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Por qué los virus como el hantavirus o el Andes mutan mil...
scruzcampill · 2026-05-12 · via Muy Interesante

El miedo a que un virus letal dé el salto pandémico tiene una respuesta precisa en la biología evolutiva: mutar es fácil; volverse peligroso para toda la humanidad, no.

Recreación de partículas de hantavirus bajo microscopio electrónico. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.
Recreación de partículas de hantavirus bajo microscopio electrónico. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo. - Recreación de partículas de hantavirus bajo microscopio electrónico. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Publicado por Santiago Campillo Brocal

Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital

Creado: Actualizado:

El virus Andes lleva 30 años transmitiéndose entre personas y ningún epidemiólogo espera una pandemia. ¿Por qué? ¿Por qué tanta seguridad? ¿No es exceso de confianza? No lo es en la medida en que los datos avalan la tranquilidad.

Y es que no es fe ni azar. Es matemática. Desde 1995, el virus Andes, el único hantavirus con transmisión persona a persona documentada, ha tenido tres décadas de oportunidades para expandirse. Ha replicado en millones de roedores, ha saltado a centenares de humanos en Argentina y Chile, ha generado brotes que llenaron titulares y movilizaron equipos de respuesta rápida. Y sin embargo, los focos registrados nunca han superado el entorno familiar: no existe una sola cadena de contagios sostenida en la población general en treinta años de historia documentada. Ese dato es, por sí solo, más poderoso que cualquier declaración institucional. Y tiene una explicación precisa en la biología.

La mutación es barata; la adaptación, carísima

Un virus de ARN como el hantavirus no dispone de corrector ortográfico. Cuando copia su material genético, comete errores a una tasa de entre uno y diez por cada diez mil nucleótidos, lo que lo convierte en un mecanismo de copia entre un millón y mil millones de veces menos preciso que la maquinaria de replicación del ADN humano, según calculan los estudios del virólogo Rafael Sanjuán, de la Universitat de València, referencia mundial en tasas de mutación de virus de ARN. Con un genoma de aproximadamente 11.800 bases repartidas en tres segmentos, el hantavirus genera una o dos mutaciones por cada copia. En un brote activo, eso se traduce en miles de millones de variantes genéticas distintas circulando de forma simultánea.

El problema, para el virus, es que casi todas esas variantes no sirven de nada o son directamente letales para el propio patógeno. Aproximadamente el 40% de las mutaciones posibles en un virus de ARN destruyen su capacidad de replicarse. Otro 50% son neutras: no suman ni restan nada. La fracción beneficiosa se estima en menos del 0,01% del total, y para que un virus zoonótico como el hantavirus dé el salto pandémico no basta con una ventaja ocasional: necesita varias, simultáneas, en el orden correcto y sin que ninguna anule a las demás.

Que un virus mute constantemente no significa que evolucione en la dirección que los titulares temen. La selección natural es conservadora: premia la estabilidad, no la innovación.

El paisaje que el virus no puede escalar

Los biólogos evolutivos trabajan con el concepto de paisaje de aptitud (fitness landscape): una representación tridimensional en la que cada combinación genómica ocupa una posición y su altura indica la viabilidad de esa variante. Los virus no escalan ese paisaje libremente; deben subir peldaño a peldaño, y la mayoría de los caminos hacia una mayor transmisibilidad pasan por valles evolutivos en los que la variante muere antes de reproducirse.

El paisaje de aptitud evolutiva frena la emergencia de variantes virales con potencial pandémico. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.
El paisaje de aptitud evolutiva frena la emergencia de variantes virales con potencial pandémico. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Para que el virus Andes pasara de sus focos familiares a una transmisión eficiente entre humanos necesitaría adquirir al menos cuatro propiedades que hoy no tiene de forma simultánea: transmisión eficiente por aerosoles de partículas pequeñas, mayor afinidad por receptores celulares humanos, un periodo de incubación más corto que permitiera propagar el virus antes de que aparezcan síntomas, y capacidad para evadir la respuesta inmunitaria innata. Cada uno de esos requisitos depende de mutaciones en distintos segmentos del genoma, y mejorar uno habitualmente empeora otro: los virus con mayor transmisibilidad tienden a producir infecciones más leves, y los más letales suelen matar al huésped demasiado rápido para propagarse con eficiencia.

