
























Un estudio sobre cientos de huesos hallados en una ciudad portuaria de la Edad del Bronce revela que las palomas no eran simples aves urbanas: compartían dieta, espacios y rituales con los habitantes del Mediterráneo oriental.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante siglos, las palomas han sido vistas como aves comunes, omnipresentes en plazas y tejados de ciudades de medio mundo. Sin embargo, un nuevo estudio arqueológico acaba de reescribir parte de su historia y también la nuestra. Investigadores que han analizado restos óseos hallados en la antigua ciudad de Hala Sultan Tekke, en Chipre, han encontrado indicios de que estas aves ya mantenían una relación estrechísima con los humanos hace unos 3.400 años, en plena Edad del Bronce.
La investigación, publicada en la revista Antiquity, sostiene que las palomas de aquella ciudad mediterránea probablemente estaban ya en un proceso de semidomesticación hacia el 1400 a.C., mucho antes de lo que se creía hasta ahora. Tal y como ha revelado el equipo dirigido por Anderson L. Carter y Canan Çakırlar, los animales no solo vivían cerca de las personas: compartían prácticamente la misma dieta y aparecían asociados a contextos rituales y banquetes ceremoniales.
El hallazgo resulta especialmente importante porque las pruebas directas más antiguas de domesticación de palomas conocidas hasta ahora procedían de la Grecia helenística, casi mil años posteriores. Esto convierte al enclave chipriota en una pieza clave para comprender cuándo comenzó realmente la convivencia intensiva entre humanos y palomas.
Y es que el estudio desmonta también una imagen moderna muy arraigada: la de la paloma como simple “habitante oportunista” de las ciudades. En el Mediterráneo oriental de la Edad del Bronce, estas aves pudieron tener un papel económico, alimenticio e incluso simbólico mucho más relevante de lo que hasta ahora se sospechaba.
Hala Sultan Tekke fue una de las ciudades más importantes del Mediterráneo oriental durante la Edad del Bronce tardía. Situada junto a la actual Larnaca, en la costa sur de Chipre, prosperó gracias al comercio marítimo entre Egipto, el Levante, Anatolia y el mundo micénico. En aquel momento, la zona estaba conectada al mar mediante una amplia bahía natural que favorecía el intercambio de mercancías y personas.
La ciudad vivió su máximo esplendor entre los siglos XIV y XIII a.C., cuando el cobre chipriota era uno de los recursos más codiciados del Mediterráneo. Sus habitantes comerciaban con cerámicas, metales, marfil, aceites y productos de lujo procedentes de distintos rincones del mundo antiguo.
En ese contexto cosmopolita aparecieron los restos de más de 150 huesos pertenecientes a palomas de roca (Columba livia), el antepasado salvaje de las palomas domésticas actuales. Los restos habían sido excavados décadas atrás, pero ahora han sido reanalizados utilizando técnicas modernas de zooarqueología y análisis isotópicos.

