
























Un hallazgo excepcional en la Llanura de las Jarras de Laos revela cómo una antigua comunidad trasladaba huesos humanos a enormes recipientes de piedra durante generaciones, en plena época de expansión comercial asiática.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante casi un siglo, las enormes jarras de piedra repartidas por las montañas del norte de Laos han sido uno de los grandes enigmas arqueológicos de Asia. Miles de recipientes megalíticos, algunos de más de tres metros de altura y varias toneladas de peso, aparecen dispersos por la meseta de Xieng Khouang como si fueran restos de una civilización perdida. Las leyendas locales hablaban de gigantes que elaboraban vino de arroz en ellas. Los arqueólogos, en cambio, sospechaban desde hace décadas que estaban relacionadas con la muerte. Ahora, un nuevo hallazgo parece acercar por fin una respuesta convincente.
Un equipo internacional de investigadores ha excavado una de estas jarras monumentales en el llamado Sitio 75, al noreste de la ciudad laosiana de Phonsavan, y lo que encontró en su interior ha cambiado por completo la interpretación del lugar. Tal y como ha revelado el estudio publicado en la revista Antiquity, la enorme vasija de piedra contenía restos humanos pertenecientes al menos a 37 individuos, junto a cuchillos de hierro, cuentas de vidrio, recipientes cerámicos y pequeños objetos rituales.
La estructura excavada no era una jarra cualquiera. Con más de dos metros de diámetro y 1,3 metros de altura conservada, se encontraba parcialmente destruida, pero todavía mantenía intacta buena parte de sus sedimentos originales. Esa circunstancia permitió a los arqueólogos estudiar por primera vez el contenido interno de una de estas piezas en un estado relativamente inalterado.
Lo más sorprendente apareció bajo la tierra compactada del interior: cráneos, mandíbulas, huesos largos y dientes acumulados de forma densa y aparentemente ordenada. Los análisis osteológicos demostraron que no se trataba de un enterramiento convencional, sino de un complejo sistema funerario en varias fases. Los cadáveres habrían sido depositados primero en otro lugar hasta que la carne desaparecía, y después los huesos eran trasladados cuidadosamente al interior de la gran jarra de piedra.
Las dataciones por radiocarbono realizadas sobre dientes y fragmentos óseos han permitido establecer una cronología bastante precisa. Tal y como indica el estudio, la jarra fue utilizada entre los siglos IX y XII d.C., durante un periodo que pudo prolongarse hasta 270 años. Esto significa que varias generaciones regresaron repetidamente al mismo lugar para depositar los restos de sus muertos.
El descubrimiento es importante porque desmonta algunas de las teorías clásicas sobre la Llanura de las Jarras. Durante décadas, muchos especialistas situaron estos monumentos en la Edad del Hierro del Sudeste Asiático, entre el 500 a.C. y el 500 d.C. Sin embargo, las nuevas pruebas apuntan a una utilización mucho más tardía, ya en plena Edad Media asiática.

Los investigadores creen que la gran jarra actuaba como una especie de osario colectivo vinculado a grupos familiares o clanes. La disposición de los huesos parece apoyar esa idea: los huesos largos aparecieron colocados cerca de los bordes, mientras que varios cráneos y mandíbulas permanecían asociados entre sí, señal de que algunos cuerpos pudieron trasladarse antes de descomponerse por completo.
Además, faltaban muchos huesos pequeños y frágiles, algo que sugiere una selección deliberada durante el traslado. Todo apunta a un ritual funerario complejo en el que el cuerpo atravesaba distintas etapas antes de alcanzar su depósito definitivo.
La excavación también reveló una curiosa modificación dental en algunos individuos: la extracción intencionada de determinados incisivos. Esta práctica ritual ya se conocía en otras poblaciones prehistóricas del Sudeste Asiático y parece reforzar la relación cultural entre las comunidades de Laos, Tailandia, Vietnam o Camboya durante aquella época.
La enorme jarra megalítica excavada en Laos contenía restos humanos depositados durante generaciones, una práctica funeraria desconocida hasta ahora en la región.
A unos 500 metros de la gran jarra principal aparecieron otros recipientes de piedra mucho más pequeños. Algunos contenían cuentas de vidrio, pero no restos humanos. Esa diferencia ha llevado a los arqueólogos a plantear una hipótesis fascinante.
Según el equipo, las jarras megalíticas pequeñas podrían haber servido como depósitos temporales para los cadáveres recién fallecidos. Allí se produciría la descomposición inicial del cuerpo. Después, los huesos seleccionados serían trasladados a la gran jarra colectiva, donde permanecían como parte de un espacio ancestral compartido.
La idea explicaría por qué muchas de las jarras repartidas por Laos están completamente vacías. Durante años se pensó que los saqueos podían ser responsables de esa ausencia de restos, pero ahora surge otra posibilidad: los huesos habrían sido retirados de forma ritual y trasladados posteriormente a otros lugares sagrados.

