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Pensábamos que la clave de la longevidad era solo genétic...
Santiago Campillo Brocal · 2026-06-02 · via Muy Interesante

Una almeja vivió 507 años en el fondo marino sin que nadie lo supiera, demostrando que la evolución no funciona como siempre habíamos creído.

Caparazón de *Arctica islandica*, cuyas líneas de crecimiento permiten estimar la edad del animal con precisión. Imagen de síntesis. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.
Caparazón de *Arctica islandica*, cuyas líneas de crecimiento permiten estimar la edad del animal con precisión. Imagen de síntesis. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital

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En 2006, un equipo de la Universidad de Bangor sacó del fondo del Atlántico Norte una almeja de la especie Arctica islandica. La congelaron antes de poder examinarla con detalle. Cuando contaron los anillos de crecimiento del caparazón, como se hace con los árboles, el resultado fue definitivo: 507 años. El animal, bautizado "Ming" en referencia a la dinastía china durante la que nació, se convirtió en el individuo no colonial más longevo jamás registrado. Al mismo tiempo, en cualquier charca templada del verano, una efímera emerge del agua, se aparea, pone sus huevos y muere, todo en menos de 24 horas.

La diferencia entre ambas supera los cinco órdenes de magnitud. Y hay una sola pregunta que la biología lleva décadas intentando responder sin que la intuición ayude demasiado: ¿qué decide cuánto tiempo vive un animal? La respuesta no está donde la buscamos. No está en el "secreto" de la almeja. Está en por qué la evolución nunca tuvo razón para dárnoslo a nosotros.

La pregunta que nos hacemos mal

La intuición dice que vivir más es una ventaja y que, por tanto, la selección natural debería haberla favorecido. La "teoría del soma desechable", propuesta por el biólogo Tom Kirkwood en 1977, desmonta esa idea: los organismos no están construidos para durar, sino para reproducirse. Una vez que un individuo ha transmitido sus genes, mantener su cuerpo en perfecto estado deja de ser una inversión rentable para la selección natural. La energía es finita y el organismo debe repartirla entre dos opciones incompatibles: reproducirse ahora o reparar el daño molecular para más tarde. En la mayoría de los entornos, reproducirse hoy gana. Siempre.

La evolución no premia la longevidad. Premia la reproducción. Vivir mucho tiempo es el subproducto de un entorno en el que los depredadores no deciden antes que tú.

Y es que eso explica un patrón que se repite en todo el árbol de la vida. Los animales sometidos a alta presión de depredación tienden a ser de vida corta: si hay muchas probabilidades de que algo te mate antes de los dos años, la selección nunca llegaría a favorecer mecanismos de reparación celular que operan a los cincuenta. La efímera, que tiene horas para reproducirse, es el extremo lógico de esa presión: toda su biología está concentrada en un sprint reproductivo. No hay nada que mantener porque no hay futuro en el que la inversión se recupere.

El secreto no es vivir más, es no oxidarse

Arctica islandica existe en el extremo opuesto de esa presión. Vive enterrada en el fondo marino, tiene pocos depredadores naturales y una tasa metabólica extremadamente baja. Sin urgencia reproductiva impuesta por el entorno, la selección ha tenido millones de años para acumular mecanismos de mantenimiento celular que en la mayoría de las especies simplemente nunca se desarrollaron.

Lo que Arctica islandica tiene que la efímera no tiene no es un truco molecular secreto. Es tiempo evolutivo sin depredadores que gastarlo.

El trabajo publicado en Aging Cell por el equipo de Munro y colaboradores, de la Universidad de Québec en Rimouski, identificó uno de esos mecanismos: las membranas mitocondriales de A. islandica presentan un índice de peroxidación excepcionalmente bajo. Dicho de otra forma, sus membranas celulares resisten la oxidación de forma extraordinaria, como un aceite de cocina de altísima calidad que tarda décadas en enranciarse. El daño oxidativo es uno de los principales mecanismos del envejecimiento en animales: a medida que las mitocondrias generan energía, producen radicales libres que van deteriorando sus propias membranas. A. islandica no tiene un sistema antioxidante más potente para combatirlos; simplemente genera menos daño porque sus membranas son resistentes por diseño desde el principio.