Los investigadores estudiaron el tamaño de los huesos, la edad de las aves y las marcas de fuego presentes en muchos de ellos. Además, compararon la composición química del colágeno óseo con la de otros animales y humanos de Chipre de la misma época. El resultado fue sorprendente: las palomas compartían un patrón alimenticio extremadamente parecido al de las personas.
Ese detalle es fundamental. Tal y como indica el estudio, las aves probablemente se alimentaban de granos, semillas y residuos asociados directamente a la actividad humana. En otras palabras, no eran simples animales salvajes que pasaban ocasionalmente por la ciudad, sino aves acostumbradas a vivir dentro del entorno urbano y dependientes, al menos en parte, de los habitantes del asentamiento.
Las palomas actuales suelen asociarse con suciedad y caos urbano, pero hace 3.400 años pudieron ser animales valiosos, alimentados por humanos y presentes en rituales de una gran ciudad mediterránea.
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es la cronología. Hasta ahora, los arqueólogos situaban las primeras evidencias claras de domesticación de palomas en época helenística, alrededor del siglo IV a.C., cuando aparecen estructuras específicas para criarlas, como los conocidos columbarios.
Sin embargo, los restos de Hala Sultan Tekke son mucho más antiguos. La presencia de ejemplares juveniles, aves aún inmaduras y huesos asociados a espacios urbanos sugiere que las palomas se reproducían dentro de la propia ciudad. Eso implica un grado de convivencia sostenida difícil de explicar si se tratara únicamente de animales salvajes.
Los análisis isotópicos refuerzan esa idea. Las palomas muestran una dieta muy homogénea, algo habitual en animales sometidos a cierta gestión humana. De hecho, el estudio compara su patrón alimenticio con el del ganado doméstico de Chipre y encuentra similitudes notables.
A diferencia de otras especies salvajes, cuyos valores isotópicos reflejan una alimentación diversa y cambiante, las palomas de Hala Sultan Tekke mantenían una dieta estable y repetitiva. Para los investigadores, esto apunta claramente a una relación estrecha con la población humana.
La investigación también desmonta una idea habitual en arqueología: que el tamaño corporal basta para distinguir animales domesticados de salvajes. Las palomas presentan una enorme plasticidad física y pueden variar mucho según el entorno, el clima y el tipo de alimentación. Por ello, el contexto arqueológico y los hábitos alimenticios resultan más útiles que la simple anatomía para entender su domesticación.
Pero las palomas no solo parecen haber formado parte de la vida cotidiana de la ciudad. Muchos de los restos aparecieron en espacios interpretados como áreas rituales o de banquetes ceremoniales.
Los huesos estaban mezclados con restos de peces, mamíferos y otras aves, además de cerámicas importadas, objetos de lujo y estructuras relacionadas con actividades ceremoniales. Algunos de estos depósitos fueron hallados bajo suelos de yeso o en fosas cubiertas, lo que indica una deposición intencionada y no simples basureros domésticos.
Más de la mitad de los huesos presentaban señales de exposición al fuego. Aunque las marcas de corte eran escasas, algo normal en aves pequeñas, todo apunta a que las palomas fueron consumidas durante festines rituales.

En el mundo chipriota de la Edad del Bronce, los banquetes tenían una enorme importancia social y religiosa. Servían para reforzar alianzas, celebrar ceremonias y rendir culto a divinidades locales. La presencia recurrente de palomas en estos contextos sugiere que pudieron desempeñar un papel simbólico especial.
Esa idea encaja además con la iconografía de la época. Desde el segundo milenio a.C., las representaciones de palomas y aves similares se multiplican en Chipre y el Egeo. Siglos después, la isla sería asociada al culto de Afrodita, diosa vinculada tradicionalmente a las palomas.
Aunque los arqueólogos evitan establecer conexiones directas demasiado arriesgadas, sí consideran posible que estas aves ya tuvieran un valor ritual o religioso antes del nacimiento del culto clásico a Afrodita.
La presencia de ejemplares juveniles indica que las palomas no solo visitaban la ciudad: probablemente criaban dentro del propio asentamiento.
El estudio ofrece también una reflexión interesante sobre cómo cambia nuestra percepción de ciertos animales a lo largo del tiempo. Hoy las palomas suelen ser consideradas una molestia urbana, pero en el pasado pudieron ser animales valiosos y profundamente integrados en la vida humana.
Tal y como ha adelantado el equipo investigador, la relación entre humanos y palomas probablemente siguió un proceso parecido al de otros animales domesticados mediante la llamada “vía comensal”. Es decir, las aves comenzaron aprovechando recursos generados por las personas hasta desarrollar una convivencia cada vez más estrecha.
Ese proceso habría empezado miles de años antes de lo que se pensaba. Y Chipre, situado entre Oriente Próximo, Anatolia y Egipto, pudo desempeñar un papel clave en esa historia.
Los investigadores creen que este trabajo abre nuevas vías para estudiar la domesticación de aves en el Mediterráneo antiguo y para entender mejor cómo las sociedades humanas moldearon ecosistemas enteros mucho antes de la Antigüedad clásica.
También obliga a mirar de otra forma a un animal que, pese a su aparente cotidianeidad, lleva miles de años acompañando a nuestra especie. Mucho antes de las plazas modernas, las palomas ya formaban parte de ciudades bulliciosas, rituales religiosos y redes comerciales que conectaban continentes enteros.
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