Tal y como han señalado los autores del trabajo, este tipo de prácticas funerarias secundarias no eran extrañas en Asia. Tradiciones similares se conocen en regiones del noreste de India, Myanmar o Vietnam, donde los restos humanos eran trasladados tras la descomposición y depositados en monumentos colectivos relacionados con el culto a los ancestros.
La gran diferencia es la escala monumental de Laos. Ningún otro sitio conocido en la Llanura de las Jarras había proporcionado hasta ahora un enterramiento múltiple tan grande y tan bien conservado.
El hallazgo demuestra que las misteriosas jarras de Laos siguieron utilizándose entre los siglos IX y XII, mucho más tarde de lo que se pensaba.
Entre todos los objetos hallados dentro de la jarra, las pequeñas cuentas de vidrio se han convertido en una de las piezas más reveladoras. Los análisis químicos demostraron que muchas procedían del sur de India y de regiones vinculadas a Mesopotamia.
El hallazgo resulta especialmente importante porque demuestra que las montañas del interior de Laos no eran un territorio aislado. Por el contrario, participaban de las grandes redes comerciales que cruzaban Asia durante el primer milenio de nuestra era.
En aquella época, el continente vivía un periodo de intensa expansión económica y política. China estaba bajo la dinastía Song, el Imperio jemer dominaba buena parte del Sudeste Asiático y el reino de Pagan prosperaba en Birmania. Las rutas comerciales conectaban puertos marítimos, caravanas terrestres y regiones montañosas que hasta hace poco parecían marginales para la historia global.
Las cuentas de vidrio halladas en la jarra son una prueba tangible de esos intercambios. Algunas fueron fabricadas con técnicas típicas del sur de India; otras presentan composiciones químicas asociadas al mundo islámico y a talleres de Mesopotamia. Incluso apareció una cuenta azul cuya procedencia podría situarse en el sur de China o el norte de Vietnam.
Todo ello sugiere que las comunidades vinculadas a la Llanura de las Jarras formaban parte de circuitos culturales mucho más amplios de lo que se pensaba.

El descubrimiento podría reescribir parte de la historia arqueológica del Sudeste Asiático y cambiar la cronología tradicional de la Llanura de las Jarras.
Aunque el descubrimiento supone uno de los avances más importantes en décadas para entender la Llanura de las Jarras, el misterio principal sigue sin resolverse del todo: nadie sabe exactamente quién construyó estos gigantescos recipientes de piedra.
Los investigadores han conseguido fechar los restos humanos y los objetos depositados en el interior, pero las propias jarras son imposibles de datar directamente. Por eso sigue abierta la posibilidad de que fueran construidas siglos antes y reutilizadas posteriormente por distintas culturas.
Algunos especialistas creen que podrían tener más de 2.000 años de antigüedad. Otros empiezan a pensar que, al menos ciertos conjuntos, pertenecen realmente a un contexto medieval. La enorme variedad de formas y tamaños también apunta a que diferentes pueblos utilizaron estas estructuras de maneras distintas según la región o el periodo histórico.
Lo que parece cada vez más claro es que la Llanura de las Jarras no fue un simple cementerio aislado, sino un paisaje ritual complejo vinculado al culto a los ancestros, al movimiento de restos humanos y a redes comerciales que conectaban Laos con buena parte de Asia.
Las futuras investigaciones podrían cambiar aún más esta historia. El equipo ya trabaja en análisis genéticos de los individuos hallados dentro de la jarra para determinar sus parentescos y orígenes. Si los resultados confirman vínculos familiares entre ellos, reforzarían la idea de que estas gigantescas estructuras pertenecían a linajes que regresaban generación tras generación al mismo lugar sagrado.
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