
























Un análisis genético sin precedentes destapa una red familiar inesperada en una necrópolis del antiguo reino de Silla.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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El hallazgo es tan inquietante como revelador: un equipo internacional ha reconstruido la vida íntima de una comunidad coreana de hace 1.500 años a partir de su ADN. Lo que parecía un conjunto de tumbas antiguas ha resultado ser un complejo entramado de relaciones familiares, jerarquías sociales y prácticas que hasta ahora solo se intuían en las crónicas históricas.
El escenario de este descubrimiento es el yacimiento de Imdang-Joyeong, en el sureste de la península coreana, un enclave arqueológico excavado desde finales del siglo XX y vinculado al antiguo reino de Silla. Allí, durante décadas, los investigadores habían documentado cientos de tumbas, ajuares funerarios y restos humanos, pero faltaba una pieza clave: comprender quiénes eran realmente esas personas y cómo se organizaban entre sí.
Ese vacío ha comenzado a llenarse ahora gracias a la genética. Tal y como ha revelado el reciente estudio publicado en Science Advances, los investigadores han logrado analizar el genoma de 78 individuos enterrados en este complejo funerario, lo que ha permitido reconstruir sus vínculos familiares con una precisión inédita.
Pero antes de llegar a las conclusiones más sorprendentes, conviene detenerse en el contexto. El periodo de los Tres Reinos de Corea —que abarca desde el siglo I a.C. hasta el siglo VII— fue una etapa de intensas transformaciones políticas y culturales. Silla, uno de esos reinos, destacó por sus elaboradas prácticas funerarias, entre ellas el llamado sunjang: el sacrificio ritual de personas que eran enterradas junto a los difuntos de alto rango.
Durante años, los arqueólogos habían debatido el significado de este ritual. ¿Se trataba de sirvientes? ¿De prisioneros? ¿O de miembros de la propia comunidad? Las respuestas eran esquivas, y las evidencias materiales no bastaban para resolver el enigma.
El complejo de Imdang-Joyeong no es un yacimiento cualquiera. Con más de 1.600 tumbas documentadas y restos de al menos 259 individuos, representa una ventana excepcional a una sociedad local de élites vinculadas a Silla. Las tumbas, construidas entre los siglos IV y VI, muestran una clara diferenciación social: cámaras principales para los propietarios de las tumbas y espacios secundarios donde se depositaban los sacrificados.
Sin embargo, esa distinción arquitectónica no explicaba la relación entre unos y otros. Tal y como indica el estudio, los análisis genéticos han permitido identificar decenas de vínculos de parentesco: padres e hijos, hermanos, abuelos y otros grados de consanguinidad que dibujan una red familiar extraordinariamente densa.
Los investigadores detectaron más de medio centenar de relaciones biológicas entre los individuos analizados, lo que sugiere que el cementerio no era un espacio abierto a una población amplia, sino un lugar reservado para un grupo estrechamente conectado por la sangre.

A medida que los datos iban encajando, empezó a emerger una imagen más compleja de lo que se pensaba. Las tumbas no solo reflejaban jerarquías sociales, sino también la continuidad de linajes y la transmisión del estatus a lo largo de generaciones.
Pero lo más llamativo aún estaba por llegar.
A medida que avanzaba el análisis, los investigadores detectaron un patrón que rompe con muchas de las ideas previas sobre las sociedades antiguas. Tal y como ha adelantado el estudio, varios individuos presentaban largas secuencias genéticas idénticas heredadas de ambos progenitores, una señal inequívoca de que sus padres estaban estrechamente emparentados.
En total, al menos cinco personas fueron identificadas como descendientes de uniones entre parientes cercanos, lo que apunta a la práctica de matrimonios consanguíneos dentro de la comunidad. Y lo más significativo es que este fenómeno no se limitaba a la élite: también se documenta entre los individuos sacrificados.
Este dato resulta clave porque sugiere que la endogamia —es decir, el matrimonio dentro del propio grupo— no era una excepción, sino una práctica extendida en esta sociedad. Tal y como han subrayado los autores, este patrón coincide con algunas fuentes históricas que ya insinuaban la existencia de matrimonios entre familiares en las élites de Silla, aunque hasta ahora no se había demostrado con evidencia genética.
La presencia de matrimonios entre parientes cercanos no fue una anomalía, sino una estrategia social profundamente arraigada.
El análisis no solo arroja luz sobre los matrimonios, sino también sobre el propio ritual del sunjang. Contra lo que cabría esperar, los individuos sacrificados no eran completamente ajenos a los propietarios de las tumbas. Aunque no existían lazos de parentesco muy cercanos, sí compartían un trasfondo genético común.
Esto indica que pertenecían a la misma comunidad, descartando la hipótesis de que fueran prisioneros de guerra o extranjeros. De hecho, tal y como ha revelado la investigación, en algunos casos se han identificado familias enteras entre los sacrificados, lo que sugiere que ciertos linajes pudieron estar destinados a cumplir este papel de generación en generación.
Este hallazgo cambia de forma sustancial la interpretación de estas prácticas funerarias. Lejos de ser actos aislados, parecen formar parte de un sistema social profundamente estructurado, donde el estatus, la familia y el destino estaban estrechamente entrelazados.
Otro aspecto que desafía las ideas tradicionales es el papel de las mujeres. A diferencia de lo observado en muchas sociedades europeas antiguas, donde las mujeres abandonaban su comunidad al casarse, en Imdang-Joyeong aparecen enterradas junto a sus familiares biológicos. Esto apunta a una organización social menos rígida en términos de género y residencia.

Este hallazgo demuestra que la sangre no solo unía a las familias en vida, sino que también determinaba su destino tras la muerte.
Más allá de los detalles concretos, el estudio ofrece una visión global de una sociedad cohesionada, donde los lazos familiares eran el eje central de la vida social. Como señalan los autores, no existen diferencias genéticas significativas entre los distintos grupos enterrados, lo que refuerza la idea de una comunidad relativamente homogénea.
Además, los análisis muestran que estos individuos están estrechamente relacionados con la población coreana actual, lo que sugiere una notable continuidad genética a lo largo de los siglos.
En conjunto, estos resultados no solo aportan información sobre un yacimiento concreto, sino que obligan a replantear cómo se organizaban las sociedades del periodo de los Tres Reinos. La combinación de arqueología y genética está permitiendo acceder a aspectos de la vida cotidiana que hasta ahora permanecían ocultos.
Y, quizás lo más fascinante, demuestra que incluso en sociedades antiguas y aparentemente bien conocidas, todavía quedan historias por descubrir… ocultas en el ADN de quienes vivieron hace más de un milenio.
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