inmóviles en el fondo de la cueva durante horas.
La historia de las focas de Formícula tiene algo profundamente simbólico. Mientras miles de personas buscan cada verano playas vírgenes y paisajes intactos, uno de los mamíferos marinos más raros del planeta se ve obligado a esconderse en cámaras submarinas ocultas para poder dormir en paz.
Las imágenes captadas por las cámaras muestran animales aparentemente tranquilos, flotando en silencio dentro de pequeñas bóvedas inundadas. Pero detrás de esa calma hay una realidad incómoda: incluso en algunos de los rincones más aislados del Mediterráneo, la presencia humana sigue condicionando el comportamiento de la fauna salvaje.
Y quizá ese sea el mensaje más importante del descubrimiento. Las focas monje todavía sobreviven. Se adaptan. Encuentran nuevos refugios. Pero cada vez necesitan esconderse más para conseguir algo tan básico como descansar.
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