




















La necrópolis de Valdelasilla, en Toledo, desafía el modelo que explicaba el megalitismo europeo como un fenómeno exclusivamente costero. Aporta la primera evidencia de un monumentalismo funerario organizado en el interior que conecta la meseta con los focos megalíticos atlánticos y mediterráneos.
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Cuando se llevan a cabo prospecciones e intervenciones arqueológicas preventivas en el terreno, nadie puede determinar a priori si se encontrarán evidencias de ocupación humana. A veces, no sucede nada digno de mención y la vida sigue inalterada. Otras veces, sin embargo, lo que se descubre sacude los cimientos del panorama histórico y patrimonial. Esto fue lo que sucedió en el municipio toledano de Illescas durante una excavación preventiva realizada en 2020: los arqueólogos de la empresa Rojas Arqueología destaparon algo que nadie esperaba encontrar en el corazón de la Meseta.
Se trataba de una necrópolis con cámaras funerarias monumentales, datada en torno al 4.200 a. C. El yacimiento, bautizado como Valdelasilla, no solo es la necrópolis monumental más antigua conocida en el interior de la península ibérica. Su ubicación continental, lejos de las costas atlánticas y mediterráneas que hasta ahora monopolizaban el relato del origen megalítico, desafía una de las teorías más asentadas en la prehistoria europea: la del difusionismo marítimo como única vía de propagación de los megalitos. Los resultados del hallazgo, que se han publicado en 2026 en el Cambridge Archaeological Journal, reescriben el mapa del megalitismo europeo.
El yacimiento, hallado en Illescas y bautizado como Valdelasilla, es la necrópolis monumental más antigua conocida en el interior de la península ibérica.

Valdelasilla ocupa una extensión de 45 hectáreas excavadas, de las cuales 11 concentran las estructuras arqueológicas. Entre los 454 elementos identificados, 15 contenían restos humanos. El estudio se centró en 11 estructuras funerarias con registro osteológico y dataciones absolutas, que revelaron la presencia de un mínimo de 46 individuos: adultos, infantes, jóvenes y maduros, con una representación pareja de ambos sexos.
Las tumbas se dividen en dos tipos: fosas simples y cámaras. Las primeras, de unos 1,5 metros de diámetro y menos de un metro de profundidad, contenían restos aislados, sobre todo cráneos o mandíbulas, depositados sin ajuar. Las cámaras, en cambio, son estructuras de planta circular u oval, con paredes de piedra seca, arcilla y madera, que albergaban desde inhumaciones individuales hasta enterramientos colectivos, en algunos casos de hasta 17 individuos. Algunas de estas cámaras presentaban señales de uso prolongado a lo largo de generaciones.
Con sus 6 metros de diámetro, la tumba principal VLD-T450 es la más grande y compleja. Estaba rodeada por un recinto de foso de 36 metros de diámetro interno, con una entrada orientada al sureste alineada con la de la propia tumba. Este cierre constituye, por el momento, un elemento único en toda la región. Según los arqueólogos, habría servido como demarcación simbólica entre el mundo de los vivos y el de los muertos, al tiempo que delimitaba un área ceremonial de más de 2.800 metros cuadrados.
Con sus 6 metros de diámetro, la tumba principal es la más grande y compleja. Estaba rodeada por un recinto de foso de 36 metros de diámetro interno, con una entrada orientada al sureste alineada con la de la propia tumba.

El modelo bayesiano, construido a partir de las 21 dataciones radiocarbónicas, ha identificado cinco fases de uso funerario, que abarcan desde 4336 hasta 2334 a. C. En esos más de dos milenios de actividad ininterrumpida en el mismo espacio sagrado, la Fase 1 (la más antigua) documenta la apertura simultánea de tres cámaras en un intervalo de tiempo muy breve.
Aunque las cámaras menores se cerraron en torno a 3900-3800 a. C., la tumba central continuó recibiendo enterramientos durante siglos. Tras un periodo de aparente pausa, el espacio se reactivó hacia 3265-2917 a. C. con la apertura de una nueva cámara. El episodio final, en pleno Calcolítico precampaniforme, consistió en el depósito simbólico de restos humanos repartidos entre los cuatro postes interiores del recinto, un gesto de memoria colectiva que cierra un ciclo funerario de extraordinaria duración.
En la última fase (2901-2334 a. C.) se abrió una nueva cámara en la zona baja del yacimiento. Contenía los restos de 17 individuos, con 10 cráneos dispuestos a lo largo del perímetro. De acuerdo con los estudiosos, esta agrupación de calaveras apuntaría a una práctica funeraria diferenciada, propia de los inicios del III milenio peninsular.
La preferencia por materias de origen local en los ajuares funerarios sugiere que las distinciones sociales se expresaban principalmente a través de la arquitectura y la monumentalidad, no del comercio de lujo.

Los objetos depositados en las tumbas apuntan a una sociedad jerárquica. Los investigadores recuperaron 21 artefactos de hueso: varillas planas elaboradas con metápodos de ciervo, punzones y pasadores para el cabello. Los adornos personales, como las cuentas y los colgantes, son los más abundantes. Se halló más de un centenar de conchas marinas de la especie Antalis sp. únicamente en la tumba central, lo que subraya su posición privilegiada en el cementerio.
A diferencia de otras necrópolis megalíticas peninsulares del mismo período, Valdelasilla no presenta materiales exóticos de largo recorrido. Las materias primas proceden de ámbitos locales o regionales, salvo las conchas marinas. Según los autores del estudio, esto sugiere que las distinciones sociales se expresaban principalmente a través de la arquitectura y la monumentalidad, no del comercio de lujo.
Su ubicación continental, lejos de las costas atlánticas y mediterráneas que hasta ahora monopolizaban el relato del origen megalítico, desafía la teoría del difusionismo marítimo del megalitismo.

El hallazgo de Valdelasilla tiene una implicación teórica de gran calado. La hipótesis dominante sobre el origen del megalitismo europeo, respaldada por modelos bayesianos de amplia escala, situaba el foco inicial del fenómeno en el noroeste de Francia. Desde allí, se habría difundido posteriormente a través de las rutas marítimas atlánticas y mediterráneas. Las zonas interiores de la península ibérica solían quedar fuera de este relato por la falta de dataciones fiables más que por la ausencia de megalitos.
Las nuevas fechas de Valdelasilla, obtenidas a partir de los huesos humanos, son comparables a las de los monumentos más antiguos del noroeste atlántico. Esto apuntaría, según los autores, a un modelo de desarrollo simultáneo con múltiples focos regionales interconectados, en el que el interior continental jugó un papel tan activo como las costas. El megalitismo no viajó en barco a la meseta: ya estaba allí.
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