




























El ADN desvela la identidad de otros tres marineros que murieron en la bahía de Erebus en la primavera de 1848. John Bridgens, David Young y William Orren son los nuevos nombres recuperados del olvido.
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En 1845, dos buques de la Marina Real Británica, el HMS Erebus y el HMS Terror, zarparon bajo el mando del capitán Sir John Franklin con un objetivo ambicioso: trazar el Paso del Noroeste a través del Ártico canadiense. Sin embargo, nunca regresaron. Los 129 hombres de la tripulación desaparecieron en el hielo y su destino se convirtió en uno de los mayores misterios de la exploración moderna. Casi dos siglos después, la ciencia sigue recuperando las identidades de quienes, en esa fatídica ocasión, perdieron la vida en los hielos del Ártico.
Un nuevo estudio publicado en 2026 en Journal of Archaeological Science: Reports revela la identidad de otros tres marineros cuyos restos se hallaron en la bahía de Erebus de la isla del Rey Guillermo, en el territorio de Nunavut (Canadá). La investigación, impulsada desde 2013, combina el análisis de ADN antiguo extraído de muestras óseas y dentales con perfiles genéticos obtenidos de descendientes vivos de los miembros de la expedición. El resultado ha sido tan preciso que los investigadores han podido darle nombre a los tres marineros.
Los 129 hombres de la tripulación de la Expedición Franklin desaparecieron en el hielo. Su destino se convirtió en uno de los mayores misterios de la exploración moderna.

Cuando el Erebus y el Terror quedaron atrapados en el hielo en abril de 1848, los 105 supervivientes tuvieron que abandonar los barcos. Emprendieron una marcha desesperada hacia el sur, remolcando, para ello, botes sobre trineos. Pretendían, de este modo, alcanzar el continente norteamericano, a cientos de kilómetros de distancia. Nunca lo lograron.
La bahía de Erebus, en la isla del Rey Guillermo, conserva tres de los yacimientos arqueológicos más relevantes que testimonian esa huida. En ellos, los investigadores han recuperado, a lo largo de décadas, cientos de huesos humanos, objetos personales y útiles de navegación. Los restos hallados en los sitios NgLj-1, NgLj-2 y NgLj-3 son los que han permitido identificar a cinco miembros hasta la fecha. Todos los hombres identificados murieron en esa franja de costa, a una distancia entre sí de apenas 1,7 kilómetros.
Cuando las naves quedaron atrapadas en el hielo en abril de 1848, los 105 supervivientes abandonaron los barcos e intentaron alcanzar el continente norteamericano, a cientos de kilómetros de distancia.

Los tres marineros identificados son John Bridgens, mayordomo de oficiales subalternos; David Young, grumete de primera clase; y William Orren, marinero raso. Todos pertenecían al HMS Erebus. Con estas incorporaciones, ya son cinco los miembros de la expedición Franklin identificados mediante ADN. Todos murieron en la misma bahía.
John Bridgens nació en Woolwich el 30 de septiembre de 1818, hijo ilegítimo de Harriott Maria Bridgens y de un artillero de la Royal Artillery. Creció a pocos metros del astillero real donde se equiparon el Erebus y el Terror. Se enroló en la expedición en marzo de 1845, con 26 años, como mayordomo de los oficiales subalternos. Se sabe que era analfabeto, pues en los documentos de paga firmaba con una cruz.
La genética lo ha localizado en el yacimiento NgLj-3. El equipo ha podido identificarlo gracias a la comparación de su ADN mitocondrial con el de una descendiente por línea materna, tataranieta de su media hermana Emily Ruth Richards.
Los tres marineros identificados son John Bridgens, mayordomo de oficiales subalternos; David Young, grumete de primera clase; y William Orren, marinero raso.

El marinero David Young tenía solo 17 años cuando se unió al Erebus en Woolwich el 9 de abril de 1845 como grumete de primera clase. Nacido en 1828, también fue hijo ilegítimo. Su mandíbula, recuperada en el yacimiento NgLj-2, es la más pequeña de las ocho halladas en ese yacimiento y la única en la que los terceros molares aún no habían erupcionado, lo que ya apuntaba a que pertenecía a uno de los jóvenes grumetes de la expedición. El análisis del cromosoma Y, comparado con el de su tataranieto-nieto por línea paterna, confirmó su identidad con una probabilidad de parentesco 252.372 veces mayor en comparación con la falta de relación.
El tripulante William Orren nació en Chatham, Kent, el 8 de mayo de 1806. Era marinero raso con experiencia previa en la Marina Real, aunque no había vuelto a navegar desde 1831 hasta que se incorporó al Erebus en marzo de 1845, con 38 años. Sus restos se hallaron en NgLj-1. La lápida que sus padres le dedicaron en Chatham lo menciona expresamente como uno de los tripulantes del "desventurado Erebus". El ADN mitocondrial de un descendiente por línea materna de su hermana Jane Orren ha permitido identificarlo.
El grupo que había arrastrado el bote hasta allí los dejó atrás, probablemente por estar incapacitados o moribundos, y continuó la marcha llevándose casi toda la comida.

Los dos botes hallados en la bahía de Erebus cuentan historias distintas. En el yacimiento NgLj-3, donde murieron Bridgens y el ya previamente identificado John Gregory, los cuerpos estaban solos. El grupo que había arrastrado el bote hasta allí los dejó atrás, probablemente por estar incapacitados o moribundos, y continuó la marcha llevándose casi toda la comida.
En NgLj-2, la situación fue mucho más extrema. Los restos de al menos 13 hombres, entre ellos el capitán James Fitzjames y ahora David Young, presentaban marcas en los huesos consistentes con la práctica del canibalismo, tal y como ya habían relatado los inuit del siglo XIX. Algunos de los miembros de la expedición, al sobrevivir a muchos de sus compañeros, recurrieron, en la desesperación de las circunstancias, a los cadáveres como fuente de sustento. William Orren, cuyo húmero apareció en NgLj-1, a menos de un kilómetro del segundo bote, podría haber pertenecido a ese mismo grupo.
Los investigadores concluyen que los dos grupos probablemente llegaron a la bahía por separado, sin saber de la presencia del otro. Si el comandante Francis Crozier hubiera estado presente cuando murió Fitzjames, es probable que le hubieran dado sepultura. Esta nueva evidencia reescribe con mayor detalle los últimos días de una de las expediciones más trágicas de la historia polar y, al mismo tiempo, abre la puerta a que futuras identificaciones completen el registro de lo ocurrido en ese rincón del Ártico en la primavera de 1848.
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