Hay una razón por la que el virus Andes lleva treinta años sin superar el umbral doméstico: lo que necesitaría para hacerlo contradice sus propias restricciones evolutivas actuales.

El historial de las emergencias fallidas

El registro histórico sostiene esa lectura. El virus del ébola protagonizó el brote más devastador de su historia en África Occidental entre 2014 y 2016: 28.616 casos confirmados, 11.310 fallecidos, y ningún avance hacia la transmisión aérea en dos años de replicación exponencial en millones de huéspedes. La gripe aviar H5N1 lleva más de dos décadas circulando con una letalidad cercana al 60% y ha infectado a menos de 1.000 personas en ese tiempo sin conseguir el salto a la transmisión humana eficiente.

Las estadísticas globales del hantavirus confirman la misma tendencia: la forma asiática, conocida como fiebre hemorrágica con síndrome renal, provoca alrededor de 200.000 casos anuales con una mortalidad inferior al 1%. La forma americana, el síndrome cardiopulmonar por hantavirus, suma entre 200 y 300 casos al año en toda América con una mortalidad de entre el 30% y el 60%. Una cifra que aterra en titulares, pero que en perspectiva absoluta representa menos fallecidos anuales que los accidentes de tráfico en una sola ciudad de tamaño medio.

Y luego está el SARS-CoV-2. El caso que rompe el patrón sin invalidarlo, porque lo que revela es exactamente cuáles son las condiciones excepcionales que hacen posible el salto pandémico: un reservorio con interfaz masiva con humanos, una proteína de entrada con afinidad preexistente por el ACE2 humano, un periodo preinfeccioso suficientemente largo para propagar antes de los síntomas, y una mortalidad baja que no agota a los huéspedes antes de que puedan contagiar. El hantavirus no cumple ninguna de esas condiciones de forma simultánea hoy.

El SARS-CoV-2 fue la excepción que describe la regla: para que el salto pandémico ocurra, se necesita una constelación de condiciones rarísimamente alineadas, no una sola mutación afortunada.

Lo que sí mueve el riesgo real

Lo que la biología evolutiva no puede neutralizar es el aumento de la interfaz entre humanos y roedores. El cambio climático está desplazando el rango de distribución de las especies reservorio del hantavirus hacia latitudes y altitudes que antes no habitaban. La deforestación multiplica los encuentros entre población humana y fauna silvestre. Esos factores no alteran la probabilidad de que aparezca una mutación pandémica, pero sí multiplican el número de exposiciones en las que, si esa mutación emergiera, encontraría un huésped disponible.

El riesgo real del hantavirus no está en su virología: está en la presión ecológica que el ser humano ejerce sobre los ecosistemas que mantienen a raya a los reservorios naturales. Es lo que los modelos de riesgo pandémico de la OPS y la OMS monitorizan con más atención que cualquier otro indicador: no los genomas del virus en el laboratorio, sino los mapas de deforestación y la expansión de las áreas urbanas en zonas de distribución de las especies portadoras.

La siguiente alarma pandémica, si llega, no la van a detectar los virólogos secuenciando el genoma del hantavirus en busca de la mutación temida. La van a detectar los ecólogos rastreando qué ocurre cuando dos poblaciones, la humana y la de roedores reservorio, comparten espacio con una frecuencia sin precedentes. La pregunta no es cuándo mutará el virus. Es cuánto espacio le vamos a dejar.

Referencias

  • Sanjuán, R., et al. (2010). Viral Mutation Rates. Journal of Virology, 84(19), 9733-9748. DOI: 10.1128/JVI.00694-10
  • Jonsson, C. B., et al. (2010). A global perspective on hantavirus ecology, epidemiology, and disease. Clinical Microbiology Reviews, 23(2), 412-441. DOI: 10.1128/CMR.00062-09
  • Organización Panamericana de la Salud. Hantavirus en las Américas. URL: https://www.paho.org/es/temas/hantavirus