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Extienden 100 veces la vida del magnón y abren la vía a o...
scruzcampill · 2026-05-06 · via Muy Interesante

Piensa en las ondas que se forman en un estanque cuando lanzas una piedra. Ahora imagina que esas ondas viajan dentro de un imán sólido, a escala nanométrica. Y que su mayor enemigo no es la física del universo, sino la suciedad de un cristal.

Recreación artística de una onda magnónica propagándose por la red cristalina de un granate de itrio-hierro a temperatura de milikelvin. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.
Recreación artística de una onda magnónica propagándose por la red cristalina de un granate de itrio-hierro a temperatura de milikelvin. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Publicado por Santiago Campillo Brocal

Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital

Creado: Actualizado:

Físicos de la Universidad de Viena logran magnones con una vida 100 veces más larga que cualquier medida anterior, publicando sus resultados en Science Advances. El número es concreto y no ha sido redondeado por cortesía: los magnones del nuevo experimento, liderado por el grupo de Andrii Chumak en Viena, llegaron a sobrevivir 18 microsegundos. El récord anterior no pasaba de unos pocos cientos de nanosegundos. La diferencia es de casi dos órdenes de magnitud. Pero para entender por qué este dato importa, conviene primero preguntarse qué es exactamente un magnón.

Un nombre raro para un concepto que vale la pena conocer

Un magnón es lo que los físicos llaman una cuasipartícula: no es una partícula real en el sentido de un electrón o un fotón, sino la expresión cuantizada de un movimiento colectivo. Cuando se perturba un material magnético, los espines atómicos (los pequeños imanes intrínsecos de cada átomo) no colapsan de manera caótica, sino que transmiten la perturbación en forma de onda. Esa onda, que se propaga a través del sólido como si fuera un dominó de magnetización, es un magnón.

Un magnón no es una partícula real, pero puede comportarse como si lo fuera. Y esa distinción, que parecería un tecnicismo de laboratorio, es lo que hace posible imaginar un ordenador cuántico del tamaño de una moneda.

La analogía del estanque no es perfecta, pero sí útil: un magnón es a la magnetización lo que una ola es al agua, con la diferencia crucial de que viaja dentro de la materia sólida y puede comprimirse hasta longitudes de onda de nanómetros. Eso, en términos prácticos, significa que los circuitos magnónicos podrían caber en chips del tamaño de los que hoy fabricamos para la electrónica convencional, abriendo una vía alternativa a las plataformas actuales de computación cuántica.

El cuello de botella que nadie había logrado superar

La promesa de la magnónica no es nueva. Los investigadores saben desde hace años que los magnones presentan ventajas estructurales: viajan en sólidos sin necesitar fibra óptica ni vacío, sus circuitos son compactos y son potencialmente compatibles con la electrónica semiconductora que ya existe en la industria.

El problema era el tiempo de vida. Los qubits superconductores que hoy usan los laboratorios de Google e IBM tienen sus propios retos de coherencia, pero en magnónica el problema era especialmente limitante: los magnones morían en cuestión de cientos de nanosegundos, demasiado deprisa para cualquier computación útil. Cada vez que el magnón encontraba un defecto en la superficie del cristal, la onda se disipaba. El reloj se apagaba antes de que la información pudiera procesarse.

El grupo de Viena atacó el problema desde dos frentes simultáneos. En lugar de excitar magnones de longitud de onda larga, que son sensibles a los defectos superficiales del material, optaron por magnones de longitud de onda corta, intrínsecamente menos afectados por esas imperfecciones. Y enfriaron esferas de granate de itrio-hierro, conocido por sus siglas en inglés como YIG, a 30 milikelvin en un criostato, una temperatura más fría que el espacio exterior y apenas una fracción de grado por encima del cero absoluto. Probaron tres esferas con distintos grados de pureza. El resultado fue inequívoco: a mayor pureza del cristal, mayor tiempo de vida del magnón.

La conclusión más importante no es el récord en sí

El dato de los 18 microsegundos impresiona. Pero la conclusión más relevante del estudio publicado en Science Advances es otra: el equipo de Chumak estableció que el límite restante en el tiempo de vida del magnón no está determinado por ninguna ley fundamental de la física, sino por impurezas traza en el cristal. El techo no lo pone la naturaleza. Lo pone la ingeniería de materiales.

Eso cambia la conversación de forma significativa. Si el obstáculo fuera una barrera física, no habría camino alternativo. Pero si se trata de fabricar cristales más puros, el problema se convierte, en principio, en un reto de síntesis química. Es la diferencia entre un muro y una escalera que todavía no se ha construido.

El límite no es una ley de la física, sino la presencia de impurezas en un cristal. Eso convierte un problema de principios en un problema de ingeniería, y los problemas de ingeniería tienen solución.

Para qué sirve todo esto

Conviene ser precisos aquí: este estudio no ha construido un ordenador cuántico, ni siquiera un procesador magnónico funcional. Lo que ha demostrado es que los magnones pueden actuar como portadores estables de información cuántica durante el tiempo suficiente para ser útiles. Ese es un requisito previo indispensable para cualquier arquitectura de computación cuántica basada en magnónica, no el destino final.

Si ese paso se consolida con el trabajo que viene, las implicaciones son concretas. Los circuitos magnónicos podrían integrarse sobre chips compactos sin necesidad de las infraestructuras de aislamiento electromagnético que requieren los superconductores convencionales. Los magnones no necesitan fibra óptica para propagarse: viajan por el propio sólido. Y, a diferencia de los fotones, pueden confinarse y manipularse con mayor control en espacios muy reducidos.

Los campos donde este tipo de procesadores haría diferencia son los que ya se asocian a la computación cuántica en general: simulación de moléculas para el desarrollo de fármacos, optimización de sistemas complejos de logística o finanzas, y, en un horizonte más lejano, la revisión de los protocolos de cifrado actuales. No son promesas para mañana. Son el mapa de un recorrido que acaba de recibir una indicación de que el camino es transitable.

Lo que este estudio no ha demostrado

El estudio en Science Advances reconoce dos limitaciones que conviene no perder de vista.La primera es la temperatura de operación. Treinta milikelvin son inhóspitos por definición. Los criostatos que generan esas condiciones no caben en un bolsillo: son sistemas de laboratorio del tamaño de un armario. El chip magnónico podría ser compacto; el sistema de enfriamiento que lo rodea, todavía no. La ruta hacia dispositivos magnónicos a temperatura ambiente no está trazada.

El chip magnónico podría caber en la palma de la mano. El criostato que necesita para funcionar, todavía no. Esa es la brecha que separa el resultado de hoy del dispositivo de mañana.

La segunda es la distancia entre coherencia y computación. Tener magnones de larga vida es necesario, pero no suficiente: hace falta demostrar que se pueden manipular con la precisión necesaria para entrelazar estados cuánticos correctamente y producir resultados computacionales verificables. Ese trabajo está completamente por delante del grupo de Viena y del campo en general.

La física ha terminado. Ahora empieza la química

Los propios autores son explícitos: el límite de pureza del cristal puede reducirse con mejoras en los procesos de síntesis del YIG. No es un salto conceptual. Es química de materiales. No hay física nueva que descubrir para lograrlo: hay metalurgia que dominar. Y en esa disciplina, los avances suelen llegar sin avisar.

Referencias

  • Serha, R., Schmoll, D., Knauer, S., Chumak, A. et al. (2026). Magnon lifetime extended 100x paves the way for mini quantum computers. Science Advances. DOI: 10.1126/sciadv.aee2344