


























Investigadores publican en 2026 una hoja de ruta científica para identificar de manera clara el material de la estela babilónica más famosa del mundo. Determinar de qué está hecha afecta a la conservación, la interpretación histórica y la fiabilidad de miles de textos académicos.
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En 1901, una expedición francesa dirigida por el arqueólogo suizo Gustave Jéquier sacó a la luz en Susa (la antigua capital del Imperio persa, en el actual Irán) uno de los objetos más extraordinarios de la historia de la humanidad: una estela negra de 2,25 metros de altura cubierta de inscripciones cuneiformes. Se trata del Código de Hammurabi, una de las colecciones de leyes más antiguas y mejor conservadas del antiguo Oriente Próximo. Hoy la estela preside una de las salas más visitadas del Louvre de París. Sin embargo, hay una pregunta que los especialistas aún no han podido responder con certeza: ¿de qué material está hecha?
En el mundo académico, identificar correctamente el material de un objeto condiciona su interpretación cultural, su conservación y su catalogación. El debate se ha centrado en dos materiales: ¿es diorita o basalto? A simple vista, los dos tipos de piedra son muy similares, de color oscuro y textura densa, pero su origen geológico es radicalmente distinto. La diorita se forma por el enfriamiento lento del magma en el interior de la Tierra; el basalto, en cambio, cristaliza rápidamente cuando la lava volcánica se expone en superficie. Un estudio publicado en 2026 en la revista npj Heritage Science propone, por primera vez, una hoja de ruta científica concreta y no invasiva para zanjar esta disputa de forma definitiva.
En 1901, se descubrió la estela del Código de Hammurabi, uno de los objetos más extraordinarios de la historia de la humanidad. La comunidad científica aún no ha determinado de qué está hecho: ¿es diorita o basalto?

Los autores del trabajo, Changyu Liu, de la Universidad Normal de Zhejiang, y Sheng Xu, de la Universidad Ludwig Maximilians de Múnich, rastrean el origen del malentendido hasta los primeros días del hallazgo. El propio Jéquier anotó en enero de 1902 que la estela era de diorita. El asiriólogo Jean-Vincent Scheil, que en ese mismo año publicó la primera edición del texto, reprodujo ese dato sin cuestionarlo. Y así, durante décadas, el dato viajó de libro en libro, de enciclopedia en enciclopedia, hasta convertirse en una verdad inamovible. Sin embargo, el Louvre, institución que custodia la pieza, tiene desde hace tiempo otra opinión: en su catálogo oficial, afirma que la estela está hecha de basalto.
El origen del error es comprensible si se atiende al contexto científico de la época. La clasificación sistemática de las rocas ígneas extrusivas e intrusivas, que permite distinguir con rigor entre basalto y diorita, no se consolidó hasta los años setenta y ochenta del siglo XX. Cuando Jéquier tomó sus notas de campo en 1902, los geólogos no disponían de un marco petrológico asentado que les permitiera identificar la litología de una roca a simple vista.
A lo largo del siglo XX, la bibliografía se dividió en dos bandos. Autores como P. S. Moorey, en su obra de referencia de 1994 sobre los materiales mesopotámicos, defendieron la diorita apoyándose en publicaciones anteriores. Otros, como la asirióloga francesa Béatrice André-Salvini, optaron en 2003 por el basalto negro con olivino y vetas blancas. Ni siquiera la Enciclopedia Británica y el Louvre se ponen de acuerdo: la primera sigue hablando de diorita; el segundo, de basalto.
El basalto y la diorita tienen propiedades físicas distintas (porosidad, dureza, reacción a la humedad, etc.) que determinan los protocolos de limpieza, almacenamiento y restauración más adecuados.

Más allá del debate bibliográfico, hay indicios culturales que apuntan a que podría tratarse de basalto. Los documentos cuneiformes del antiguo Oriente Próximo distinguían con claridad entre ambas piedras mediante términos propios: na4ad-bar designaba el basalto y na4esi, la diorita. Los autores del estudio señalan que, durante el tercer milenio a. C., la diorita dominaba la escultura conmemorativa.
Sin embargo, a partir del final de ese milenio y el inicio del segundo (en coincidencia, grosso modo, con la época de Hammurabi), el basalto comenzó a reemplazarla, quizás porque la diorita era cada vez más difícil de obtener. Si el Código se inscribió cuando el basalto ya había desplazado a la diorita como material de prestigio, lo más probable es que la estela sea de basalto.
Con todo, los indicios culturales, por convincentes que sean, no equivalen a una prueba empírica. La distinción científica entre basalto y diorita exige medir diferencias cuantificables desde el punto de vista químico y mineralógico. Los basaltos son rocas máficas con un contenido en sílice de entre el 45 y el 52 % en peso; las dioritas son rocas intermedias, con entre el 52 y el 66 %. También difieren en sus proporciones de magnesio, potasio y sodio, y en los minerales diagnósticos que contienen: el cuarzo, por ejemplo, es un indicador inequívoco de diorita. Ninguna de estas diferencias puede detectarse a simple vista.
La distinción científica entre basalto y diorita exige medir diferencias cuantificables desde el punto de vista químico y mineralógico.

Liu y Xu proponen un protocolo de intervención que combina cuatro técnicas portátiles, ya consolidadas en la ciencia del patrimonio. Estas técnicas pueden aplicarse directamente sobre la superficie de la estela sin extraer ninguna muestra ni causar el menor daño al objeto. La primera es la fluorescencia de rayos X portátil (pXRF), que permite determinar la composición elemental de la roca, incluido el contenido de sílice y los ratios clave, con solo acercar el dispositivo a la superficie. La segunda es la espectroscopía de reflectancia infrarroja de onda corta (SWIR), útil para identificar los minerales presentes. La tercera es la espectroscopía Raman, que aporta una huella mineralógica de alta precisión. La cuarta, la fotogrametría de alta resolución, proporcionaría una documentación tridimensional exhaustiva de la pieza.
La implementación de este protocolo es, según los autores, logísticamente viable. Implicaría una campaña de corta duración en colaboración con el departamento de ciencias de la conservación del Louvre, utilizando equipamiento portátil que no representa ningún riesgo para la estela.
Liu y Xu proponen un protocolo de intervención que combina cuatro técnicas: fluorescencia de rayos X portátil, espectroscopía de reflectancia infrarroja de onda corta, espectroscopía Raman y fotogrametría de alta resolución.

Puede parecer que la diferencia entre diorita y basalto es un tecnicismo reservado a geólogos, pero conocer el material exacto de la estela tiene implicaciones directas en al menos tres ámbitos. El primero es la conservación. El basalto y la diorita tienen propiedades físicas distintas (porosidad, dureza, reacción a la humedad, etc.) que determinan los protocolos de limpieza, almacenamiento y restauración más adecuados.
En segundo lugar, conocer el material afecta a la interpretación histórica de la pieza. Si la estela es de basalto, reforzaría la hipótesis de que Hammurabi empleó conscientemente el material de prestigio de su época como vehículo de la ideología real. El tercero concierne a la integridad del conocimiento público: millones de personas leen cada año entradas de enciclopedia, cartelas de museo y libros de texto que ofrecen información contradictoria sobre una de las piezas más famosas de la Antigüedad.
El objetivo último de la propuesta busca demostrar que las ambigüedades materiales en las colecciones museísticas heredadas de una era académica anterior pueden resolverse mediante ciencia colaborativa e hipótesis verificables. Según los autores, este caso podría servir de modelo para reevaluar científicamente de otros objetos icónicos del patrimonio mundial.
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