




















El grupo de 44 zuecos de madera romanos procedentes del fuerte de Vindolanda constituye la mayor colección de calzado de su categoría. Ahora, un grupo de estudiosas analiza sus posibles usos en el Imperio.
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Pongámonos en la piel de un soldado romano destinado a la frontera septentrional del Imperio a comienzos del siglo II d. C. El clima de Britania es duro y húmedo, y las bajas temperaturas convierten cualquier jornada en un desafío. Sin embargo, tras cumplir con sus obligaciones, le espera uno de los momentos más reconfortantes del día: la visita a las termas del fuerte. Es probable que, antes de adentrarse en las salas calentadas por el sistema de hipocausto, se calce unos zuecos de madera que le permitan caminar con seguridad sobre superficies calientes y resbaladizas.
Dos milenios después, uno de aquellos zuecos se exhibe en el museo de Vindolanda junto a otros cuarenta y tres ejemplares recuperados durante las excavaciones arqueológicas. Se trata de un hallazgo excepcional que ofrece la posibilidad de explorar la vida cotidiana en la frontera romana.
Situado en Northumberland, muy cerca del Muro de Adriano, el fuerte de Vindolanda se ha convertido en uno de los enclaves arqueológicos más importantes para el estudio de la presencia romana en Britania. Las extraordinarias condiciones de conservación del yacimiento, caracterizadas por ambientes anaeróbicos que frenaron la degradación de los materiales, han permitido la supervivencia de objetos de madera, cuero, tejidos y otros restos orgánicos que rara vez llegan hasta nuestros días. Gracias a este contexto excepcional, un equipo de investigadoras encabezado por Elizabeth Greene, de la Universidad de Western Ontario, y Maryl Gensheimer, de la Universidad de Maryland, ha llevado a cabo el primer análisis sistemático de la mayor colección de zuecos de madera conocida en el ámbito romano.
Los zuecos hallados en el fuerte de Vindolanda presentan variaciones morfológicas, decorativas y funcionales que obligan a replantear lo que creíamos saber sobre el calzado romano y sus usos cotidianos.

Los autores latinos conocían bien este tipo de calzado. Lo denominaban sculponae, un término que aparece en textos de la Antigüedad en relación directa con las visitas a las termas.Las termas eran un pilar de la vida social romana. Presentes en prácticamente cada rincón del Imperio, funcionaban como un espacio de sociabilidad, higiene e identidad cultural.
Vindolanda contaba con dos complejos termales notablemente bien conservados. Uno de ellos se construyó a finales del siglo I d. C.; el otro, en el siglo III, en el asentamiento civil que rodeaba el fuerte. Sus salas calefactadas, con suelos que podían alcanzar temperaturas considerables, exigían una protección específica para los pies. El zueco de madera respondía con eficacia a esa necesidad. Su función era doble: aislar del calor y proporcionar un buen agarre sobre las superficies mojadas y resbaladizas.
Vindolanda contaba con dos complejos termales notablemente bien conservados. Uno de ellos se construyó a finales del siglo I d. C.; el otro, en el siglo III, en el asentamiento civil que rodeaba el fuerte.

La colección de Vindolanda suma hoy cuarenta y cuatro zuecos de madera, entre ejemplares completos y fragmentarios. De ellos, varios conservan tanto la plataforma de madera como la parte superior de cuero, lo que ofrece una imagen fiel de cómo lucía el calzado en uso. Otros veinte ejemplares preservan únicamente la pieza de cuero, pero aportan datos fundamentales sobre los sistemas de sujeción. Esta abundancia convierte a Vindolanda en el yacimiento romano con mayor concentración de este tipo de calzado en todo el mundo, un privilegio que los investigadores atribuyen a las condiciones excepcionales del subsuelo del yacimiento, saturado de agua y privado de oxígeno en sus niveles más antiguas.

El estudio de las piezas está desmontando la imagen simplista del zueco romano. La disposición de tacos y plataformas en la suela varía de forma significativa entre unos ejemplares y otros, lo que implica diferencias en la manera de caminar y, por extensión, en la función de cada tipo. Las correas superiores presentan también una diversidad sorprendente. Algunos zuecos se asemejan a las chanclas modernas, con una única tira en el empeine, mientras otros incorporan más de una correa e incluso posibles sujeciones en el talón. Cada diseño habría alterado la biomecánica del paso.
La decoración añade aún más variedad si cabe. Algunos ejemplares presentan, en la superficie superior de la madera, representaciones incisas de los dedos del pie, patrones en V u otras composiciones geométricas, mientras que otros son completamente lisos y de factura más austera. La variación en la calidad de la manufactura sugiere una gama de precios y, en consecuencia, de usuarios socialmente diversos.
La disposición de tacos y plataformas en la suela varía de forma significativa entre unos ejemplares y otros, lo que implica diferencias en la manera de caminar y, por extensión, en la función de cada tipo.

Uno de los interrogantes más estimulantes que plantea la investigación es si estos zuecos se usaban exclusivamente en las termas o si tenían otras aplicaciones. En este sentido, el paralelo medieval resulta revelador. En los siglos posteriores a la caída del Imperio romano, los europeos utilizaron zuecos de madera conocidos como pattens, con una suela alta de madera y una tira de cuero en el empeine, como calzado exterior que protegía el pie del barro y la humedad de la calle. Greene y Gensheimer se preguntan si algunos de los ejemplares romanos también pudieron cumplir una función parecida. El equipo está examinando distintos contextos de uso dentro del fuerte (en salas de banquetes calefactadas, calzadas y espacios de tránsito) para reconstruir el rango completo de funciones que estos objetos pudieron desempeñar en la vida cotidiana de Vindolanda.
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