Eso, que suena técnico, cambia bastante el panorama. No es una intervención activa, no es una defensa que se activa con la edad. Es una arquitectura pasiva construida a lo largo de millones de años bajo una presión selectiva muy concreta: la ausencia de depredadores que obligaran a reproducirse deprisa.

Escala comparativa de longevidad máxima en algunas especies del reino animal. La diferencia entre los extremos supera los cinco órdenes de magnitud. Imagen de síntesis. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.
Escala comparativa de longevidad máxima en algunas especies del reino animal. La diferencia entre los extremos supera los cinco órdenes de magnitud. Imagen de síntesis. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

El tiburón, la tortuga y la ballena: el patrón no miente

Arctica islandica no es la única especie que sigue esta lógica. El tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus) puede superar los 400 años de vida. La ballena de Groenlandia (Balaena mysticetus) alcanza los 200. Las tortugas gigantes de las Galápagos superan los 170. Lo que estas especies comparten no es un gen de la longevidad, sino una historia evolutiva de baja presión de depredación, metabolismo lento y escasas razones para priorizar la reproducción rápida sobre el mantenimiento celular.

El análisis comparativo de longevidad animal revisado por el equipo de Nicole Riddle, de la Universidad de Alabama en Birmingham, en GeroScience, confirma que los patrones de longevidad entre especies siguen una lógica predecible cuando se tienen en cuenta estas variables. No hay magia. Hay selección operando durante millones de años sobre organismos con historias evolutivas distintas.

El caso humano encaja en el modelo. Somos animales de longevidad relativamente alta para un mamífero de nuestro tamaño, probablemente porque la vida en grupo, el cuidado de los nietos y la transmisión de conocimiento generaron presión selectiva para vivir más allá de la edad reproductiva. Pero tenemos un límite. Y ese límite no es accidental ni misterioso.

Que el tiburón de Groenlandia viva cuatro siglos no es una anomalía. Es la predicción exacta de la teoría. Lo anómalo sería que no viviera tanto.

Y, aun así, seguimos sin saber cómo funciona

En 2025, un equipo internacional publicó el primer ensamblado genómico completo de Arctica islandica, combinando secuenciación de lectura corta y larga con datos de expresión génica en cuatro tejidos distintos. El resultado es la fotografía de mayor resolución jamás obtenida del genoma del animal no colonial más longevo conocido. El resultado también revela, con honestidad, cuánto falta por comprender.

La mayoría de los mecanismos moleculares concretos que explican la longevidad excepcional de A. islandica siguen sin identificarse. El genoma muestra familias de genes relacionados con la reparación del ADN y la respuesta al estrés oxidativo que parecen expandidas respecto a especies de vida más corta. Pero la diferencia entre tener el mapa y saber leerlo es enorme. La estabilidad proteómica documentada en estudios previos, es decir, la capacidad del proteoma de esta almeja de mantenerse funcional durante 150 años sin degradarse de forma significativa, tampoco tiene aún una explicación molecular completa. Sabemos que ocurre. No sabemos exactamente cómo ni en qué medida ese mecanismo podría existir en otros organismos.

Lo que sí sabemos es que el envejecimiento no es inevitable en términos evolutivos: es una solución de compromiso que la selección natural ha resuelto de formas muy distintas según el entorno. Arctica islandica demuestra que la bioquímica del mantenimiento celular puede funcionar a una escala de tiempo que hace que cualquier récord de longevidad humana parezca una nota al pie. El siguiente paso no es preguntarse si podemos vivir 500 años; es comprender qué interruptores moleculares dejó apagados la evolución en nosotros y, sobre todo, qué ocurriría si empezáramos a encenderlos uno a uno.

Referencias

  • Munro, D., et al. (2012). The extreme longevity of Arctica islandica is associated with increased peroxidation resistance in mitochondrial membranes. Aging Cell, 12(4), 584–592. DOI: 10.1111/j.1474-9726.2012.00847.x
  • Riddle, N.C. et al. (2023). Comparative analysis of animal lifespan. GeroScience. DOI: 10.1007/s11357-023-00984-2
  • Genome Assembly of Arctica islandica, the Longest-Lived Non-Colonial Animal Species (2025). Animals (MDPI), 15(5), 690. DOI: 10.3390/ani15050690
  • Thompson, M.J. et al. (2019). Revamping the evolutionary theories of aging. Ageing Research Reviews, 55, 100947. DOI: 10.1016/j.arr.2019.100947